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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02 03 05 Resistencias y descampados
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Arrancamos con una pregunta que está en el aire, que se sienta en cada esquina de nuestras ciudades. ¿De quién son? ¿De verdad? ¿Quién decide cómo vivimos en ellas? Hoy vamos a explorar esa tensión, ese choque entre la ciudad planificada desde un despacho y la que se vive y se resiste a pie de calle. Vale, para empezar, una idea potente, la de que en la ciudad moderna, la ciudad neoliberal, nos hemos convertido en una especie de sujetos objetos. Suena un poco raro, ¿verdad? Pues la idea es que somos como piezas, como engranajes dentro de una gran máquina diseñada para que no paremos de movernos y de producir, como si viviéramos en una colmena gigante donde el único objetivo es la eficiencia. Y aquí tenemos, digamos, el meollo de la cuestión. La ciudad neoliberal no es solo un conjunto de edificios, es un sistema, un sistema que tiene una prioridad absoluta, generar beneficios, plusvalías y para conseguirlo todo se transforma. nuestro tiempo libre, la cultura, incluso la salud, todo se mira con ojos de rentabilidad, todo se convierte en un medio para producir más. La lógica del mercado se mete hasta en la cocina y deja muy poco sitio para aquello que simplemente es sin ser productivo. Ahora bien, frente a este modelo tan arrollador, siempre ha habido gente que ha dicho un momento. Y esa resistencia no solo ha estado en las calles, sino también en el mundo de las ideas. Vamos a ver cómo se ha planteado este choque de trenes. El urbanismo que se piensa desde abajo, desde la experiencia vivida, contra la gran planificación que se diseña desde arriba. Y si hay una historia que resume este conflicto a la perfección, es la batalla legendaria entre Jane Jacobs y Robert Moses en Nueva York. Por un lado, Moses, el superplanificador, el hombre de los despachos, que veía la ciudad como un mapa que había que ordenar con autopistas gigantes y proyectos faraónicos, aunque se llevara barrios enteros por delante. Y por el otro, Jacobs, un activista que pateaba la calle y que defendía justo lo contrario, que la ciudad la hace la gente en su día a día y que ese supuesto caos de las aceras y los barrios es en realidad un orden social muy complejo y y muy vivo. Y es que esta cita de Jacobs es es una genialidad. Donde los planificadores como Moses veían un desastre que había que demoler, ella veía un baile, un ecosistema social lleno de vida. Vio orden donde otros solo veían desorden. Y con esa idea cambió para siempre la manera en que entendemos la vida en la ciudad. Si lo de Jacobs era verlo desde la calle, otros, como el historiador Manfredo Tafuri, lo analizaron desde una perspectiva más cruda. Para él, la ciudad capitalista es ni más ni menos que una máquina funcional, una máquina con un único propósito, extraer valor de la sociedad. O sea, un mecanismo diseñado para exprimir el jugo económico de todo, de nuestras relaciones, de nuestra cultura, de nuestra propia vida. Nos recuerda que el diseño de una ciudad nunca es neutral. Siempre, siempre sirve a unos intereses. Bueno, pues dejemos un poco la teoría y bajemos al asfalto. ¿Cómo se ve toda esta resistencia en la práctica? Vamos a ver ejemplos concretos de cómo la gente se reapropia de la ciudad desde las formas más directas hasta las más ingeniosas. Y aquí tenemos un buen abanico de ejemplos. Desde la lucha de la PAC, que ocupa viviendas vacías para defender el derecho a un techo hasta la defensa de espacios comunes, como fue el campo de la cebada en Madrid, gestionado por los propios vecinos, o cosas más pequeñas, pero igual de potentes, un solar abandonado que se convierte en un huerto para el barrio o incluso una plaza de aparcamiento que por un día se transforma en un microparque. Todas estas acciones a su manera le dicen al sistema, "Este espacio también es nuestro". De hecho, todo este tipo de prácticas han acabado recibiendo un nombre más formal, urbanismo táctico. La idea es muy inteligente. Usar acciones pequeñas, baratas, rápidas, casi