← Volver al buscador
ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE

01.04 Las revueltas del 68 y el arte

Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM Basado en el libro: Arte desde los setenta. Prácticas en lo político Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús

Transcripción

1968. Vaya año, un año de convulsión en todo el mundo. Una generación entera se levantó para desafiar los cimientos de la sociedad. Y claro, en medio de todo ese huracán, el arte se vio atrapado, obligado a reinventarse por completo. Esta frase de Daniel Convendit, uno de los líderes estudiantiles, lo resume a la perfección. Es el espíritu del mayo del 68. Todo arranca en la Universidad de Nanter con protestas contra normas que parecían del siglo pasado, pero la mecha prendió rápido y el descontento se extendió a la Sorbona. El combustible era el rechazo a un modelo de enseñanza enquilosado y, por supuesto, la oposición total a conflictos como la guerra de Vietnam. Pero ojo que la revuelta no se limitó ni mucho menos a París. El espíritu del 68 fue un incendio global desde la primavera de Praga, que fue aplastada por los tanques soviéticos hasta las marchas por los derechos civiles en Estados Unidos o la terrible matanza de estudiantes en Tratelolco en México. El mundo entero estaba literalmente en ebullición. Vale, para entender cómo toda esta agitación social removió los cimientos del mundo del arte, vamos a seguir este recorrido. Primero nos metemos en el contexto de la revuelta, luego echamos un vistazo a los precursores que ya estaban anunciando la que se venía, después nos sumergimos de lleno en el minimalismo y el arte conceptual. Y para terminar veremos cómo irrumpieron con una fuerza arrolladora los feminismos. Y es que esto no fue solo una rebelión en las calles, eh, fue por encima de todo una crisis de ideas. Fueron los pensadores de la época los que proporcionaron la munición filosófica que le dio sentido a todo lo que estaba pasando. Pensemos un poco en las ideas que flotaban en el ambiente. Teníamos a Herbert Marcuse, considerado el gran ideólogo de mayo del 68, que venía a decir que la sociedad de consumo nos vendía una falsa libertad para tenernos bien controlados. Wilhelm Rik iba incluso un paso más allá, vinculando la represión sexual directamente con la opresión del sistema capitalista. Y luego estaba Jean Paul Sartre, que representaba a ese intelectual que no se queda en su despacho, sino que baja a la calle, convencido de que la verdadera revolución empieza cuando la gente habla cara a cara. Como era de esperar, esta crisis de ideas se trasladó de lleno al mundo del arte. De hecho, antes, incluso de 1968, ya había artistas que estaban dinamitando el concepto tradicional de obra de arte, ese objeto bonito, intocable, que cuelga en un museo. Y aquí entra un concepto que lo cambia absolutamente todo, la desmaterialización del arte. Lo acuñó la crítica a Lucilipar para describir algo radicalmente nuevo. A ver, ¿y si el arte no fuera un objeto que se compra y se vende? ¿Y si en lugar de eso fuera una idea, un proceso, una acción? Esto era ni más ni menos que un ataque directo al corazón del mercado del arte. Un ejemplo extremo, pero muy claro, es el de Piero Mansoni. En su acción Consumo de Arte cogió unos huevos duros, les puso su huella dactilar y se los dio al público para que se los comieran. El arte literalmente se digería. La provocación llegó a su punto más alto cuando enlató sus propios excrementos y los vendió como de artista. Una burla brutal al valor del arte y a esa idea de endiosar la figura del artista. Pero Klein llevó esta idea todavía más lejos. ¿Qué expuso? Nada, absolutamente nada. Vaíó una galería por completo, la pintó de blanco y la llamó el vacío. Su objetivo era que la gente experimentara el arte en su estado más puro, como una sensación, sin necesidad de mirar un objeto. Cambió lo visible por lo invisible. Y luego tenemos a Joseph Boys, que actuaba casi como un chamán. Su obra más famosa, ¿cuál fue? pues se cubrió la cabeza con miel y pan de oro y se pasó horas explicándole el arte a una liebre muerta que llevaba en brazos. Una locura. Bueno, para Boys era su forma de buscar una conexión espiritual que nuestra sociedad tan racional y moderna había perdido por completo. Todas estas ideas, que eran superradicales, no tardaron en consolidarse en dos grandes corrientes que iban a redefinir el arte para siempre, el minimalismo y el arte conceptual. El minimalismo apostó por una estética fría, casi industrial. Hay que imaginarse formas