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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02 03 02 La Crisis del mito del Movimiento Moderno
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Si uno se para a pensar, "Muchos edificios modernos parecen hechos más para una foto de Instagram que para vivirlos de verdad, ¿no?" Pues hoy vamos a ver precisamente eso, el viaje alucinante que hizo la arquitectura en el siglo XX, cómo pasó de ser una herramienta para arreglar problemas sociales a a convertirse en el motor del espectáculo cultural. Un cambio que, nos guste o no, define las ciudades en las que vivimos hoy en día. A ver, es que todo se puede resumir en dos ideas que son, vamos, la noche y el día. Por un lado, la arquitectura como una máquina para vivir, una especie de herramienta de ingeniería social y por otro la arquitectura como una máquina para mirar, o sea, un objeto de consumo visual. La gran pregunta es, ¿cómo pasamos de una a otra? Pues eso es justo el viaje que vamos a hacer juntos. Bueno, pues para entender todo esto tenemos que viajar un poco en el tiempo, justo después de la Segunda Guerra Mundial había una visión superoptimista, casi utópica. Arquitectos como Lecorbusier estaban convencidos de que podían reconstruir Europa de cero, aplicando una lógica que para ellos era infalible. Y la idea estrella, el concepto clave, era la llamada ciudad funcional. Ojo que sobre el papel esto sonaba genial, ¿eh? La idea era separar la vida en zonas superordenadas. Una zona para vivir, otra para trabajar, otra para el ocio y todo conectadito por grandes autopistas. Parecía la solución perfecta. tenía todo el sentido del mundo. Claro que del dicho al hecho, la realidad fue otra cosa, pero muy muy distinta. Ese sueño utópico acabó siendo una pesadilla de bloques de hormigón, todos iguales, aislados unos de otros. Se crearon verdaderas murallas de asfalto que en la práctica separaban a la clase trabajadora, la desconectaban por completo de la vida de la ciudad de siempre. Se consiguió orden, sí, pero a costa de cargarse la comunidad. Y como era de esperar, claro, ante este panorama, pues surgió una rebelión. Una nueva generación de arquitectos se levantó y dijo, "Hasta aquí hemos llegado." Desafiando a la vieja guardia y a su dogma funcionalista tan rígido. Pero ojo, que esto no fue cosa de un día para otro, ¿eh? Nada de eso. Las tensiones llevaban años cociéndose en los congresos internacionales de arquitectura moderna, los famosos CIAM. El punto de inflexión de verdad llegó en 1953, cuando un grupito de jóvenes que luego se harían llamar el Team X dieron un golpe en la mesa y lo cuestionaron absolutamente todo. Es que aquí chocaban dos mundos, dos maneras de ver la arquitectura que no podían ser más opuestas. Por un lado, la idea de la tábula rasa del Ecorbusier, básicamente borrar el pasado, tirarlo todo abajo para construir un futuro supuestamente perfecto. Y frente a eso, el Timex, que defendía la riqueza de lo que llamaban el tejido social complejo. Su inspiración no era un plano abstracto, que va, era la vida real, el caos vibrante de las calles. Y fijaos esta cita de los Smith Thon, que eran un poco los líderes del Tex, lo clava. Su propuesta era volver a conectar las cosas a escala humana, la casa con la calle, la calle con el barrio y el barrio con la ciudad. Todo ello respetando la historia, no destruyéndola. Pero claro, una cosa es criticar un sistema, que es relativamente fácil, y otra muy diferente es proponer algo que de verdad funcione. Esta rebelión humanista no tarda en darse de bruces con sus propios problemas y unas contradicciones bastante profundas. Y aquí viene la gran ironía de todo esto, porque es que a pesar de criticar a la vieja guardia, acabaron cayendo en trampas muy parecidas. Sus diseños eran superclejos, carísimos de construir. Muchos decían que en el fondo seguían imponiendo la visión del arquitecto genio, sin contar con la gente. Y para colmo no había manera de que se pusieran de acuerdo en temas tan importantes como, ¿qué hacer con el coche en la ciudad? ¡Uf! Y esta frase de Aldo Vanake, otro de los miembros del grupo, es que es es tremenda. Refleja a la perfección esa sensación de