← Volver al buscador
ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
01.05.02 La recepción de las nuevas propuestas
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hola, hoy vamos a intentar, bueno, vamos a desmitificar el arte contemporáneo. Sí, ese arte que a veces nos deja un poco perplejos, ¿verdad? Para cualquiera que se haya plantado alguna vez delante de una obra y haya pensado, "¿Y esto qué es?" Este análisis puede venerlas. Venga, vamos a ello. A ver, ¿a quién no le ha pasado. Entras en una sala, ves una instalación y es fácil quedarse pensando, "Vale, ¿y ahora qué? ¿Qué se supone que tengo que sentir o pensar aquí?" Es una sensación super común, de verdad. Pero la clave, y esto es lo importante, puede que no esté tanto en la obra, sino en nuestra propia mirada, es que el arte ha pegado un cambio brutal. Y claro, si el arte cambia, nuestra forma de acercarnos a él también tiene que cambiar. Ya no vale con ser, bueno, meros espectadores pasivos, ahora somos parte activa de la obra. El quid de la cuestión es ese. Tenemos que aprender a mirar de otra forma. Así que para ayudarnos en esto, vamos a montar una especie de manual de instrucciones, una caja de herramientas. Vamos a ver cinco maneras de mirar, cinco claves que nos van a servir para enfrentarnos a casi cualquier cosa que nos encontremos en un museo. ¿Vale? Primer punto, la cosa es que se ha producido un cambio de paradigma total. La idea de que el artista tiene la verdad absoluta y que la obra tiene un único significado que hay que descifrar como si fuera un jeroglífico, pues eso ya es historia. Ahora la pieza clave es el espectador. Somos nosotros. Sin nuestra presencia la obra en cierto modo está como incompleta, desactivada. Y la diferencia es abismal, la verdad. Pensemos en el espectador de antes. Se esperaba de él una contemplación pasiva, casi distante, muy educada, algo muy de élite, ¿no? En cambio, el espectador de ahora es todo lo contrario. Se nos pide implicación activa total. Ya no se trata de mirar desde lejos. La obra nos interpela, nos toca, nos mete dentro. Es una experiencia que te atraviesa el cuerpo. Hay una frase del historiador del arte Hans Belting que lo clava. Somos el lugar de las imágenes. Es que es justo eso. Nadie llega a un museo con la mente en blanco. Para nada. Llevamos encima toda nuestra mochila, nuestros recuerdos, nuestros deseos, nuestro propio contexto y todo eso lo volcamos en la obra. Somos literalmente el espacio donde la obra cobra vida y se llena de significados nuevos. Muy bien, pasamos a la segunda parte. Esta es la primera herramienta de verdad de nuestro manual, la imaginación. Y ojo, porque es fundamental, sobre todo para esas obras que, bueno, que ya no existen, que fueron efímeras o que ni siquiera llegaron a tener una forma física como tal. Mirad, un ejemplo increíble es la obra de Yes Klein. Vendía lo que llamaba zonas de sensibilidad inmaterial a cambio de oro. El comprador recibía un recibo muy oficial, pero para que la obra fuera suya de verdad, tenía que quemar ese recibo en un ritual. Y mientras el papel ardía, Klein tiraba la mitad del oro al Sena para siempre. Lo mejor, no hay ni una sola foto de esto, solo nos queda el relato. Así que para ver esta obra, ¿qué hay que hacer? Pues imaginar. La obra de arte sucede por completo dentro de nuestra cabeza. Venga, tercera sección. Aquí tenemos una herramienta doble, porque a veces no basta con mirar, hay que moverse, hay que recorrer la obra con el cuerpo y otras veces hay que leer, usar el intelecto. Hay muchas obras que no te lo dan todo de primeras, que no se revelan si te quedas quieto, exigen algo más. Pensemos, por ejemplo, en los espejos de pistoleto. Es imposible ser un espectador pasivo. Ahí te reflejas y za estás dentro del cuadro. La sala, la gente, tu propio reflejo, todo eso se convierte en la obra. O fijaos en el proyector de Anselmo que proyecta la palabra visible, pero solo se puede leer cuando alguien se pone en medio y bloquea la luz. O sea, que nuestra presencia literalmente hace visible lo invisible. Hay que moverse, hay que participar. Y luego, como decía, está la parte de leer, un ejemplo clásico, una y tres sillas de Joseph Kosud. ¿Qué vemos? Pues una silla de verdad, una foto de esa misma silla y la definición de la palabra silla. Tres versiones. Y la obra te lanza la pregunta, bueno, ¿y cuál es la silla de verdad? La obra no son los objetos, sino esa pregunta que te obliga a pensar sobre qué es la realidad y qué es la representación. Para pillarlo, hay que pararse a leer y a pensar. Y a veces el