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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
01.01 Clement Greenberg o como el formalismo, se apropia de todo el arte
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Transcripción
Hoy vamos a meternos de lleno en la historia de una de las figuras más poderosas y ojo, más controvertidas del arte del siglo XX, Clem Grimberg. Fijaos qué título. El gran patriarca de la modernidad. Así tal cual. Solo con eso ya nos podemos hacer una idea de la escuala de su poder y de su influencia en el mundo del arte. Pero vamos a ver quién era este hombre en realidad. Pues Cleven Grenberg no era un crítico de arte más. Para muchísima gente fue el crítico, el que básicamente definió las reglas del juego para el arte abstracto norteamericano a mediados del siglo XX. Y es que lo suyo no era solo interpretar lo que hacían los artistas, no. Su visión, sus ideas le dieron forma la historia del arte. Creó una narrativa tan potente, tan convincente, que dominó el panorama durante décadas. Pero, ¿en qué consistía esa visión? ¿Cuál era su secreto? Pues todo, absolutamente todo, se puede resumir en una idea clave. La búsqueda de la pureza. Esta es la esencia de su filosofía, el formalismo, su gran proyecto intelectual. Claro que esta idea del formalismo no se la sacó de la manga, tenía una base filosófica potentísima que venía nada menos que de Manuel Kant. La idea de Kant es que la experiencia del arte, la experiencia estética es algo autónomo, algo que se juzga con desinterés, o sea, centrándonos solo en las cualidades formales, la línea, el color, la composición. y dejando de lado el tema, el mensaje o lo que sea que la obra represente. Y Greenberg coge esta idea y, bueno, la lleva al extremo. Para él, la gran misión del arte moderno era una especie de purificación. Cada disciplina artística, la pintura, la escultura, la música, tenía que mirarse al espejo, ser autocrítica y concentrarse únicamente en aquello que la hacía única, eliminando todo lo que hubiera tomado o prestado de las demás. La pintura, por ejemplo, tenía que olvidarse de contar historias, que eso es cosa de la literatura, y centrarse solo en ser, bueno, en ser pintura. Y este camino de depuración, según él, solo podía llevar a un sitio, el arte abstracto, como la forma más pura y elevada de pintura. A ver, veámoslo con la pintura, que es su campo de batalla. Es un proceso de reducción casi quirúrgico. Greenbert decía, "Si le quitamos a la pintura todo lo que no es estrictamente pictórico, ¿qué nos queda?" Pues tres cosas y solo tres que son irreducibles. Primero, la superficie plana, el hecho de que es bidimensional. Segundo, la forma de esa superficie, el lienzo. Y tercero, las propiedades de la pintura misma, del pigmento, el color, la textura. Y ya está, se acabó. Y todo esto nos lleva a su conclusión más famosa, la más radical de todas. El tema de la pintura es la propia pintura. O sea, que el arte ya no va de representar el mundo ni de contar historias. va de explorarse a sí mismo, de investigar los límites y las posibilidades de un lienzo y un poco de pigmento. Es la máxima expresión del arte por el arte. Armado con estas ideas tan potentes, Greenberg no solo se dedicó a criticar obras, hizo algo mucho más grande. Construyó un relato, una historia del arte. se convirtió en el gran narrador de la modernidad trazando una línea recta casi inevitable que empezaba el Manet, pasaba por Cesá y los cubistas y culminaba, como no podía ser de otra manera, en el expresionismo abstracto de los Estados Unidos. Era una historia perfecta, clara y durante mucho tiempo nadie se atrevió a cuestionarla. Pero claro, como en todas las grandes historias, ningún reinado dura para siempre. Con el paso del tiempo, esa visión tan estricta, tan rígida, empezó a hacer aguas, empezó a generar un rechazo cada vez mayor y así comienza la caída del patriarca. Y aquí es donde se ve perfectamente el choque de trenes, donde Greenberg veía una contemplación estética, pura, desinteresada, sus críticos veían una forma de arte totalmente desconectada de la realidad, de la política, de la vida. Lo que para él era la autonomía del arte, para otros era una definición asfixiante que dejaba fuera un montón de expresiones artísticas. Y su obsesión por la pureza formal se acabó viendo como una excusa para poner a la pintura en un pedestal por encima de todo lo demás. Y claro, las nuevas vanguardias no estaban dispuestas a pasar por ese aro. Así que la pregunta estaba en el aire, sobre todo en el mundo del arte de los 60, que era pura efervescencia y provocación. La pregunta era, ¿cómo se tumba a un patriarca? ¿Cómo se acaba con una figura tan dominante? Pues la respuesta llegó de la forma más, bueno, más extraña y simbólica que se puede imaginar. En el 66, un artista llamado John Latham, con un grupo de amigos organizó una performance alucinante. Cogieron el libro más famoso de Grimber, Arte y cultura, y literalmente se pusieron a masticar las páginas. Así como suena, convirtieron todo ese papel masticado en una especie de líquido, una solución. Un año después, la biblioteca le reclamó el libro y Leiham, ni corto ni perezoso, devolvió un fresquito con ese líquido. El gesto fue tan brutal que le costó el puesto de profesor. Esa acción que se llamó Stel and Chu, algo así como destila y mastica, fue mucho más que una gamberrada. Se convirtió en el descarte simbólico y definitivo de Greenberg. Fue un acto de rebelión intelectual que dejó claro que su tiempo había pasado. El patriarca había sido, en el sentido más literal de la palabra, digerido y excretado por la nueva generación. Vale, el patriarca ha caído simbólicamente. ¿Y ahora qué? ¿Qué pasa cuando el gran narrador de la historia del arte se queda sin voz? Pues toca mirar qué hay más allá de Greenberg. ¿Cuál es el legado de una figura así? Pues lo que ocurrió es que se abrió un espacio. Su caída dejó un vacío intelectual y el mundo del arte empezó a buscar respuestas en otros sitios. Se desempolvaron viejos debates como la discusión entre dos pensadores gigantes, Theodor Adorno y Walter Benjamin. Y aquí viene lo curioso. Adorno también era un formalista como Greenberg, pero con una diferencia fundamental. Para Adorno, la forma del arte sí tenía una dimensión política y claro, esto habría una vía completamente nueva para pensar el arte moderno, una que Greenberg había bloqueado por completo. Y todo esto nos trae hasta hoy con una pregunta final que sigue resonando con muchísima fuerza. Greenberg fue el gran narrador de su tiempo, pero su relato tenía un principio y un final muy claros. Hoy el mundo del arte es infinitamente más complejo, más diverso, más fragmentado. Así que la pregunta del millón es, si ya no hay un único patriarca, ¿quién narra la historia del arte hoy?