como si fueran experimentos o prototipos. Son una forma de demostrar en la práctica que se pueden hacer las cosas de otra manera, con la esperanza de que esos pequeños cambios acaben influyendo en los grandes planes de la ciudad a largo plazo. Pero, y aquí viene el jarro de agua fría, seamos realistas. Aunque estas acciones son increíblemente importantes y nos inspiran a todos, su impacto físico en el conjunto de la ciudad es mínimo. Fijaos en el dato. Juntas todas estas iniciativas apenas afectan a menos del 1% del espacio urbano. El sistema dominante, la gran máquina, sigue siendo inmensamente poderosa. Y es que ese sistema ya no juega solo en el tablero de la ciudad. Para entender de verdad la lógica del control hoy en día, tenemos que ampliar el zoom y mucho. Tenemos que pensar a escala planetaria, porque la lógica que ordena nuestras calles es la misma que ahora está ordenando el mundo entero. El poder ya no está tanto en los puntos del mapa, o sea, en las ciudades en sí, sino en las líneas que los conectan. El verdadero centro neurálgico del sistema actual es esa dupla, urbanización y circulación, es decir, la gestión y sobre todo el control de cómo se mueven las personas, el dinero y los datos por todo el planeta. Y este recorrido nos ayuda a entender cómo hemos llegado hasta aquí. Todo empieza con esa idea del siglo XIX de Cerdá, una idea casi utópica de urbanizarlo todo para conectar el planeta. El siglo XX fue la época de construir las infraestructuras para hacer lo posible. carreteras, aeropuertos, cables. Pero fijaos en el giro dramático. En 2015, con la crisis de refugiados, vimos como toda esa red de conexión se convertía de repente en una herramienta de control, de cierre de fronteras. Y hoy está clarísimo, el poder mundial se juega en quien controla la circulación de todo, personas, datos y capital. Y ahora vamos a bajar de esa escala global a algo mucho más íntimo, a un lugar que para muchos forma parte de sus recuerdos, el descampado. Porque la desaparición de los descampados es quizá la mejor metáfora de lo que hemos perdido por el camino. Miremos este contraste porque es brutal. Antes, el descampado era un territorio de aventura, un parque de atracciones que montábamos con cuatro maderas y mucha imaginación. Era el símbolo de que la ciudad tenía huecos, espacios sin reglas. Y ahora, ahora es un solar, un activo económico, una mina de oro que se vaya por tu seguridad mientras espera a que llegue una grúa. El espacio vacío, el espacio sin función, se ha convertido en algo que hay que eliminar. Esta cita lo clava. Esos lugares eran la aventura. Sí, tenían sus peligros, claro. Pero lo más importante es que no tenían control. eran espacios para aprender a ser libres, a negociar, a gestionar el riesgo sin un adulto vigilando. Eran un mundo de posibilidades, sin límites ni censuras, palabras que hoy casi suan a ciencia ficción. Y claro, la desaparición del descampado no es solo una anécdota nostálgica, es un síntoma de algo mucho más profundo. Es la versión local de esa lógica global que veíamos antes. Y es que la ciudad se ha ido llenando de fronteras invisibles. Ya no hace falta que nos pongan siempre una valla. El control lo hemos interiorizado, es la autocensura, el miedo a hacer algo que no se puede, la privatización de las plazas con terrazas donde solo puedes estar si consumes. Y llegados a este punto, la pregunta es inevitable. Con cada vez menos espacios para lo imprevisto, para el juego libre y con cada vez más control, tanto fuera como dentro de nosotros, ¿en qué nos estamos convirtiendo? ¿Seguimos siendo esos ciudadanos y ciudadanas que, como decía Jane Jacobs, hacen la ciudad? Y para terminar, una reflexión del arquitecto Aulis Blomset, que quizás nos da una pista. A lo mejor la resistencia más importante de todas empieza aquí. En recordar que cuando diseñamos nuestras ciudades, el objetivo final no debería ser solo construir espacios eficientes o rentables. Lo más importante, lo verdaderamente crucial, es la capacidad de imaginar la vida que queremos vivir en ellos, una vida más libre, más rica, más nuestra. Ahí lo dejamos. Gracias por la compañía.