texto es que lo ves para absolutamente todo. Piensa en el famoso tiburón de Daming Herst metido en formol. La imagen, desde luego, es brutal, pero la obra explota de verdad cuando lees el título. La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo. Boom. Esa frase tan poética choca de frente con la imagen tan cruda y de ahí surge una explosión de significados sobre la vida, la muerte, el miedo increíble. Y luego tenemos artistas como Bárbara Krueger que lo llevan a otro nivel. Ella coge la estética de la publicidad, esos cartelles impactantes, pero la usa para lanzar mensajes supercíticos como puñetazos. Tu cuerpo es un campo de batalla. Aquí el texto no es un simple acompañamiento, ¿no? No. El texto ataca la imagen, la deconstruye y nos obliga a leer de forma crítica todo el bombardeo mediático y a cuestionar los mensajes de poder que nos tragamos sin pensar. Cuarta clave. Mirar es participar. Porque claro, a veces mirar ya no es suficiente. Hay un tipo de arte, el arte activista, que nos pide dar un paso más allá, que seamos parte de la acción. Y aquí es donde las fronteras entre artista, espectador y ciudadano, bueno, se borran por completo. El arte se convierte en una herramienta para el cambio social. Un ejemplo buenísimo es la protesta Reclaim the Streets en Londres. Luchaban contra una autopista y su acción tenía una doble función, que es lo interesante. Por un lado, una función pragmática, muy real. Bloquear las obras causar retrasos, pero por otro tenía una función poética, crear imágenes espectaculares, teatrales, que se difundieron por todas partes y capturaron la imaginación de la gente. Era política y la performance, todo a la vez. Y llegamos al último punto, quizás el más complicado. ¿Qué pasa cuando no podemos mirar? Cuando la obra nos confronta tanto que nos hace apartar la vista. Estamos hablando de un arte que se mete de lleno en la violencia, el asco, lo abecto y que muchas veces usa el propio cuerpo del artista como campo de batalla. La reacción más fácil es despachar estas obras diciendo que solo buscan provocar. Pero si vamos un poco más allá, la pregunta interesante no es si nos gusta. La pregunta de verdad es, ¿por qué nos provoca un rechazo tan viseral? ¿Por qué nos cuesta tantísimo mantener la mirada? ¿Qué es lo que están atacando en realidad estas obras? Para entender esto, el contexto histórico es absolutamente clave. Pensemos en los accionistas bieneses. Surgen en una Europa que intentaba olvidar el horror de la guerra mientras en la tele aparecían imágenes de nuevas guerras. Su respuesta fue radical. El razonamiento era algo así como si la civilización nos ha llevado a esto, al holocausto, tenemos que destrozar ese barniz. Y para ello usaban sus cuerpos para revelar lo que hay debajo, lo animal, la oscuridad, lo reprimido. Entonces, ¿por qué nos escandaliza tanto? Porque vamos a ver, encendemos el telediario y vemos imágenes igual de gráficas y las aceptamos porque tienes la cuartada de la información o vamos al cine y vemos violencia, pero es ficción. El problema del arte es que no tiene esa cuartada y por eso lo que algunos sostienen es que nos repele porque ataca una idea muy profunda, la idea del cuerpo social, un cuerpo que debe ser controlado y sumiso. En el fondo, la clave es esta. Estos artistas estaban hartos de las simulaciones, así que decidieron usar lo más real que tenían, sus propios cuerpos, para provocar una respuesta también real, física, traumática. Querían saltarse nuestros filtros intelectuales para despertarnos de esa anestesia con la que consumimos violencia todos los días sin pestañar. Así que aquí lo tenemos, nuestra pequeña caja de herramientas. La próxima vez que estemos frente a una obra que nos desafíue, podemos recordar esto. Podemos intentar mirarla con la imaginación o recorrerla con el cuerpo o pararnos a leer e investigar o, ¿por qué no?, participar en lo que propone. E incluso, si nos repele, podemos confrontar esa sensación y preguntarnos el por qué. Porque al final no se trata de tener un máster en Historia del Arte para poder entenderlo todo. No va de eso. Va de abrirse a la experiencia, de usar no solo los ojos, sino todo nuestro ser, el cuerpo, la memoria, la mente, para entrar en un diálogo con lo que tenemos delante. Así que con estas nuevas herramientas, la pregunta es, ¿la próxima vez que nos plantemos delante de una obra de arte, ¿qué nos va a contar? Porque quizás el arte deja de ser un código secreto indescifrable y se convierte simplemente en una conversación abierta. Y la siguiente respuesta, claro, la tenemos nosotros.