desesperación que empezaba a cundir. Se dieron cuenta de que la arquitectura por sí sola no podía solucionar los problemas tan profundos de la sociedad. Era como intentar construir la botella perfecta para un líquido que no paraba de cambiar de forma. Imposible. Y justo cuando la arquitectura estaba en esta especie de callejón sin salida buscando su identidad, la respuesta, bueno, la respuesta no vino de un arquitecto, vino de fuera, del mundo de la filosofía. y estaba a punto de cambiar las reglas del juego para siempre. Llegamos a un año clave, 1968, una fecha que es mucho más que un número. Es un símbolo, un símbolo de una ruptura cultural y política brutal en todo el mundo. Las protestas de estudiantes, los movimientos contraculturales, todo eso sacudió los cimientos de la sociedad y, por supuesto, también los de la arquitectura. Y en el centro de todo este huracán de ideas estaba un filósofo, Guide the Board, y su teoría de la sociedad del espectáculo. Su argumento era demoledor. Hemos dejado de vivir experiencias reales. Ahora lo que hacemos es consumir representaciones de esas experiencias. La vida se ha vuelto un escenario donde lo importante ya no es ser, sino primero tener y sobre todo aparentar. Claro, si llevamos esta idea a nuestras ciudades, el resultado es dinamita pura. El urbanismo deja de ser una herramienta para que la gente viva mejor y se convierte en el método que tiene el capitalismo para construir un decorado gigante, un escenario diseñado para una sola cosa, el consumo. A partir de ese momento, todo cambia. Las consecuencias son brutales. La arquitectura se convierte en una de las herramientas más potentes para el capital, para el marketing, para el turismo. Los edificios ya no se hacen tanto para vivir en ellos, sino para ser fotografiados. Y si hay un ejemplo que todo el mundo conoce de esta nueva forma de hacer las cosas es, sin duda, el famoso efecto Gugenheim. La idea, que es casi una fórmula mágica, es que si contratas a un arquitecto estrella para que haga un edificio icónico, espectacular, puede resucitar la economía de una ciudad entera. Y Bilbao, claro, se convirtió en el gran ejemplo para todo el mundo. Pero claro, esta jugada es una apuesta a todo o nada, de altísimo riesgo. Por cada éxito rotundo como el de Bilbao, te encuentras un fracaso estrepitoso como el de la ciudad Ada Cultura en Santiago de Compostela. Un proyecto faraónico que buscaba exactamente lo mismo y que acabó siendo un pozo sin fondo de dinero público, inacabado y desconectado de la ciudad. Y esto nos lleva directamente a la era del arquitecto estrella del Starchiet. Es, vamos, la apoteosis del espectáculo. Aquí el nombre del arquitecto ya es una marca en sí misma, una que garantiza portadas y atención mediática. Lo que se valora es un estilo reconocible, casi un logo que se pueda repetir en Dubai, en Londres o en Pekín. Y claro, con este panorama, la función real del edificio pues pasa a un segundo plano. Entonces, llegados a este punto, uno se pregunta, ¿qué son en realidad estos nuevos y flamantes museos, estas catedrales de la cultura? Pues hay una teoría muy reciente que nos da una clave fascinante para entenderlo. Pues mira, hay una teórica y tu stayer que propone un modelo muy interesante. Dice que el museo de hoy en día, que muchas veces se instalan antiguas fábricas, se ha convertido en una nueva fábrica. Pero claro, ya no produce tornillos ni coches, ahora produce experiencias, imágenes, estilos de vida. En definitiva, se ha convertido en una pieza fundamental de la llamada industria cultural. Y con esto, fíjate, volvemos al principio, volvemos a debord. La lógica de la producción, la del consumo, ha invadido hasta nuestro tiempo libre. Vamos al museo fábrica a consumir cultura y muchas veces lo más paradójico es que vamos a ver obras que critican precisamente el sistema capitalista que ha creado ese mismo espacio. Es una paradoja tremenda. Así que al final queda una última pregunta en el aire, una reflexión. Cuando se visita uno de estos edificios espectaculares y se comparten las fotos, ¿de verdad se está contemplando el arte o son las personas los visitantes quienes se han convertido en la verdadera pieza de la exposición?