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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02 03 01 Ecosistemas y territorios
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hoy vamos a hacer un viaje. Un viaje para rastrear una idea, una idea increíblemente poderosa que se ha movido a lo largo de 150 años de arte y de historia. Y en este recorrido vamos a ver cómo ha cambiado por completo nuestra relación con la naturaleza, cómo la hemos esculpido, la hemos puesto en duda y al final la hemos transformado radicalmente. Y todo, todo empieza aquí con esta frase de Henry David Thorrow. A primera visto puede parecer solo una cita, ¿verdad? Pero no es mucho más que eso. Estas palabras son en realidad la semilla de una idea absolutamente revolucionaria sobre cuál es nuestro lugar en el mundo natural. Una idea que, ojo, no se ha quedado estancada en el pasado, sigue creciendo y evolucionando hoy mismo. Así que aquí está la gran pregunta, el misterio que vamos a intentar resolver juntos. ¿Qué demonios tiene que ver un escritor del siglo XIX solo en su cabaña con una escultura gigantesca en mitad de la nada? ¿Cómo es posible que su pensamiento conecte con un movimiento artístico que de repente dijo basta de museos y se fue a los desiertos y a los lagos? Pues el hilo que une estos dos mundos es de lo más fascinante. Bien, pues vamos al principio de todo. Nuestra historia arranca aquí, en medio del bosque, con una sola persona y una construcción muy muy simple que, aunque parezca increíble, iba a cambiarlo todo. A ver, para entender bien a Zoro, es clave que nos pongamos en situación. Pensemos en la Norteamérica de mediados del siglo XIX. Esto era, bueno, una época de industrialización a toda máquina. Los primeros rascacielos empezaban a despuntar en ciudades como Chicago y en medio de todo ese jaleo, de ese progreso imparable, va este hombre y decide retirarse a la naturaleza. Ojo, que no fue una simple escapada de fin de semana, ¿eh? Fue un acto totalmente radical. Y es que Thorrow no era el típico intelectual que se quedaba en la teoría para nada. Para él, vivir, pensar y actuar eran la misma cosa, eran inseparables. De hecho, llegó a pasar una noche en la cárcel por sus ideas, por negarse a pagar un impuesto que apoyaba la esclavitud. Y de ahí, de esa experiencia, salió su famoso ensayo sobre la desobediencia civil. Pero es que además se pasó años y años documentando con una paciencia increíble todas las plantas y animales de Wen. Miles de páginas que hoy lo convierten, sin duda, en un pionero del ecologismo. Así que su cabaña, bueno, su cabaña se convirtió en un auténtico icono. ¿Y qué representaba? Pues espacio para el retiro, para la creación, un lugar para oír del ruido del mundo y simplemente poder pensar. Y no fue el único. Claro. Pensemos en gente como el compositor Maller o el filósofo Witgenstein. Ellos también buscaron refugios parecidos. lugares donde aislarse para poder crear sus obras. Pero, ¿qué pasa con esa idea de refugio hoy en día? Esa estructura tan básica, tan elemental, tiene una cara muy diferente. Ahora, la cabaña de madera de Thorrow, ese espacio para la reflexión, se ha transformado en esto, en tiendas de campaña de plástico, refugios que dan cobijo al mayor éxodo humano de la historia. Es el mismo concepto, un refugio mínimo, pero aquí se ha perdido toda la utopía, ¿no? Ya no es para pensar, es para sobrevivir. Pura y dura supervivencia. Vale, vamos a dar un santo en el tiempo porque la idea de Toró, aunque potente, tardó en germinar. Pero 100 años más tarde, un espíritu muy parecido, un espíritu de ruptura, impulsó un grupo de artistas a hacer algo realmente radical. Decidieron que el arte no podía seguir encerrado en el cubo blanco de las galerías, así que lo sacaron de allí y se lo llevaron a los paisajes inmensos del oeste americano. Y lo que crearon fue, bueno, de una escala que quita el aliento, como la Spiral Jetty de Robert Smithson. Imaginaos toneladas y toneladas de roca de basalto formando una espiral en el gran lago salado de Uta. Pero lo más increíble no solo su tamaño, es que no es una obra estática para nada. Cambia constantemente. A veces está visible, otras veces el agua la cubre por completo. El tiempo y la naturaleza son parte de la obra. O pensemos en algo como Double Negative de Michael Hazer, que es