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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02 04 00 Políticas y poéticas
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Vivimos en un mundo que está literalmente saturado de imágenes. Todo es un espectáculo constante. Y en medio de todo esto, ¿qué pasa con el arte? ¿Sigue teniendo algún papel, alguna relevancia? Hoy vamos a darle vueltas a una idea bastante provocadora, la de que el arte, tal y como lo conocemos, podría estar, de hecho, en peligro de extinción. Vamos a meternos de lleno en esto. Lo que se plantea es un peligro casi existencial para el arte. La idea de que podría simplemente desvanecerse, convertirse en puro entretenimiento o peor en un simple objeto para especular en el mercado, al final una simulación vacía de lo que un día fue. Y esa es la gran pregunta que va a guiar todo este análisis. Vamos a explorar si el arte ha perdido esa capacidad de ser crítico, de hacernos pensar y más importante todavía, cómo podría recuperarla en el mundo en el que vivimos. Vale, para empezar vamos a ver un poco el entorno en el que se mueve el arte contemporáneo y a qué tipo de persona se dirige. Hablamos de un mundo que le encanta decir que es posideológico, pero que en realidad está totalmente moldeado por una ideología muy muy concreta. El texto nos habla de dos peligros principales. Por un lado, uno muy obvio, que el arte se reduzca a lo que vale en dinero, un simple objeto de colección. Pero por otro lado, hay algo más sutil que se convierta en una falsa actividad, un fetiche que nos da la ilusión de que estamos participando o de que estamos haciendo algo cuando en realidad solo nos mantiene quietos, pasivos. Y aquí viene lo interesante. Para que esta crisis del arte ocurra, ha hecho falta una transformación en nosotros, en nuestra propia forma de ser. Es que es imposible entender cómo está el arte hoy, sin entender a quién se está dirigiendo. La fuente usa un término muy potente para describir a este nuevo sujeto, autista. Y ojo, no lo dice en un sentido clínico, para nada. Lo usa para hablar de una desconexión total con la realidad, con lo que pasa fuera. Un descompromiso que nos deja como un núcleo individual vacío, sin ninguna sustancia colectiva. Y este cuadro lo explica a la perfección. Hemos pasado de la idea del ciudadano, esa persona que participa en lo público y busca el bien común, al sujeto neoliberal, un individuo que solo calcula que es consumidor y emprendedor de sí mismo y que está centrado única y exclusivamente en sus propios fines. Entonces, ¿cómo se come todo esto en el mundo del arte? ¿Cómo actúa este sujeto autista? pues curiosamente cayendo en una de las trampas más típicas, ese arte que parece muy político, muy comprometido, pero que en el fondo nos neutraliza y nos deja exactamente donde estábamos. Aquí está el meollo de la cuestión, la fantasía de lo político. Es esa ilusión de que estamos participando, de que somos activos políticamente cuando en realidad lo único que estamos haciendo es consumir productos artísticos sobre política en un museo. Es un compromiso que en el fondo no nos compromete a absolutamente nada. Vamos a verlo con un ejemplo clarísimo, una obra muy conocida de los años 80 del artista Christoph Wodicho. Lo que hizo fue proyectar imágenes gigantes de personas sin hogar sobre los monumentos de una plaza de Nueva York. La crítica que se le hace a esta obra es demoledora. Dice que al hacer estas imágenes tan estéticas, tan espectaculares, el artista convierte a las personas sin hogar en fantasmas. elige la representación, la imagen bonita por encima de la persona real y eso permite que nuestra mirada, la del espectador, siga siendo negligente. Así que el punto clave es este. Este tipo de arte, aunque tenga la mejor de las intenciones, puede acabar reforzando justo la desconexión que dice criticar. Nos deja con la conciencia tranquila, ¿sabes? Sentimos que nos hemos preocupado por el tema, pero sin haber movido un solo dedo en la vida real. Claro, llegados a este punto, la pregunta es inevitable. Si la representación política puede ser una trampa, entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué camino le queda al arte? O sea, si crear representaciones de la gente que sufre puede ser incluso contraproducente, ¿qué alternativa le queda a un artista que de verdad quiera tener un impacto social? Pues bien, la filósofa Susan Buuk Mores propone un giro radical. Su idea es que la función del arte ya no es hablar por los que no tienen voz. La misión ahora es reactivar nuestra imaginación colectiva. Propone que los artistas se bajen del pedestal, dejen de ser portavoces y se pongan a trabajar como uno más para entrenar. Todos juntos nuevas formas de mirar el mundo. Y esta cita es absolutamente clave. Lo que viene a decir Buck Mor es que mira, del mundo del arte, de las galerías, las ferias y los precios desorbitados, de eso podemos prescindir. Pero de lo que no podemos prescindir es de la experiencia estética, porque esa experiencia es la que nos entrena, la que afila nuestro juicio para ser críticos no solo con una escultura, sino con las propias estructuras de la sociedad en la que vivimos. Muy bien. Pues vamos a ver ahora un ejemplo potentísimo que lleva toda esta teoría a la práctica. Un caso que no va de representar, sino de confrontar, de ponerte cara a cara con el problema. En 2016, la artista Dora García recuperó una performance mítica y muy controvertida del artista argentino Óscar Masota. Una acción que ya en su día, en los años 60, buscaba una confrontación directa y sobre todo muy muy incómoda. La escena es la siguiente. Un público burgués de Galería de Arte es enfrentado a un grupo de personas mayores marginadas a las que ponen bajo una luz cegadora y un sonido estridente. Les obligan a mirar a gente que normalmente ignorarían por la calle. Aquí no hay representación, hay presencia. Una presencia real e incómoda. Pero aquí viene el giro genial de Dora García. En el vídeo que documenta esta performance intercala de pronto imágenes de archivo de la dictadura argentina, imágenes de violencia pública de gente siendo apuntada con armas por militares a plena luz del día y con esto crea un cruce de miradas brutal en tres capas. Primero, la del público de la performance, mirando a esas personas. Segundo, la nuestra que estamos viendo como ellos miran. Y tercero, la mirada histórica que nos obliga a trazar una línea directa entre el no querer ver al marginado que tienes delante hoy y el no haber querido ver la violencia política que ocurría en la calle ayer. Por tanto, lo más importante aquí es que la obra no te da una respuesta, no te dice esto está bien y ni esto está mal, no. Lo que hace es algo mucho más potente. Repolitiza el propio acto de mirar. Te obliga a enfrentarte a tu propia mirada, a tu forma de ver y, sobre todo, a tu forma de no ver. Y esta cita lo resume todo de una forma brillante. El poder del arte entonces no estaría en representar la política, sino en quitar el velo, en desvelar la ideología que se esconde en nuestra mirada de todos los días. Nos dice que esa ceguera que tenemos ante la exclusión social de hoy es, en cierto modo, la heredera directa de la ceguera que hubo ante la violencia política de ayer. Y todo esto, claro, nos deja con una última pregunta, una que queda flotando en el aire. Si el arte puede funcionar como este, entrenamiento para la mirada. Si puede enseñarnos a ver nuestros puntos ciegos. La pregunta es, ¿qué es aquello que tenemos ahora mismo delante de nuestras narices y que nuestra época simplemente no nos está dejando ver?