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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
02 03 El Occidente europeo en torno al 800 | Fundamentos políticos
El Occidente europeo en torno al 800 | Fundamentos políticos.
El auge de los carolingios | Carlomagno y la gran expansión franca.
La restauración imperial del 800 y su problemática inmediata.
Los mecanismos institucionales del mundo carolingio.
La sucesión de Carlomagno y la quiebra de su construcción política.
Segunda parte | La Alta Edad Media (siglos VIII al XI) | Los asaltos contra la Europa cristiana.
Transcripción
A ver, ¿cómo nace Europa? A veces pensamos que fue un plan perfectamente trazado, pero la historia suele ser mucho más irónica. De hecho, nació de las cenizas de un sueño imperial, el de Carlo Magno. Fue un intento de resucitar Roma que casi sin querer acabó dibujando el mapa de las naciones que conocemos hoy. Vamos a sumergirnos en cómo se forjó y sobre todo cómo se fracturó este imperio, que es sin duda, fundamental para entender Occidente. Ojo a esta frase del historiador Henry Pirene. Sin Mahoma, Carlo Magno habría sido un absurdo. Puede sonar un poco chocante, ¿verdad? pero encierra una idea muy potente. Lo que Pirene defendía es que la expansión del Islam no solo creó un nuevo poder en el mapa, sino que rompió para siempre el viejo mundo romano. Y aquí está la clave de todo. El Mediterráneo, que había sido la gran autopista que unía al Imperio Romano, de repente se convirtió en una frontera, casi en un muro entre dos civilizaciones. Este cambio, que fue un auténtico terremoto geopolítico, obligó a Occidente a girarse, a mirar hacia dentro, hacia sus bosques y sus ríos, dándole la espalda al mar. Fue el nacimiento un poco a la fuerza de una nueva entidad, la Europa continental. Claro, la pregunta es evidente, ¿quién llenó ese enorme vacío de poder? Pues no fue casualidad, fue el resultado de la ambición, muy bien calculada, de una sola familia que estaba dispuesta a reconstruir Occidente desde sus cimientos. Esa familia, claro, eran los carolingios y su historia es una auténtica clase magistral de cómo se pasa de ser el segundo de abordo a ser el capitán del barco. Una de las tomas de poder más astutas de la historia que los llevó de la sombra del trono a sentarse directamente en él. Fijaos bien en este contraste porque es brutal. Por un lado teníamos a los últimos reyes merovingios, que eran ya figuras decorativas, reyes solo de nombre, y por otro a los mayordomos de Palacio Carolingios, que tenían el título de Ducs et Príncipes Francorum, y lo que es más importante, controlaban el ejército, la administración, todo. Tenían el poder real, solo les faltaba el símbolo, la corona. ¿Y cómo dieron el salto final? Pues podríamos decir que fue un plan en tres actos. Primero, una victoria militar legendaria en Poatier que los consagró como los salvadores de la cristiandad. Segundo, un golpe político de genio. Pipino, el breve consigue que el Papa le dé su bendición para quitar de en medio al último rey Merovingio y el acto final, la apoteosis, la coronación imperial de su hijo Carlos, el hombre que pasaría la historia como Carlo Magno. Una vez con la corona bien puesta en la cabeza, Carlo Magno se lanzó a forjar su imperio a golpe de espada y de cruz. No se trataba solo de conquistar territorios, sino de crear un espacio unido bajo una misma ley y sobre todo una misma fe. Empezaba la gran expansión. Y vaya si se expandió. Su ambición militar era de verdad casi ilimitada. En Italia se anexionó el reino lombardo para proteger al Papa y asegurarse su alianza. En el norte se embarcó en una guerra salvaje de 30 años para someter a los sajones. Por el este aplastó a los ávaros e incluso en España, a pesar del famoso desastre de Ronces Valles, consiguió establecer una frontera segura al sur de los Pirineos. El resultado de todo esto fue algo completamente nuevo en el mapa. Un imperio inmenso, sí, pero sobre todo continental. Su corazón ya no estaba en el Mediterráneo, sino en el