uf de una fuerza brutal. Aquí el concepto es totalmente distinto. El arte no es algo que se pone en el paisaje, no es un objeto, es justo lo contrario. Es una extracción. Son dos zanjas gigantescas excavadas en el desierto. La obra de arte es literalmente un vacío, una ausencia, una herida en la tierra. Y no se quedaron solo en la tierra. Hubo artistas como Nancy Holt que usaron el paisaje para apuntar todavía más alto para conectar con el mismísimo cosmos. Sus túneles solares, por ejemplo, son impresionantes. Están alineados de una forma super precisa para que durante los solsticios el sol se enmarque perfectamente en ellos. Funcionan casi como un observatorio ancestral, ¿sabes? Un recordatorio de nuestra conexión con los grandes ciclos del universo. Pero claro, toda esta ambición, estas obras monumentales no tardaron en generar una pregunta incómoda, una tensión. Y es que tenía todo esto un coste ético. ¿Estaba bien hacer estas cosas en la naturaleza? La pregunta estaba en el aire y esa fue la pregunta clave que empezó a rodear a todo el movimiento del Landart. A ver, estos artistas decían que estaban en contra del sistema del arte, de la especulación, del mercado, pero al final no estaban haciendo algo parecido. Imponer su voluntad sobre la Tierra, pero a una escala mucho, mucho mayor. Era una contradicción bastante evidente. Y aquí es donde vemos muy claras dos maneras totalmente opuestas de entender esta relación con la naturaleza. Por un lado teníamos el enfoque norteamericano que era monumental, imponente, muchas veces consistía en mover toneladas de tierra en extraer y por otros surgió una sensibilidad diferente, más europea, representada por artistas como el británico Richard Long. Lo suyo era otra cosa, intervenciones sers sutiles, caminar, recolocar algunas piedras, dejar una huella casi invisible que la propia naturaleza borraría con el tiempo. Bueno, pues todo este debate lo cambió todo. Reconfiguró por completo el arte que se hacía en la naturaleza y eso nos trae directos hasta hoy, hasta el presente, donde el enfoque ha dado un giro de 180º. Hemos pasado de querer dejar una marca a simplemente ser testigos, de intervenir, a observar. Y de ahí nace un concepto que es clave hoy en día, la no intervención. Y esto sí que es una evolución radical porque significa que a veces el mayor gesto creativo que puede hacer un artista es precisamente no hacer nada, proteger un lugar y dejar que la naturaleza siga su curso. Es literalmente el arte de dejar ser. Artistas como la española Lara Almarceguí lo llevarán a la práctica. Para ella, el proceso creativo ya no es mover tierra, es investigar y proteger. Por ejemplo, para la Expo de Zaragoza de 2008, su gran obra de arte fue conseguir los permisos y la protección legal para que una ribera del río Ebro no se urbanizara. Se quedó tal cual estaba. Aquí la inacción, el no hacer, se convierte en una declaración artística y política potentísima. Vale, pues si ahora unimos todos los puntos, si atamos todos los cabos de esta historia, lo que vemos es una evolución fascinante, una transformación increíble de cuál es la función del arte cuando se enfrenta a la naturaleza, desde el siglo XIX hasta ahora. Recordemos, el viaje empezó con la cabaña de Thorrow. En ese momento el arte era un acto de retiro personal, una reflexión ética individual de una persona frente a una sociedad que iba, bueno, en una dirección completamente distinta. Después dimos el salto al Earthwork. Aquí el arte se convirtió en un gesto grandioso, así sobrehumano. Era una ambición por crear cultura a una escala tan grande que pudiera competir de tú a tú con la propia naturaleza. Y llegamos a hoy al arte del descampado, del terreno protegido. Hoy el arte ya no busca imponerse para nada. Lo que hace es invitarnos a observar. Al proteger un simple trozo de tierra, nos está hablando directamente de nuestros desafíos ecológicos. Nos está pidiendo simplemente que prestemos atención. Así que cerramos con esta idea. Si el arte puede ser una cicatriz en la tierra o un susurro o incluso una ausencia, un no hacer nada, ¿cuál es su propósito ahora? El arte ya ha explorado todos esos caminos, desde la marca imborrable hasta el gesto invisible de proteger. Y ahora creo que la tarea que nos deja es a nosotros decidir qué papel queremos que juegue nuestro futuro.