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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
01_Agustín de Hipona Resumen | El alma, la percepción y el aprendizaje de las Artes Liberales
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Venga, vamos a meternos de lleno en esto. Hoy vamos a hacer un viaje al pasado para entender cómo en la Edad Media eran capaces de visualizar el universo entero. Sí, sí, desde la lógica hasta el alma. Todo condensado en una única y complejísima imagen. Es una forma de pensar muy distinta a la nuestra, de verdad fascinante. A ver, pongámonos en situación por un momento. Hay que organizar todo el saber humano, todo. La astronomía, la ética, el lenguaje, la lógica, todo junto. Pero claro, hay un pequeño gran detalle. Es que no hay buscadores, no hay Wikipedia, ni se les ocurra pensar en la imprenta para producir libros en masa, nada. Entonces, ¿cómo narices enfrentaba la gente a un desafío así tan monumental? Pues la solución que encontraron es a la vez sencillísima y de una profundidad que abruma. Pues eso, tal cual. Creaban un mapa visual, una sola ilustración llenísima de detalles que estaba diseñada para ser una guía completa de la sabiduría. Y es justo ese mapa el que vamos a explorar hoy. Y aquí lo tenemos. Este es el mapa, una imagen del manuscrito Ortus Deliciarum que va a ser nuestra guía. A primera vista puede parecer un poco caótico, ¿verdad? Pero no, aquí cada detalle tiene su porqué. Es, vamos, como un GPS intelectual de la Edad Media. Y en el corazón de todo, como no podía ser de otra manera, está ella, la filosofía, la reina de la que sale todo el saber. Y ojo a su corona, que no es una corona cualquiera. Tiene tres caras que no son otra cosa que los pilares del pensamiento. La lógica para que el razonamiento tenga estructura. La física para entender la naturaleza y la ética para saber cómo actuar. Y esta frase que sostiene en sus manos es la clave de bóveda de todo el sistema. Para un pensador medieval, el conocimiento no es algo que uno consigue y ya está, no. Es un don divino. Por lo tanto, buscar el saber es en el fondo una búsqueda espiritual. ¿Vale? Ahora vamos a fijarnos en las figuras que están rodeando a la filosofía. No están ahí de adorno, eh, son la personificación de las siete artes liberales. Las describían como los siete ríos del conocimiento que nacen de esa fuente divina. Vamos a conocerlas una a una. Estas siete disciplinas eran la base de la educación en la época, pero no eran simples asignaturas, eran las herramientas fundamentales, la caja de herramientas que se necesitaba para poder analizar el mundo y para comunicarse con claridad. Y ya verán que cada una tiene su propia personalidad y unos símbolos de lo más curiosos. Esto es genial porque nos deja ver perfectamente cómo pensaban. A ver, la gramática con un libro, vale, pero también un látigo. Queda claro que aprender el lenguaje exigía disciplina. Eh, luego la retólica con su tablilla, pues el arte de ir montando argumentos que convenzan. Pero ojo, ojo con la dialéctica que va con la cabeza de un perro gruñiendo. Es que es brutal. simboliza perfectamente la intensidad de un debate, esa mordida que tiene un buen argumento. Cada símbolo de verdad nos cuenta una pequeña historia. Pasemos ahora a la base de todo, a los pies de la filosofía. Las dos figuras que vemos ahí no están puestas al azar, ni mucho menos. Son la clave para entender el propósito final de toda esta ilustración. Pues sí, nada menos que los dos gigantes del pensamiento griego, Sócrates y Platón, sentaditos a los pies de la sabiduría. Es curioso, por cierto, verás Sócrates escribiendo cuando es famoso precisamente por no haber dejado ni una línea escrita. Él creía que el diálogo cara a cara era muy superior. Así que aquí está la madre del cordero. Al colocar a los filósofos paganos como el cimiento de esta filosofía de inspiración divina, la imagen nos está diciendo algo fundamental. nos está mostrando que para el pensamiento