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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02.02.00 ¿En el pais de las fantasías?
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Vamos a explorar una idea fascinante, cómo la vida moderna con su ritmo frenético puede llegar a adormecer nuestros sentidos. Y sobre todo, ¿qué implicaciones tiene esto para el arte y la política? Nos guiaremos por las reflexiones de pensadores de la talla de Walter Benjamin o Susan Bookmorth. La primera pregunta que tenemos que hacernos es bastante directa. Con esta saturación de información, de tecnología, de estímulos, ¿estamos de verdad percibiendo el mundo o más bien estamos un poco anestesiados? Para desgranar esta cuestión vamos a seguir un camino muy claro. Primero, definiremos el conflicto principal, luego lo veremos en acción con tres casos de estudio muy potentes y al final sacaremos la gran conclusión política de todo esto. Bueno, pues vamos al lío. Empezamos por el corazón del asunto, por esa batalla constante que se libra en nuestro interior, la que enfrenta al sentir contra el no sentir, la estética contra la anestesia. Y es que es curioso porque la palabra estética, que hoy asociamos casi siempre con el arte, en su origen griego astesis, significaba algo mucho más fundamental. Era ni más ni menos que la forma de conocer la realidad con todo el cuerpo a través de los sentidos, un contacto directo casi animal con el mundo anterior a cualquier lógica. ¿Qué pasa que la vida moderna nos bombardea? nos somete a lo que Walter Benjamin llamaba shocks constantes. Tanta información, tantas imágenes, tantos impactos que nuestra conciencia para protegernos actúa como un amortiguador, bloquea los sentidos. Vemos todo, pero en realidad no registramos casi nada. Y aquí lo vemos de forma muy clara. La estética nos abre, nos conecta con la realidad. En cambio, la anestesia, el adormecimiento, nos cierra, bloquea esa conexión. Y la consecuencia final, que es la más importante, es que mientras una potencia nuestra capacidad de respuesta política, la otra simplemente la destruye. ¿Vale? ¿Y esto, ¿cómo se traduce al mundo del arte? Pues vamos a verlo con un primer ejemplo que es, bueno, muy revelador. Hablemos de una videoinstalación de Antonio Muntadas llamada El aplauso. La escena es a primera vista de lo más normal. Vemos a un público en tres pantallas aplaudiendo algo que nosotros no vemos. Todo parece muy convencional. Pero de repente, cada 15 o 20 segundos, la pantalla del centro nos lanza un flash, un destello subliminal. Es una imagen de violencia en blanco y negro sin sonido, que apenas dura una fracción de segundo, un S que nuestro cerebro casi no tiene tiempo de procesar. Y ahí está la clave de todo. El aplauso que sigue y sigue sin inmutarse se convierte en una metáfora brutal de nuestra propia pasividad, de cómo podemos seguir con nuestras vidas indiferentes mientras la violencia ocurre justo delante de nuestras narices, aunque sea en un destello que casi no vemos. Claro, esta pasividad no nace en una galería de arte. se cultiva a gran escala en el gran sueño colectivo del capitalismo moderno. El sistema nos vende un sueño, una especie de fantasmagoría, como la llamaba Benjamin, la idea de que la felicidad se alcanza acumulando adjetos. Un sueño que, por supuesto, nos quiere como consumidores pasivos, no como ciudadanos activos. Y aquí viene lo más curioso. Fijaos en que esta visión de una sociedad industrial masiva, sin escasez, era compartida tanto por el bloque capitalista como por el socialista. Unos lo enfocaban en la utopía del consumo, los otros a la de la producción, pero en el fondo el sueño de la abundancia material era el mismo. Esto nos lleva a una situación casi esquizofrénica, ¿verdad? La misma persona es un productor explotado y anónimo dentro de la fábrica, pero en cuanto sale por la puerta y entra en el mercado, se transforma mágicamente en un consumidor soberano y deseado, una doble cara. Y esta idea nos lleva de cabeza al ejemplo más potente de esta realidad fabricada, la famosa fábrica transparente de Volkswagen. Imaginemos un lugar así, una fábrica con paredes de cristal, suelos de parqué, operarios con monos blancos impolutos. Todo está perfectamente iluminado, es silencioso, limpio, no es una fábrica, es un escenario, un espectáculo diseñado para fascinar a turistas y clientes. Pero taro, la magia siempre tiene truco. Y aquí está. Por los 600 trabajadores que vemos actuando en este escenario impoluto, hay otros 3000 que están ocultos trabajando en fábricas tradicionales, haciendo el trabajo duro, el trabajo de verdad. Así que la pregunta es inevitable. Si todo está diseñado para ser transparente, ¿cómo es posible que en realidad nos esté ocultando lo más importante? ¿Qué es lo que la hace opaca? Pues la respuesta es tremenda. La propia transparencia se convierte en una herramienta para decidir qué podemos ver y qué no. Es una forma de legislar nuestra mirada, de dirigirla hacia el espectáculo bonito para que no veamos el trabajo real, el material, el que mancha. Entonces, si todo el sistema se esfuerza en hacer invisible el trabajo, ¿puede el arte darle la vuelta a la tortilla? ¿Puede hacernos ver de nuevo? Pues veamos una última respuesta y es una respuesta muy contundente. Aquí entra en juego el artista Santiago Sierra, que hizo algo, bueno, bastante radical. Contrató a 30 personas en paro, les pagó el salario mínimo y les dio una tarea muy concreta, rellenar a mano 1000 libros copiando una y otra vez la misma frase. Y la frase era esta: El trabajo es la dictadura. Un mensaje crudo, directo, repetido hasta la extenuación. Es la antítesis del espectáculo de la fábrica transparente. Es un contrashock que nos golpea para sacarnos de nuestro estado anestesiado. Y con esto llegamos a la reflexión final. En un mundo que parece diseñado para adormecernos, para que aplaudamos sin ver, para que consumamos sin pensar, puede que el verdadero poder político del arte sea precisamente el de funcionar como un despertador. Ahí queda la pregunta.