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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
01 │ La era de las revoluciones Francia y Estados Unidos
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
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Transcripción
¿Alguna vez nos hemos parado a pensar de dónde vienen la democracia o los derechos que hoy, bueno, casi damos por sentados? Pues hoy vamos a viajar a uno de los periodos más alucinantes y transformadores de la historia, la era de las revoluciones. Todo arranca con una pregunta que parece sencilla, pero que en realidad lo cambia todo. ¿Cómo nacieron nuestros derechos y nuestras democracias? Una pregunta, ya digo, con la fuerza suficiente como para derribar reyes y construir naciones enteras desde cero. Entre 1776 y el mundo occidental se vio envuelto en lo que los historiadores llaman la era de las revoluciones. Pero ojo, no pensemos en esto como revueltas aisladas, cada una a su bola, ¿no? No, hay que imaginarlo más bien como una cadena de explosiones, una transformación global en toda regla, donde las ideas y, por supuesto, los conflictos se contagiaban y cruzaban océanos. Claro, estas revoluciones no salieron de la nada. Para entender de verdad por qué estalló todo, primero tenemos que mirar a las ideas que encendieron la mecha. Y esa mecha fue, sin duda, la ilustración. El primero de nuestros protagonistas es el filósofo inglés John Lock. A finales del siglo X, este hombre planteó algo que en su día era radicalísimo, que el poder de los gobernantes no venía de Dios, sino de un pacto social, o sea, un acuerdo con el pueblo para proteger sus derechos naturales, la vida, la libertad y la propiedad. Casi nada. Luego llegó el francés Montesquiu y añadió otra pieza clave al puzzle, la separación de poderes. Su propuesta era que quienes hacen las leyes, el legislativo, quienes las aplican, el ejecutivo y quienes juzgan el judicial, tenían que estar separados. ¿Por qué? Pues para evitar que una sola persona o un solo grupo lo controlase absolutamente todo. Era la única forma de frenar la tiranía. Y para rematar, Jan Jacks, Rousau fue un paso más allá. defendió que el poder real, la soberanía, residía en el pueblo y en lo que él llamó la voluntad general. Esto es el bien común por encima de los intereses de cada uno. Y esto es fundamental porque transformó la figura del súbdito, que era pasivo, en la del ciudadano, alguien activo que participa en su propio gobierno. Vale, tenemos todas estas ideas que estaban hirviendo en los salones y cafés de Europa. Pues bien, encontraron su primer gran laboratorio al otro lado del Atlántico, en las colonias británicas de América del Norte. Y el conflicto estalló con una frase, un lema, que lo resumía todo a la perfección. No hay impuestos sin representación. Los colonos americanos que se habían empapado de las ideas de Lock se negaron en redondo a pagar impuestos a un parlamento, el británico, en el que no tenían ni voz ni voto. Lógico, ¿no? Y lo que empezó como una simple disputa por los impuestos, pues se fue de las manos muy rápido. En poco más de 20 años pasaron de la protesta a firmar una declaración de independencia, a librar una guerra y finalmente a crear una nación completamente nueva con sus propias reglas del juego. El gran legado de esta revolución fue algo que no se había visto nunca antes, una Constitución escrita que establecía una República Federal basada en la soberanía del pueblo. Por primera vez, todas esas ideas de la Ilustración se convertían en la ley fundamental de un país, un modelo que, claro, inspiraría a medio mundo. Pero si América fue una especie de experimento controlado, la Revolución Francesa, bueno, eso fue un infierno social, una errupción violenta que no quería reformar, sino demoler una sociedad con 1000 años de historia para construirla de nuevo desde los cimientos. Es que la sociedad francesa era literalmente un polvorín. Hay que hacerse una idea, el 97% de la población, lo que se llamaba el tercer estado, o sea, todo el mundo que no era ni noble ni cura, pagaba todos los impuestos, mientras la nobleza y el clero, una minoría privilegiada, no solo no pagaban, sino que acaparaban todo el poder. La tensión, claro, era absolutamente insostenible. Y a diferencia de ese camino más o menos lineal de América, la Revolución Francesa fue un auténtico torbellino. Pasó por fases muy distintas. empezó con una monarquía constitucional más moderada, luego saltó a la República Jacobina, que fue una etapa super radical de cambios extremos y terror político, con la guillotina como gran protagonista. Pero, y esto es muy importante, incluso en medio de todo ese caos, la revolución fue capaz de crear un documento que cambiaría el mundo para siempre, la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Por primera vez se decía que los derechos a la libertad, la igualdad y la propiedad no eran solo para los ingleses o los americanos. no se declaraban universales para toda la humanidad. Muy bien. Entonces, ¿qué nos dejaron estos dos incendios tan diferentes? ¿Cuál fue su legado para el mundo moderno en el que vivimos? Pues podríamos decir que América dejó una especie de manual de instrucciones, un modelo de estabilidad, la primera Constitución escrita, un sistema federal que ha durado hasta hoy. Francia, en cambio, nos dio algo distinto. Nos dio la banda sonora de la revolución, el lenguaje, los símbolos como la bandera o el himno, la pasión de la lucha política moderna, todo eso viene de allí. Y juntas las dos revoluciones establecieron un principio que lo cambió absolutamente todo. El poder legítimo ya no venía de Dios ni de un rey, ahora venía del pueblo, de la voluntad de la nación. Y con esto llegamos a la reflexión final de todas estas ideas tan explosivas sobre libertad, igualdad, soberanía. ¿Cuáles siguen vivas hoy? ¿Cuáles siguen dando forma a nuestras sociedades, a los debates que tenemos y, en definitiva, a nuestras vidas? La respuesta seguramente está a nuestro alrededor.