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01.04.02. Minimal y conceptual

Este vídeo analiza los fundamentos teóricos del minimalismo en los años sesenta. Se examina la paradoja de su alta carga intelectual frente a su baja manufactura, el papel del espectador como activador de la obra y su estatus finisecular.

ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM Basado en el libro: Arte desde los setenta. Prácticas en lo político Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús

Resumen del Contenido

En este contenido se exploran los principios estéticos y ontológicos del minimalismo, surgido en la convulsa década de 1960. A partir de la definición acuñada por el filósofo Richard Wollheim, se aborda la paradoja de un arte con alta densidad conceptual pero mínima manufactura tradicional. El autor expone cómo el minimalismo adopta la máxima de que menos es más para proponer objetos geométricos, fríos y desprovistos de carga emocional que actúan sobre el espacio y exigen una respuesta física. Lejos de la contemplación pasiva, la obra se concibe como un acontecimiento temporal y espacial que solo se activa mediante la percepción corporal y el desplazamiento del espectador en la sala. Al difuminar la huella del autor mediante procesos de fabricación industrial, esta corriente se erige como el último gran intento de orden intelectual de la modernidad antes de la fragmentación de la posmodernidad.

Transcripción

Hoy nos metemos de lleno en uno de los movimientos artísticos más enigmáticos y a primera vista sencillos, el minimalismo. Prepárense para descubrir que detrás de estos objetos hay mucho, pero mucho más de lo que parece. Vamos a desvelar el misterio. Seguro que a más de uno le ha pasado. Entras en un museo y de repente te topas con uno de estos volúmenes así, industriales, imponentes, silenciosos. Y es que es inevitable pensar esto. Son como objetos insondables que dominan el espacio de una forma muy extraña, casi alienígena, como el famoso monolito de la peli de Kubric. Y esa es la gran pregunta. Claro, ¿son simplemente bloques de metal y madera, una especie de broma conceptual o hay algo más profundo que no estamos viendo a simple vista? Venga, vamos a descubrirlo juntos. Empecemos por el principio. Vamos a intentar definir a esta extraña bestia del mundo del arte. A ver, el término lo acuñó un filósofo Richard Wallheim allá por 1965. Y aquí está la primera clave de todo. La contradicción es evidente, alto contenido intelectual, pero bajo contenido de manufractura. ¿Qué significa esto? Pues que la idea, el concepto es muchísimo más importante que la ejecución o la habilidad que tenga el artista con las manos. Esta paradoja nos lleva directamente al corazón filosófico del movimiento, que se resume en una frase que, bueno, se ha vuelto universal. Aunque la frase desde un arquitecto los minimalistas la adoptaron como su mantra. La idea es que si eliminas todo lo que sobra, todo lo decorativo, todo lo emocional, lo que queda es una verdad más pura, más directa del objeto y del espacio que ocupa. Y claro, el resultado de aplicar el menos es más a rajatabla son obras con estas características. Son frías porque dejan fuera toda emoción, sólidas porque se centran en su presencia física en que están ahí, lacónicas y austeras porque no cuentan historias ni representan nada más que a sí mismas. Se trata de una contemplación puramente intelectual, objetiva. Y ahora llegamos al giro más fascinante de esta corriente, porque estas obras, que parecen tan autosuficientes, necesitan un ingrediente secreto para poder funcionar de verdad. Pues sí, aunque parezca increíble, estos objetos que están ahí quietos se consideran una especie de performance, un evento. Pero, ¿cómo es posible? ¿Quién actúa aquí? El punto crucial es este. La obra de arte no es solo el objeto, sino la experiencia total que se produce cuando una persona entra en la sala. La presencia de quien mira, su movimiento, su percepción del espacio y del objeto. Todo eso activa la pieza. De hecho, los propios artistas decían que sin público sus obras estaban literalmente desactivadas. Si es el espectador que le activa la obra, esto nos lleva a otra pregunta bastante radical. ¿Cuál es entonces el papel del artista en todo esto? Este contraste es superreelador. El artista minimalista no es el escultor tradicional que suda y deja su huella en el material. Al contrario, lo que busca es eliminar todo rastro de autoría. No presenta una escultura, sino una propuesta, una idea que a menudo es fabricada por otros en un taller industrial. Su trabajo es puramente conceptual. Para entender el panorama completo, hay que dar un paso atrás. Todo este esfuerzo por la objetividad y el orden conceptual no surgió de la nada, sino que ocupa un lugar muy específico en la historia del arte. En el fondo, y a pesar de su frialdad, el minimalismo fue un intento profundamente humano de encontrar lógica y estructura. Nació en los caóticos años 60 y se puede ver como un último esfuerzo por imponer un orden intelectual en un mundo que parecía desmoronarse. Y esta línea de tiempo es clave. El minimalismo está considerado el último gran movimiento de la modernidad, el punto final de una era que creía en las grandes ideas y en el orden universal. Justo después, con la llegada de la postmodernidad, el tablero de juego se rompió por completo. Así que nos despedimos con esta pregunta para reflexionar. Si este fue el último gran intento de poner orden en el arte y en el pensamiento, ¿qué significa que lo que vino después fue precisamente la celebración del caos, la ironía y el fin de las grandes verdades?