geométricas muy simples, materiales de construcción. Aquí no hay adornos ni emociones a la vista. La pregunta que lanzaban estas obras no era, ¿qué significa esto? Sino más bien, ¿qué sientes al estar aquí ahora con este objeto ocupando tu mismo espacio? La experiencia física lo era absolutamente todo. Para entender esto, los artistas minimalistas se fijaron mucho en la gicología de la Gestalt. Esta corriente había demostrado algo fundamental. No vemos el mundo de forma pasiva como si fuéramos una cámara de fotos, ¿no? Nuestro cerebro está todo el rato organizando y dando sentido a lo que ve. El ejemplo clásico es la ilusión del pato conejo. Se ve un pato o un conejo. La imagen en el papel no cambia. Es nuestra mente la que decide, la que construye una figura u otra. Quien mira es un participante activo, pues el arta minimal lleva esta misma idea al espacio. Al caminar alrededor de una escultura minimalista, nuestra percepción cambia y somos nosotros con nuestro cuerpo y nuestra mente quienes completamos la obra. ¿Vale? Si el minimalismo juega con la percepción, el arte conceptual va directo a la idea. Su principio fundamental es la tautología. El arte es lo que dice que es. Suena complicado, pero en realidad es muy simple. Joseph Kossut lo resumió así: El arte es la definición del arte. Su obra, Cuatro colores, cuatro palabras, es el ejemplo perfecto. Vemos cuatro colores y leemos las palabras que los nombran. No hay más. No hay un significado oculto. La obra es su propia definición. Pero, ¿qué pasa cuando estas ideas tan abstractas salen del museo y se plantan en mitad de la calle? El caso de Tilte Dark, de Richard Serra es el ejemplo perfecto. Esta pared enorme de acero se instaló en una plaza de Manhattan en 1981. La escultura dividía la plaza por la mitad y a la gente no le gustó nada. La veían como un estorbo y pidieron que la quitaran. La respuesta de Serra fue tajante. Trasladar la obra es destruirla. ¿Por qué? Porque la obra no era la pared de acero. La obra era la pared de acero. En ese lugar preciso. Al obligar a los funcionarios a rodearla para ir a trabajar, la escultura se convertía en un comentario sobre el poder, politizando un espacio que parecía neutral. De repente, el minimalismo tenía dientes y mientras gran parte del arte conceptual que estaba dominado por hombres se centraba en el lenguaje y la filosofía, surgió un nuevo movimiento que usó esas mismas herramientas para hablar de algo mucho más urgente: el cuerpo, la vida y la violencia. El contraste no puede ser más claro. Pensemos en la pareja de artistas Carlandre y Ana Mendieta. Mientras él se preocupaba por la pureza formal de sus esculturas minimalistas, ella usaba su propio cuerpo para denunciar la violencia real contra las mujeres, llegando a recrear la escena de una violación en su performance rapin. Las preocupaciones, como vemos, eran radicalmente distintas. El lema que lo cambió todo fue lo personal es político. De repente, experiencias que hasta entonces se consideraban cosas de mujeres, la sexualidad, la violencia doméstica, la relación con el propio cuerpo, dejaron de ser problemas privados para convertirse en un campo de batalla político y colectivo. Y el cuerpo fue, claro, el principal campo de batalla. Luis Burjoisas esculpía a la mujer como una casa sin cabeza, ahogada por las tareas domésticas. B Export salió a la calle con una caja en el pecho, invitando a los hombres a tocarla para que fueran conscientes de cómo se la estaba cosificando. Y Hann Wilk cubrió su cuerpo desnudo con chicles con forma de vulva, como si fueran cicatrices, para criticar los cánones de belleza que la sociedad imponía. Una obra posterior, pero que resume muy bien esta línea, es Melones de Patty Chang. En el vídeo se corta un pecho que en realidad es un melón y se lo come. Es una imagen brutal. ¿Qué nos está diciendo sobre la identidad? Sobre cómo la sociedad construye nuestros cuerpos como si fueran objetos de consumo. La obra va más allá y señala algo muy incómodo, cómo las normas patriarcales a menudo se transmiten de mujeres a mujeres, de madres a hijas. La crítica de Chanks apunta que el problema no es solo biológico, sino cultural e ideológico y está profundamente arraigado en la sociedad. Así que la revuelta del 68 no solo cambió la política, hizo estallar por los aires los límites del arte. Pasamos de un objeto o en un pedestal a un concepto, a una acción, a un cuerpo como campo de batalla. Y esto nos deja con una pregunta abierta y fascinante. Si el arte puede ser todo esto, ¿tiene de verdad algún límite?