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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02.03.00 Arquitectura y Fantasmagorías
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hola a todos. Hoy vamos a darle una vuelta de tuerca a cómo entendemos la arquitectura. Porque, a ver, no va solo de edificios icónicos o de los cuatro nombres que salen siempre en los libros, va de todo, absolutamente todo lo que nos rodea. Vamos a hacer un viaje desde esa idea única, muy académica, la arquitectura con mayúsculas, a una visión mucho más real y compleja, las arquitecturas en plural. Y para empezar, la fuente que analizamos lanza una pregunta que tiene tela. ¿Por dónde empieza la historia? Porque claro, la forma en que nos la contaron, ya sea en la facultad o en el instituto, con ese principio tan claro y ese final tan lógico, pues igual no es toda la verdad. Quizás es solo la versión más cómoda. Y eso nos lleva directamente a esto, la historia con mayúscula, es la versión oficial, vaya, el relato académico pulcro, que nos presenta el pasado como una línea recta, una secuencia de eventos, estilos y maestros perfectamente ordenada, como si todo hubiera estado destinado a ser así. Pero claro, aquí hay un truco y es uno bueno. La gente que escribe la historia, obviamente, ya sabe cómo termina la película y esa ventaja es brutal porque te permite elegir qué es importante y qué no. Te deja decidir quién entra en el club de los genios y quién se queda fuera. Al final, lo que parece un relato inevitable es, en realidad, una construcción totalmente deliberada. Y frente a esa visión tan encorsetada, el filósofo Walter Benjamin proponía algo que lo pone todo patas arriba. Él no hablaba de ordenar el pasado como si fuera una colección de sellos, no. Él decía que hay que traer el pasado al presente, o sea, usar la historia como una herramienta para entender por qué nuestro mundo de hoy es como es. Y es que el contraste entre las dos visiones tremendo. Por un lado, tenemos el enfoque académico tradicional, la lista de grandes nombres, los periodos bien definidos, todo en sus cajitas. Por otro, una propuesta crítica que nos anima a cuestionarlo todo, a pensar con los ojos, con las imágenes y, sobre todo, a conectar lo que pasó con lo que está pasando ahora mismo. Y con esto llegamos al verdadero meollo del asunto, al giro de guion que lo cambia todo. Y es algo tan aparentemente simple como pasar de hablar de arquitectura a hablar de arquitecturas, añadir una simple s. La diferencia de verdad es fundamental. Cuando decimos arquitectura en singular, nos quedamos atrapados en el discurso oficial, el validado por la academia, que muchas veces evita temas pelagudos como la política o el dinero. Es más limpio. Pero si hablamos de arquitecturas en plural, de repente se abre la puerta a toda la realidad con su caos y su complejidad, la obra, el capital que la mueve, la sociedad que la vive, la teoría que la piensa, todo a la vez. Al final la propuesta es esa. Se trata de recuperar la libertad de mirar lo que tenemos delante sin filtros, dejar de aceptar el relato que nos dan hecho y empezar a formular nuestras propias preguntas, a pensar de forma crítica sobre el lugar en el que pasamos nuestra vida. Pero claro, para mirar de esta nueva forma, las herramientas de siempre se nos quedan cortas. El manual académico tradicional ya no es suficiente. Necesitamos algo más. Y aquí se propone una metáfora que es una pasada. El manual de toda la vida es como un diccionario. Vas, buscas un nombre, una fecha y te da un dato. Es útil para consultar, pero ya está. En cambio, [carraspeo] el enfoque del Atlas de Abi Warburg es como como un mapa mental, una red neuronal. No está para darte respuestas, está para que tú conectes las ideas y generes pensamientos nuevos. Vamos a verlo más a fondo. La historia canónica, el diccionario, es lineal, ordenadita por fechas y se centra en cómo evolucionan los formas. Su función es que consultes datos. El Atlas, el mapa, es una red de conexiones. Lo mezcla todo sin miedo. Arquitectura con economía, política con sociología y su objetivo no es que memorices, sino que te hagas mejores preguntas. Muy bien. Entonces, si dejamos de lado esa idea de una sola arquitectura, ¿qué nos encontramos? ¿De qué hablamos cuando decimos arquitecturas en plural? Pues preparaos, porque la lista es enorme y bastante reveladora. Son literalmente todo lo que se construye, sí, pero también lo que solo se diseña o se imagina. Son los rascacielos imponentes que dibujan el Skyline y también esas casitas bajas anónimas. Y sobre todo son las dos caras de la misma moneda, el capital que permite construir y los desaucios que esa misma lógica provoca. Las arquitecturas son el arquitecto estrella, claro, Norman Foster, pero también son cada una de las 450 personas que trabajan en su estudio. Son las chavolas autoconstruidas de la Cañada Real. Son las preciosas y deseadas casas de Coderch. Y sí, por supuesto que también son esa lámpara de IKEA que está en miles de casas. Y por si fuera poco, también son ideas, conceptos que chocan. Son la precariedad laboral del sector y las cantidades ingentes de dinero que mueve. Son la especulación más salvaje y la honestidad de un buen constructor. Son el fraude y son la cultura. Son la realidad más cruda y la irrealidad más absoluta. Todo eso junto y revuelto son las arquitecturas. Y todo esto nos lleva a un último concepto que también es de Walter Benjamin y que es potentísimo. Es la idea de las fantasmagorías. Es una palabra un poco rara así, pero se refiere a cómo las ciudades modernas nos venden una ilusión, una especie de espejismo que esconde una realidad mucho más complicada. A ver, una fantasmagoría urbana es esa imagen de ciudad de anuncio perfecta, segura, limpia, donde todos son felices. Es una promesa de vida ideal que no nace de las necesidades de la gente, sino de la lógica del mercado. Y su función principal, y esto es lo clave, es ocultar las tensiones, las desigualdades, los problemas sociales que bulen por debajo. Y el proceso para crear esta quimera es bastante claro. Primero, la lógica del beneficio económico se impone sobre todo lo demás a la hora de planificar. Segundo, se crea y se vende hasta la saciedad una imagen de ciudad idealizada, pacífica. Y tercero, esa imagen tan bonita funciona como una cortina de hurmo para tapar la realidad de los conflictos y las desigualdades. Por todo esto, la conclusión es clara. Hoy más que nunca nos toca ser críticos. Tenemos casi el deber de mirar más allá de esas postales urbanas y preguntarnos quién se beneficia de esta imagen y qué realidades está ocultando? Y cerramos con esto, con una pregunta para llevarse a casa. Después de todo este recorrido, la cuestión que queda flotando en el aire es si miramos a nuestro alrededor, a nuestra propia ciudad, ¿qué quimeras nos está vendiendo? ¿Qué promesas idílicas encubre la realidad que vivimos cada día? Ahí queda eso.