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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE

01.02.00 La discusión Benjamín/Adorno: empezando a poner los problemas sobre la mesa

Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM Basado en el libro: Arte desde los setenta. Prácticas en lo político Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús

Transcripción

Hoy nos metemos de lleno en un debate que partió en dos a dos amigos, dos gigantes del pensamiento del siglo XX. Tíodi Oradorno y Walter Benjamin se enfrentaron a una pregunta terrible después de una tragedia que no se puede ni nombrar, que se supone que tiene que hacer el arte. Y aquí está la frase que lo dinamitó todo. Una declaración brutal, casi una sentencia de muerte para el arte. Vamos a dejar que resuene un poco porque entender qué hay detrás de estas palabras es el centro de todo lo que vamos a ver hoy. Esa es la gran pregunta, ¿verdad? Porque no se trata solo de estar triste o de guardar respeto, ¿no? No. Detrás de las palabras de adorno hay una lógica filosófica durísima y la vamos a desmontar juntos, pieza a pieza. Vale, para empezar hay que meterse de lleno con esta cita tan famosa y tan difícil. ¿Qué quería decir Adorno de verdad con Barbarie? Porque ya os adelanto, no es tan simple como suena. Pero ojo, antes de llegar a la pelea es super importante entender en qué estaban de acuerdo, porque si ambos veían un enemigo común, una fuerza que amenazaba con dejar al arte, bueno, vacío de contenido. Exacto. Es que esto no era una discusión de café entre filósofos, eh, era una respuesta directa, casi visceral, a cómo el capitalismo estaba cogiendo la pintura, la música, todo. Y lo estaba convirtiendo en un producto más en la estantería del supermercado, quitándole todo su poder para criticar. Y Adorno, en concreto le tenía una manía especial al movimiento este de El arte por el arte. Él sostenía que, a ver, al centrarse solo en que algo fuera bonito, la burguesía lo había secuestrado para quitarle toda la mala leche, todo el poder subversivo. Era una forma de convertir el arte en simple decoración inofensiva. Muy bien. Entonces, si el problema era el mercado, ¿cuál era la solución? Pues aquí es donde sus caminos se separan por completo. Adorno y Benjamin propusieron dos estrategias radicalmente opuestas para, en teoría, salvar al arte. Y aquí está el meollo de la cuestión. Para Adorno, la resistencia estaba en un arte difícil, complejo, que se negara a ser consumido fácilmente. Su propia forma retorcida ya era un acto de protesta. Benjamin, en cambio, iba por un camino totalmente distinto. Él veía en la tecnología, en la fotografía y el cine una oportunidad revolucionaria para liberar el arte y llevárselo a todo el mundo. Para pillar bien a Benjamin es fundamental entender qué es eso de Laura. Imagina la sensación de estar en el lubre delante de la mona Lisa original. Esa presencia única, esa cosa de es la de verdad, eso es el aura. Pues bien, Benjamin decía que la fotografía y el cine se cargaban ese aura y lo mejor es que para él era genial porque lo democratizaba, se lo arrancaba de las manos a la élite. Para Adorno, el arte que molaba era el que protestaba así, pero no haciendo un panfleto político. Eh, el Wernica, por ejemplo, no protesta solo por lo que muestra, sino por cómo lo muestra. Todo roto, disonante, caótico. Pasa igual con la música de Schonberg, que te niega una melodía fácil y bonita y a cambio te da un reflejo sonoro de un mundo que se ha ido al garete. Vale, con todo esto en la cabeza, volvamos a la frase del principio, porque ahora podemos entender que la prohibición de adorno no era una cuestión de dolor o de respeto nada más, era algo mucho, mucho más hondo. Aquí está la clave de todo. Lo que Ador no le daba pánico era que cualquier intento de representar el horror de Auschwit con formas de arte tradicionales, ya sabes, un poema precioso o un cuadro armonioso, acabaría inevitablemente haciéndolo trivial, le daría un sentido estético, una belleza, a algo que no puede ni debe tenerlo jamás. Y para que se entienda de lujo, mirad este ejemplo más moderno. A primera vista es un retrato sin más, pero el truco, la genialidad y el horror está en la técnica. El cuadro está hecho con huellas de manos de niños. para retratar a una asesina de niños. ¿Lo veis? La forma y el contenido chocan de una manera brutal. El horror no está en la historia que cuenta, sino en el propio método de contarla. Esto, esto es justo lo que Adorno buscaba. Pero esperad que la historia no acabe aquí, porque el propio Adorno con los años matizó un poco su postura y además apareció una tercera vía, una que ni él ni Benjamin llegaron a explorar del todo, el cinismo. Sí. En el 67, Adorno admitió que, bueno, quizás se había pasado de categórico, que el arte sí era posible, pero y es un pero enorme, puso una condición muy clara. El arte no podía servir para hacer bonito el sufrimiento, para convertir el horror en algo que se consume para sentirnos mejor. No podía ser un bálsamo. Y esa pregunta abre una puerta nueva, una que adorno no llegó a cruzar. ¿Qué pasa si el arte elige un camino completamente diferente? ¿Qué pasa si lo que busca es la provocación pura y dura? Y aquí es donde entra el cinismo, pero ojo, no el cinismo de todo me da igual de hoy en día. Hablamos del quinismos de los antiguos griegos, que era otra cosa. Era una forma de protesta basada en la insolencia, en una risa incómoda, desafiante, que ponía en jaque todas las normas. Fijaos en estos dos ejemplos, que son una auténtica bofetada, un artista que te monta un campo de concentración con piezas del ego, otro que te planta un campo de la muerte con el logo de Prada. No buscan ser bonitos, no quieren dar consuelo. Lo que hacen es usar una combinación cínica brutal para obligarnos a mirar cómo hemos convertido hasta la tragedia más absoluta en un producto de consumo. Así que da igual el camino que tomemos, el de la forma rota de adorno o el de la provocación cínica, al final la conclusión es siempre la misma. La verdadera política del arte está en su forma. Y aquí está la gran lección de todo este debate. El verdadero campo de batalla ético, el político, no está en el tema que elige el arte, no está en el qué, está en el cómo, en la estructura, la técnica, el método. Ahí es donde se juega todo. Hay una frase que lo clava. Es en la forma donde la representación es capaz de rompernos. Y es que es eso, no es la imagen del horror lo que nos transforma, sino una forma artística que no nos deja mirar para otro lado, que nos impide ponernos cómodos, una forma que nos rompe por dentro y nos obliga a mirar la verdad sin filtros. Y todo esto, claro, nos deja con una pregunta final, una para nuestro mundo de hoy. En esta época en la que nos bombardean con imágenes a cada segundo en las noticias, en las redes, quizá la pregunta más importante no es qué estamos viendo, sino cómo la forma en que nos lo presentan está moldeando lo que somos capaces de sentir y de entender. Ahí queda eso.