medieval la razón griega no era la enemiga de la fe cristiana, sino su base. Se necesitaba toda esa tradición filosófica para poder comprender en toda su profundidad el mensaje de la revelación. Bien, ya hemos visto el mapa del conocimiento, de lo que hay ahí fuera. Ahora vamos a ver cómo entendían el proceso interno, cómo conocemos las cosas y para eso tenemos que recurrir a uno de los pensadores más influyentes de esta época, Agustín de Ipona. Agustín se hace una pregunta muy buena. ¿Acaso vemos un árbol de la misma forma que vemos un recuerdo o que vemos lo que significa el amor? Su respuesta es un no rotundo. Él distingue tres niveles. Primero, la visión corporal, lo que ven los ojos sin más. Segundo, la visión espiritual, que es la capacidad de la mente para crear imágenes, como cuando recordamos un sitio. Y tercero, la visión intelectual, que es la que nos permite entender conceptos abstractos, la esencia de las cosas. y las tres cooperan. Y para que esto quede claro, Agustín usa un ejemplo bíblico potentísimo, la historia del rey Baltazar. El rey tiene una visión corporal clarísima, ve una mano escribiendo en la pared, pero son su visión espiritual y sobre todo la visión intelectual del profeta Daniel las que consiguen interpretar qué significan esas palabras, qué significa ese signo divino. Es el ejemplo perfecto de cómo estas tres visiones tienen que colaborar para llegar a la verdad. Y esta idea de interpretar, de buscar el significado, nos lleva de cabeza al siguiente punto de Agustín. Si el mundo está lleno de mensajes, de signos, ¿cómo los entendemos? Él nos da un marco para clasificar todo lo que nos rodea. Agustín hace una distinción clave. Por un lado, están los signos naturales, como el humo que indica que hay fuego. No tienen intención de comunicar nada, simplemente son. Pero los que de verdad importan para el conocimiento humano son los otros, los convencionales, las palabras. Las letras, los números son signos que hemos creado nosotros con un propósito, transmitir el pensamiento, comunicarnos y poder acceder al saber. Bueno, pues volvamos un momento a una de nuestras siete artes, a la dialéctica, o sea, al arte de la lógica, porque Agustín aquí nos muestra un desafío que de verdad sigue siendo increíblemente relevante hoy en día. Agustín nos plantea este pequeño acertijo. La estructura es un condicional de libro. Si pasa A, entonces pasa B. A simple vista parece que lógicamente se sostiene, ¿no? Un animal tiene ciertas características, la voz podría ser una de ellas. Y aquí, claro, está la trampa. La forma del argumento es válida, pero la conclusión es obviamente falsa. Todos sabemos que los caracoles no tienen voz. Entonces, ¿qué nos está queriendo decir Agustín con esto? Pues lo que nos dice es algo crucial, que la lógica por sí sola no es suficiente. La dialéctica no solo nos enseña a construir argumentos que sean formalmente correctos, sino que, y esto es lo más importante, nos obliga a comprobar que las premisas sean verdad, a mirar el contenido de lo que decimos. Un argumento puede tener una estructura impecable, pero si parte de una mentira nos va a llevar a una conclusión falsa. Así de simple. Y esto lleva a Agustín a lanzar una advertencia muy muy seria. Las mismas herramientas que usamos para buscar la verdad, la retórica, la dialéctica, pueden usarse para justo lo contrario. Se pueden convertir en armas para engañar, para construir argumentos que suenan verdaderos, pero que en realidad son trampas diseñadas para confundir. Y esta advertencia, que tiene más de 100 años, resuena hoy con una fuerza increíble, nos deja con una pregunta final. En esta era nuestra de desinformación, de deep fakes, de eslóganes pulidos que a menudo no dicen nada, ¿cómo aplicamos la lección de Agustín? ¿Cómo usamos las herramientas de la razón? No es solo para construir nuestros argumentos, sino para analizar de forma crítica los de los demás y saber distinguir la verdad de lo que solo tiene apariencia de verdad. Ahí queda eso.