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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

01_Agustín de Hipona | Doctrina de la iluminación, su conexión con el conocimiento y las visiones

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Hola a todos y bienvenidos. Hoy vamos a meternos de lleno con una idea filosófica que tiene, ojo, más de 15 años, pero que sorprendentemente nos sirve para entender nuestro mundo actual. Hablamos de la doctrina de la iluminación de San Agustín. Sé que suena algo superclejo, pero ya verán. En el fondo es una respuesta brillante a una pregunta que de alguna forma nos hemos hecho todos. A ver, vamos al lío. San Agustín le daba vueltas a un problema que es bastante curioso. Pensemos en nuestra mente. Duda, olvida, aprende cosas nuevas, cambia de opinión. Vamos, que es un caos en constante movimiento. Entonces, la gran pregunta es, ¿cómo es posible que esta mente tan cambiante sea capaz de pillar verdades que son absolutas, que son eternas, que no cambian jamás? Y aquí tenemos el ejemplo perfecto que usaba el propio Agustín. 3 * 3 es 9 y punto. Lo era en la antigua Roma, lo es ahora mientras hablamos y lo será dentro de 1000 años. Da igual lo que opinemos o si nos gusta más o menos. No es algo que hayamos inventado, es algo que hemos, por así decirlo, descubierto. Y esta certeza que no se puede discutir es el punto de partida de todo su razonamiento. Muy bien. Entonces, ¿dónde nos deja esto a nosotros? ¿Cuál es el lugar de nuestra mente en todo este esquema? Pues Agustín nos propone una imagen muy potente para que entendamos dónde estamos situados. Según Agustín, la mente humana está justo en medio, como en un sándwich. Por debajo tenemos el mundo físico, las cosas que vemos y tocamos, todo lo que nace cambia y al final desaparece. Pero por encima de nosotros hay otro reino, el de la verdad, así con mayúsculas, un mundo de ideas eternas, perfectas, que no cambian nunca. Y aquí viene el salto clave en su lógica. Si nuestra mente, que es tan variable, es capaz de reconocer esas verdades que no cambian como las de las matemáticas, tiene que ser porque de alguna manera está conectada con esa verdad superior. No puede ser una invención nuestra, tiene que venir de algo que está por encima de nosotros. Y aquí es donde Agustín presenta su gran solución, una de las ideas más famosas de toda su filosofía. Si esa verdad está por encima, ¿cómo llegamos a ella? Pues la respuesta es la iluminación. Dicho de forma sencilla, la iluminación es la acción de Dios, que para Agustín es la verdad misma, actuando como una especie de luz sobre nuestra mente. Ojo, esta luz no nos da las respuestas en bandeja, sino que hace posible que nuestro intelecto pueda ver y pueda entender esas verdades eternas. A ver, que esto es superimportante para no confundirnos. La iluminación no es que Dios nos mande un email con información secreta o nos susurre las respuestas de un examen. Es algo mucho más básico y fundamental. Es como la luz del sol. La luz no es el árbol que vemos, pero sin ella no veríamos absolutamente nada, pues la iluminación es eso, la condición indispensable para que el conocimiento verdadero sea posible. Hacemos una pequeña pausa para decodificar. A veces en filosofía nos topamos con palabrejas como gnoseológico. Suena muy intimidante, ¿verdad? Pues simplemente se refiere a la teoría del conocimiento, o sea, a la pregunta de cómo sabemos lo que sabemos. Cuando Agustín dice que la iluminación es un presupuesto gnoseológico, lo que está diciendo es que es la base sobre la que se apoya toda nuestra capacidad de conocer. Tan simple como eso, para que todo esto quede aún más claro, Agustín desarrolló un modelo superinesante con tres niveles de percepción o como él las llamaba, tres visiones. Vamos a ver cómo funciona este esquema. Es un sistema muy lógico, ya verán. El primer nivel, la visión corporal, lo que vemos con los ojos, el mundo físico, sin más. El segundo, la visión espiritual, lo que imaginamos, lo que vemos en nuestra mente, como la cara de un amigo o una escena de un sueño. Y por último, el nivel superior, la visión intelectual, nuestra capacidad para entender conceptos abstractos, ideas como la justicia, el bien o el amor, cosas que son reales, pero que no tienen una imagen física que podamos ver. Pues bien, es precisamente aquí, en este tercer nivel, donde actúa la iluminación, no en lo que ven nuestros ojos, ni en lo que imaginamos. Esa luz divina opera en la visión intelectual y es lo que nos permite captar la esencia de las cosas, los principios universales y, en definitiva, las verdades que no cambian. Y para que esto no se quede en pura teoría, Agustín usa un ejemplo potentísimo de la Biblia que muestra perfectamente la diferencia entre simplemente ver algo y entenderlo de verdad. La escena es la del rey Baltasar. Imagínense, en medio de un banquete aparece una mano de la nada y se pone a escribir en la pared. Él tiene una visión corporal perfecta. ve las letras clarísimas, sin embargo, no entiende nada. Cero. Le entra el pánico porque se da cuenta de que ver simplemente ver no es suficiente. Este cuadro lo resume a la perfección. Por un lado, el rey Baltasar, que se queda en el primer nivel de visión y el resultado es confusión total. Y entonces llaman a Daniel. Él también ve la escritura, claro, pero su mente está operando en otro nivel. Con la ayuda de una visión superior, una visión intelectual que está iluminada, es capaz de interpretar el mensaje, de captar el significado real. Pasa de la simple visión a la comprensión. Y aquí está la clave de todo. ¿Cómo sabemos que lo que soñamos o imaginamos no es la realidad o que nuestra opinión sobre algo es la correcta? Agustín diría que necesitamos un punto de referencia, un criterio superior que no cambie. Pues bien, la iluminación divina es precisamente ese ancla lo que permite a nuestra mente poder distinguir entre una simple fantasía y la verdad auténtica. Todo esto nos lleva a una distinción final que es crucial en el pensamiento de Agustín. La diferencia que hay entre ser una persona docta o instruida y ser una persona sabia no son lo mismo. El doctor es que acumula muchísimos datos, sabe un montón de reglas, de fórmulas, de fechas, pero nunca se pregunta, bueno, ¿y por qué estas reglas son verdad? ¿De dónde viene su certeza? El sabio, en cambio, no se queda en la superficie. Usa todo ese conocimiento para elevar la mirada y buscar la fuente de esa verdad, el origen de esa luz que le permite entender. Y este es el mensaje central. La sabiduría no consiste en tener un disco duro mental lleno de información. Se trata de hacer un movimiento hacia arriba, reconocer que nuestra mente cambia y buscar esa verdad inmutable que es la fuente de todo lo que podemos llegar a conocer. Bueno, vamos a resumir las ideas clave para que quede todo bien atado. Primero, partimos de que nuestra mente puede conocer verdades eternas. Segundo, esto solo es posible gracias a esa luz divina que llamamos iluminación. Tercero, esta luz funciona en el nivel más alto, el de la visión intelectual. Y finalmente, es esta luz la que nos sirve de guía para distinguir lo verdadero de lo falso y así poder aspirar a la verdadera sabiduría. Y acabamos con una pregunta para darle una vuelta. Esta idea de Agustín tiene más de 15 años, pero es increíblemente actual. Hoy que estamos literalmente bombardeados por datos, opiniones información por todas partes, la pregunta en el fondo sigue siendo la misma. ¿Estamos simplemente acumulando datos como el docto o estamos usando toda esa información para buscar la luz para intentar entender de dónde viene la verdad? Como haría el sabio, ahí lo dejó.