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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
00_Los tres pilares de la reflexión filosófica medieval
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Vamos a imaginarnos por un momento un tiempo en el que la ciencia, la ética, la teología no eran cosas separadas, sino que formaban parte de un único y gigantesco mapa del conocimiento. Bueno, pues hoy vamos a viajar 800 años atrás en el tiempo para descifrar precisamente ese mapa que está increíblemente contenido en una sola y misteriosa ilustración medieval. A ver, lo que tenemos delante es mucho más que un simple dibujo, es en realidad una ventana a una mentalidad casi perdida. La gran pregunta es, ¿qué nos puede enseñar esta imagen sobre cómo se entendía el universo y nuestro lugar en él hace casi un milenio? Porque esto que vemos es un sistema de pensamiento completo que está ahí esperando a que lo descifremos. Estamos ante el manuscrito de Munich Clem 2599 que data de alrededor del año 1225. A primera vista puede parecer un auténtico torbellino de figuras y de texto en latín, pero aquí, creedme, nada es causal. Cada detalle, cada pequeño símbolo es una pieza de un puzzre intelectual que es sencillamente fascinante. Y justo en el corazón de este universo de ideas nos encontramos con una reina. Ojo, no es una monarca de carne y hueso, es la filosofía misma representada como la personificación de la sabiduría y la guía de todo el conocimiento humano. En el libro que sostiene leemos una frase en latín subdomi mi gentes per me reinan cuaquer reyes. ¿Qué significa? Pues algo así como someto a los pueblos y por mí reinan los reyes. Se trata de una adaptación de la Biblia que deja una cosa muy clara. La filosofía no es un simple pasatiempo, es el pilar fundamental del buen gobierno y de la justicia. El poder de esta reina filosofía se manifiesta en todos los detalles que la rodean. Por ejemplo, fijémonos bien en los dos reyes que están arrodillados a sus pies. No, no son prisioneros de guerra, son algo mucho más interesante que eso. Se trata de Nabuco Dononosor y Antíoco I. El primero fue un emperador muy poderoso que, sin embargo, se inclinó ante la sabiduría del profeta Daniel. El segundo, un rey conocido por su tolerancia. El mensaje es claro, ¿verdad? El verdadero poder no es el que conquista, sino el que se rinde ante una sabiduría superior. De hecho, ambos encarnan un ideal medieval muy conocido, el espejo de príncipes. Es la idea de que un buen gobernante debe ser un reflejo de la sabiduría y de la virtud. Básicamente, la imagen nos está diciendo que el poder sin filosofía no es más que fuerza bruta. Pero bueno, ¿cómo se organiza toda esta sabiduría? La respuesta en realidad ha estado delante de nosotros todo este tiempo, oculta a plena vista en su corona. Esas tres puntas no son un mero adorno, son ni más ni menos que los tres grandes pilares de todo el conocimiento medieval. Y aquí los tenemos. Primero, voces, el lenguaje y la lógica, o sea, cómo pensamos y cómo nos comunicamos. Segundo, Rerum, el estudio de las cosas, lo que hoy llamaríamos ciencias naturales. Y tercero, Mores, la ética y la política, es decir, cómo debemos vivir juntos, lenguaje, naturaleza y comportamiento. Esa es la clave de todo. El pilar de voces era el cimiento de todo lo demás. Incluía la gramática para estructurar las ideas, la lógica para razonar con claridad y la retórica para poder comunicarlas bien. Era, en resumen, como la caja de herramientas del pensamiento. Luego viene Rerum, el conocimiento de la naturaleza. Y esto abarcaba lo que hoy entendemos por ciencias, la física, la astronomía, la biología. Se veía el universo como un gran libro escrito por Dios y la ciencia era sencillamente el método para aprender a leerlo. Y por último, Mores, que es la filosofía puesta en práctica. Aquí se estudiaba la ética, es decir, cómo debo vivir, y la política, cómo debemos vivir en sociedad. Era el conocimiento aplicado directamente a la acción correcta. Pero esta estructura de tres pilares no era solo un organigrama del saber, ni mucho menos. tenía un significado mucho más profundo, uno teológico. Y para desvelarlo necesitamos la ayuda de un auténtico gigante intelectual de la época, Buenaventura de Bagnoregio. Y aquí es donde de repente todo encaja. Buenaventura, que era contemporáneo a este manuscrito, usó una metáfora casi idéntica. Dijo que el conocimiento es como una luz con tres rayos. La verdad de las cosas, la naturaleza, la verdad de las voces, el lenguaje y la verdad de las costumbres, la moral. Son nuestros tres pilares. Es increíble. Para Buenaventura, esta estructura triple no era ninguna casualidad, era un espejo de la santísima trinidad. La naturaleza reflejaba al Padre creador, el lenguaje y la razón al Hijo o Verbo divino y la moral y el orden social al Espíritu Santo. O sea, que el conocimiento humano era un eco de la propia estructura divina. Bien, si el universo entero era un reflejo de Dios, ¿dónde más se podía encontrar ese reflejo? Pues Buenaventura, siguiendo a San Agustín, tenía la respuesta. Dentro de nosotros mismos. El alma humana se veía como un microcosmos, un espejo que contenía la estructura de toda la realidad. La clave está en que el alma también se consideraba trinitaria, tenía memoria, intelecto y voluntad. Y cada una de estas facultades se correspondía con un pilar de la filosofía: la memoria con la naturaleza, el intelecto con el lenguaje y la voluntad con la moral. Dios, el cosmos y el ser humano. Todo estaba interconectado por la misma estructura sagrada. Esta búsqueda del saber, por supuesto, no era caótica. Buenaventura la organizó en un número muy concreto de ciencias filosóficas, en total nueve. A ver, algunas de estas ciencias nos suenan familiares. Aritmética, música, geometría, física, pero es que en la lista de Buenaventura también encontramos, un momento, geomancia y nigromancia, adivinación y magia consideradas ciencias filosóficas. ¿Cómo es posible? Bueno, la clave está en entender qué significaba ciencia en el siglo XII. Significaba simplemente un cuerpo de conocimiento. La magia y la adivinación se veían como el estudio de las fuerzas ocultas de la naturaleza. Para ellos, investigar las estrellas, astronomía, o investigar las energías de la Tierra, geomancia, eran parte de la misma gran búsqueda por entender el mundo. Entonces, ¿qué significa todo esto hoy en día? Esta imagen no es solo una curiosidad histórica, es un portal a una cosmovisión olvidada, una forma de entender la realidad que es radicalmente diferente a la nuestra. Lo más importante que podemos sacar de todo esto es lo siguiente. En la Edad Media, el conocimiento no estaba dividido en cajones estancos. La filosofía era el gran mapa que lo conectaba todo, la ciencia, la ética, la teología en un sistema único y coherente. Lejos de ser una edad oscura, fue una época de una integración intelectual absolutamente increíble. Y esto nos deja con una pregunta final. En nuestro mundo que está hiperespecializado, donde la ciencia y las humanidades casi ni se hablan, este mapa medieval nos lanza un desafío que hemos ganado con tanta separación y que hemos perdido por el camino. Quizá la mayor lección de esta reina medieval es recordarnos que al final todo el conocimiento podría ser parte de la misma e idéntica búsqueda de la verdad.