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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02.01.03 A vueltas con la crisis
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hola y bienvenidos. Hoy vamos a meternos de lleno en una cuestión, bueno, una de las más complejas de nuestro tiempo, la identidad. Vamos a explorar por qué en este mundo que parece fragmentarnos constantemente esa pregunta tan básica de quiénes somos se ha vuelto tan pero tan difícil de responder. Pues esa es la gran pregunta que va a guiar todo nuestro análisis. ¿Por qué esa sensación de ser un yo coherente, estable, parece que hoy está más en duda que nunca? Para empezar a responder tenemos que ir al origen de todo, al principio, a cómo se construye esa identidad. Y es que para entender esta crisis, lo primero es mirar hacia dentro, volver a ese momento que es casi mágico y a la vez super problemático en el que nos reconocemos por primera vez. Así que venga, empecemos este viaje justo ahí delante del espejo. Aquí la figura clave es el psicoanalista Jax Lacan, que nos regaló un concepto fundamental para entender todo esto. El estadio del espejo es ese instante, ese click en la infancia, cuando un niño o una niña ve su reflejo y por primera vez percibe una imagen unificada, completa de sí. Pero ojo que aquí viene lo interesante de verdad, cómo la CAN desglosa este proceso. Primero está el reconocimiento. Vemos un cuerpo completo, genial. Pero justo después viene la alienación porque nos identificamos con esa imagen que en el fondo es un otro algo externo a nuestra experiencia corporal real que es mucho más caótica. Y a partir de ahí el ego se forma como una especie de coraza, una armadura para defendernos de todo ese caos interior. Y claro, llevar esa coraza tiene consecuencias. y son profundas. El crítico Hal Foster, dándole una vuelta a las ideas de la C, llega a esta conclusión tan impactante. Este sujeto moderno se vuelve paranoico porque esa armadura no solo lo defiende de lo de fuera, sino también de todo lo que es otro pero está dentro. Los impulsos, el inconsciente, todo aquello que no se puede conocer ni controlar. ¿Vale? Si el yo se forma con esta armadura interna, ¿qué pasa cuando intervienen las fuerzas de la sociedad, las que vienen de fuera? Pues aquí es donde entra en escena el filósofo Michelle Fouolt, que va a ser nuestra guía para entender cómo el poder nos moldea y sobre todo nos divide. Foucault identifica dos mecanismos principales. Por un lado, las ciencias, que básicamente nos convierten en objetos de estudio. Somos el sujeto vivo para la biología o el sujeto productivo para la economía. Por otro, están lo que él llamó las prácticas divisorias que nos separan y clasifican sin parar. El loco del cuerdo, el criminal del ciudadano normal. Al final son dos formas muy potentes de definir quiénes somos desde fuera. Y en medio de todas estas divisiones, Foucault introduce una figura clave, el anormal. Y ojo, no es necesariamente el loco o el delincuente, es cualquiera que no encaja bien en esas cajitas preestablecidas. Y claro, esta figura se convierte en el objetivo de lo que él llama un poder de normalización, una fuerza social que busca que todo y todos nos ajustemos a la norma. Esto lo vemos clarísimo en un ejemplo de cine que seguro que suena. En alguien voló sobre el nido del cuco. El protagonista acaba en una institución psiquiátrica no porque haya cometido un delito grave, sino simplemente porque su conducta se considera irregular. Es un ejemplo perfecto de cómo funciona este poder de normalización en la práctica. Entonces, si todo esto es así, ¿cómo han respondido los artistas a esta crisis de identidad? El arte a menudo es un espejo de la sociedad, sí, pero en este caso es más bien un espejo roto, uno que nos devuelve una imagen de nuestra propia fragmentación. Pensemos, por ejemplo, en el fotógrafo Richard Billingham. Sus imágenes de su propia familia son tan crudas que al principio parecen irreales. Pero como dice este análisis de su obra, al final descubrimos el peso de la autenticidad, porque todo esto es verdad. La clave del trabajo de Billingham es que nos muestra lo monstruoso no en un lugar lejano y ajeno, sino en el espacio más íntimo e reconocible que hay, el hogar. Sus fotos nos obligan a enfrentarnos a nuestra propia definición de normalidad y rompen esa cómoda distancia que solemos mantener. Esta idea de que lo otro está dentro de nosotros nos lleva directos al filósofo Jils de Luis. Él se preguntaba, ¿quién habla y quién actúa? Y su respuesta es radical. Siempre es una multiplicidad. Todos somos todos. Vamos, que no existe un solo yo, sino una multitud de nuestro interior. Pues el artista Tony Horsler coge esta idea y la hace visual, la hace potente. Su obra explora esta multiplicidad y la vincula al trastorno de personalidad múltiple, no como una patología sin más, sino como lo que es un mecanismo de defensa extremo, una fragmentación del ser para poder sobrevivir a un trauma que es insoportable. Para entender la siguiente obra de arte, necesitamos un concepto clave que viene de la psicología. El doble vínculo de Gregory Bateson. ¿Qué es? Pues ocurre cuando alguien recibe dos mensajes que se contradicen totalmente al mismo tiempo. Imaginemos una madre que dice, "Te perdono," pero todo su cuerpo está gritando lo contrario. Es una situación sin salida, una trampa lógica. Y esto lo llevó a la práctica de una forma brillante. El artista Juan Muñoz con su instalación Double Bind creó un espacio con dos niveles. La gente de arriba veía una sala minimalista con agujeros en el suelo. La de abajo una sala oscura donde veían figuras humanas a través de esos agujeros en el techo. Dos experiencias del mismo espacio, completamente contradictorias y desconectadas. Te hacía sentir físicamente lo que es ese doble vínculo. Y todo esto nos lleva a la última y quizá la parte más crucial de nuestro análisis. Si nuestra identidad es tan frágil y tan construida, ¿qué pasa con nuestras emociones? ¿Son realmente nuestras? Vamos a meternos en lo que se conoce como la política de la emoción. Fijaos en esta cronología. En 1876, un médico usaba electricidad para provocar expresiones faciales. Más de un siglo después, el artista Bill Viola primero nos muestra a gente en un estado pasivo, anestesiado en los durmientes. Y solo 10 años más tarde en Observens ya nos presenta actores interpretando emociones intensas bajo su dirección. El cambio es brutal. Hemos pasado de estudiar la emoción como un mecanismo a representarla, a ponerla en escena. Y la pregunta es inevitable. No estaremos llegando a una estetización de lo ya sentido, o sea, a empaquetar y presentar las emociones de una forma bonita y controlada. Y aquí está el verdadero peligro, porque si las emociones se pueden fijar artísticamente, también se pueden prefijar políticamente. Los medios de comunicación pueden orquestar sentimientos colectivos para justificar acciones, haciendo que una guerra como la de Irak parezca no solo aceptable, sino incluso necesaria para la gente. Esta manipulación nos recuerda a la obra del artista Wifredo que insiste en algo que parece muy simple. Las migas de pan también son pan. Es una reflexión muy poderosa sobre qué y a quiénes incluimos o excluimos de nuestras definiciones. Lo que se deja fuera, lo que se considera insignificante, también forma parte del todo. Y así volvemos al principio, pero con una nueva dimensión. La crisis del sujeto ya no va solo sobre quiénes somos, sino también sobre qué sentimos. Y la pregunta final que nos deja todo este análisis es profunda. Si nuestras emociones pueden ser diseñadas y dirigidas desde fuera, ¿queda algún espacio para la libertad real?