norte, entre los ríos Rin y Mosa, y estaba rodeado de marcas fronterizas para defenderse. La imagen de una gran fortaleza sitiada describe esta nueva realidad a la perfección. Pero cuidado, sería un error imaginar este imperio como un bloque cristiano en guerra permanente contra todos los demás. La realidad, como vemos aquí, era muchísimo más compleja. Había una rivalidad evidente con el otro emperador cristiano, el de Bizancio, y una guerra abierta con el Emirato de Córdoba. Pero al mismo tiempo había relaciones diplomáticas con el lejano califato de Bagdad y un comercio fluido con los reinos anglosajones. La geopolítica de la época, como vemos, era de todo menos simple. Y con todo esto, llegamos al día que lo cambió absolutamente todo, la Navidad del año 800 en Roma, el momento en que Carlos, rey de los francos y lombardos, se convierte en emperador de los romanos. Un acto cargado de simbolismo, pero también de mucho misterio. Y aquí viene la gran pregunta que todavía hoy debaten los historiadores. ¿Quién movió los hilos realmente? ¿Fue una jugada maestra del propio Carlos Magno para alcanzar la cima de la legitimidad? ¿Fue una maniobra desesperada del Papa León Tercero para conseguir un protector fuerte? ¿O fue la culminación de un plan intelectual trazado por los sabios de su corte? Una de las teorías más sólidas, la verdad, apunta al círculo de consejeros de Carlos, a intelectuales como al Cuino de York. Su argumento era tan simple como demoledor. A ver, el Papa en Roma estaba debilitado por las luchas internas. El emperador de Bizancio estaba muy lejos. Y en ese momento el trono lo ha ocupado a una mujer, algo que muchos no aceptaban, solo quedaba un poder real, fuerte y capaz de defender la cristiandad, el rey de los francos. Él era de facto el nuevo líder de Occidente. Ahora bien, esta coronación creó un problema y uno muy gordo. De repente, el mundo cristiano tenía dos cabezas, dos herederos de Roma, el emperador de siempre en Constantinopla y el nuevo emperador de Occidente en Akisgran. Esto provocó una crisis diplomática tremenda con Bizancio que tardó años en resolverse con un reconocimiento mutuo, aunque siempre a regañadientes. Pero como suele pasar con los grandes diseños, a menudo tienen grietas ocultas y el de Carlo Magno, a pasar de su imponente fachada, resultó ser increíblemente frágil. Tras su muerte, el imperio no tardó en venirse abajo, revelando la contradicción fatal que llevaba en su mismo ADN. Y aquí está el meollo de la cuestión. El gran fracaso del Imperio Carolíngio fue esta contradicción insalvable. Por un lado, intentaba recuperar la idea romana de un imperio único, universal e indivisible. Pero por otro, sus líderes seguían pensando como reyes germánicos, para quienes el reino era una propiedad personal, un patrimonio que se reparte entre los hijos como cualquier otra herencia. El destino, fíjate, para tio darle una prórroga al imperio. Cuando Carlo Magno murió, solo le quedaba vivo un hijo, Luis el piadoso, lo que evitó una división inmediata, pero fue solo aplazar lo inevitable. Las guerras civiles entre Luis y sus propios hijos acabaron por hacer saltar por los aires el sueño de unidad de su abuelo. El golpe de gracia definitivo llegó en el año 843 con el tratado de Verdun. El imperio se partió oficialmente en tres trozos. Y aquí es donde la historia se pone fascinante, porque en esas líneas divisorias ya podemos ver el embrión de la Europa moderna, al oeste el germen de lo que será Francia, al este el de Alemania y en medio una franja de tierra larguísima y sin sentido Lotaringia, que se convertirá en el campo de batalla de franceses y alemanes durante los siguientes 1000 años. Así que en resumen, el gran imperio unificado murió, pero de sus ruinas, y esta es la gran paradoja, nacieron los distintos reinos que con el tiempo se convertirían en las naciones de Europa. Esto nos deja con una pregunta final para reflexionar. ¿Fue necesario que el sueño imperial de Carlo Magno fracasara para que la Europa de Naciones pudiera nacer?