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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
01.03 Adorno sobrepasado: de la pérdida del aura a la mirada dispersa
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Transcripción
Hoy nos metemos de lleno en un choque de titanes intelectuales, un debate que de verdad cambió para siempre nuestra forma de entender el arte. Vamos a sumergirnos en la increíble discusión entre Walter Benjamin y Teodor Adorno sobre qué le pasa al arte cuando se puede copiar una y otra vez. Y para empezar vamos directos a la pregunta del millón, la que está detrás de todo esto. Pensemos un momento. ¿Puede una copia, algo que se puede replicar hasta el infinito, llegar a tener más fuerza o más significado que la obra original? Esa pieza única. Esta es ni más ni menos la cuestión que quitaba el sueño a nuestros dos protagonistas. Y aquí los tenemos. Por un lado, adorno, el defensor aultranza del arte autónomo de su pureza lejos de las garras del mercado. Y en la otra esquina a Walter Benjamin, un visionario que vio en la reproducción masiva una potentísima herramienta de liberación. Eran amigos, sí, pero sus ideas no podían estar más enfrentadas. Bien, para entender de qué va todo este choque, primero tenemos que ver cuál era el problema de fondo. Y es que a los dos les preocupaba y mucho lo mismo, que en el mundo moderno el arte estaba en peligro de convertirse en, bueno, en un producto más, algo que se compra y se vende perdiendo toda su chispa, toda su capacidad para hacernos pensar. Para explicar esto, Benjamin usa una palabra que es una pasada, fantasmagoría, que es pues es esa especie de magia que envuelve a los productos. Cuando se ve algo en un escaparate, reluciente, perfecto, se convierte en un objeto de deseo. Pero lo que no se ve es todo el trabajo que hay detrás, las manos que lo hicieron, el sudor, el objeto se convierte en un fetiche y su historia real queda oculta. Y ojo que para Benjamín esto no era teoría pura y dura. Él lo veía por todas partes en el día a día. en los nuevos productos industriales, en la seducción de los primeros grandes almacenes de París, que eran toda una novedad, en los primeros anuncios y, sobre todo en las exposiciones universales. Para él esos eran los grandes templos donde las masas aprendían a desear las mercancías por encima de todo. ¿Vale? Y con esto llegamos al meollo de la cuestión, al punto de ruptura total entre Adorno y Benjamín. El culpable, la tecnología, concretamente la fotografía y el cine. De repente, una obra de arte se podía copiar una y otra vez. Y para Benjamin significaba una cosa muy clara, la muerte de Laura. Y la forma en que Benjamin describe el aura es pura poesía. Es genial. No es solo que la obra sea única, es esa sensación de estar ante algo que tiene historia, que ocupa un lugar y un momento irrepetibles en el tiempo. Es esa presencia casi mágica que se siente al estar delante de, no sé, las meninas en el Prado. Se sabe que se está ante el original, no ante una postal. Aquí está la clave de todo. Antiguamente, una escultura valía por su función en un ritual, ¿verdad? tenía un poder casi mágico, pero en un mundo ya sin esa magia, ¿qué le da valor? Pues la autenticidad, la idea de que es el original. Y claro, ¿qué hace una cámara de fotos o de cine? Atacar justo ahí en el corazón de esa idea de autenticidad. Y aquí es donde los dos caminos se separan por completo. Para Adorno, que se pierda el aura, es un drama, una tragedia. Él creía que la industria cultural lo convertía todo en arte de usar y tirar y que pararse a contemplar una obra de verdad era el último acto de rebeldía. Pero para Benjamín todo lo contrario, para él es una liberación. Si el arte ya no es un objeto de culto, perfecto, ahora puede ser una herramienta política para la gente. Pero claro, el debate no va solo de la obra de arte en sí, va también de quienes la reciben, porque la vida en la ciudad moderna, con ese ritmo frenético o ese caos, hizo que naciese una forma totalmente nueva de mirar el mundo. Pensemos en la gran ciudad. Es un bombardeo constante de imágenes, de ruidos, de gente. Esto obliga, casi por supervivencia, a desarrollar una percepción distinta. Ya no es esa mirada tranquila y concentrada de antes, no. Ahora es una mirada rápida, fragmentada, siempre alerta, una mirada dispersa. Y esto, claro, lo cambia absolutamente todo. Y como era de esperar, aquí vuelven a chocar. Adorno le tenía pánico a esta nueva mirada. Creía que nos estaba convirtiendo en un público pasivo que se traga todo lo que le echan los medios sin capacidad de criticar nada. Pero Benjamin, que era un optimista incorregible, le da la vuelta a la tortilla. Él dice, "Vale, esta es la nueva forma de mirar. No luchemos contra ello. Usémoslo. Convirtámoslo en un reto político." El campo de batalla perfecto para Benjamin era, como no, el cine. Él veía a gente como Chaplin y pensaba que era como una pequeña revancha de las masas. La gente iba al cine a distraerse, a reírse, no a ponerse en plan solemne como en un museo. Y Benjamin decía, "Genial! Eso es porque justo en esa distracción es donde él creía que podía germinar una nueva conciencia política. Y su argumento es, la verdad, una genialidad. Es un proceso en tres pasos. Primero, el shock. El montaje rápido del cine te saca de tu zona de confort, te da una pequeña sacudida. Segundo, la distracción. Como no te puedes relajar y sumergirte del todo, la mente se mantiene despierta. Y aquí viene la magia. Esa alerta constante, aunque parezca dispersa, es como ir al gimnasio con el cerebro. Se aprende a procesar muchos estímulos a la vez, a conectar ideas de golpe y de ese entrenamiento, según Benjamin, puede salir una mirada mucho más crítica. Entonces, si juntamos todas las piezas, ¿a dónde nos lleva todo esto? Si el aura ha muerto y nuestra forma de mirar ha cambiado para siempre, ¿qué demonios tiene que hacer el arte ahora? ¿Cuál es su papel político? Y es aquí donde su pensamiento se vuelve superpítico y de hecho muy urgente para su época. Benjamín lanza una advertencia muy seria. Ojo con esas ideas antiguas del arte, con lo del genio solitario o la obra eterna, porque son caramelos para el fascismo. Son ideas que la propaganda fascista puede retorcer y usar muy fácilmente para vender su película. Así que el desafío que Benjamin lanza los artistas es tremendo. Les dice, "Olvidaos de intentar que la gente vuelva a mirar el arte como antes. El reto ahora es crear un arte que juegue con las nuevas reglas, un arte que sepa usar esa mirada dispersa a su favor, un arte que funcione a base de impactos, de distracción." Y aquí llegamos al remate final de su idea. Un arte que acepta ser copiado mil veces y que se dirige a un público distraído se convierte para Benjamin en una herramienta política potentísima. Es un tipo de arte que el frascismo no sabe cómo usar porque es crítico y escurridizo, pero en cambio es perfecto para despertar a la gente, para que las masas empiecen a exigir cambios. Y para terminar vamos a traer este debate a nuestro presente. Pensemos un momento con el scroll infinito de TikTok, las imágenes que crea la inteligencia artificial, los memes que se replican por millones. ¿Qué dirían hoy Adorno y Benjamin? Adorno probablemente se llevaría las manos a la cabeza, pero Benjamin, ¿qué vería él? Quizás vería en todo este caos digital la oportunidad definitiva para un nuevo arte político. La pregunta queda en el aire porque su debate, desde luego, está hoy más vivo que nunca.