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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE

02 04 01A Sobre Ranciere y la posibilidad de tirarse de cabeza

Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED Basado en el libro: Arte desde los setenta. Prácticas en lo político Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús Creado con Notebook LM

Transcripción

A ver, pensemos en esto un momento. Y si el verdadero poder político del arte no estuviera en su mensaje, en lo que nos cuentas sobre el mundo, sino en algo, bueno, en algo mucho más radical. Hoy vamos a darle una vuelta a una idea que es fascinante, que la auténtica fuerza del arte está en su capacidad para literalmente cambiar lo que podemos ver, lo que podemos oír y lo que podemos sentir. Claro, porque muchas veces vemos el arte como como un refugio, ¿no? Como un mundo aparte al que vamos para escapar, para desconectar un poco de la rutina, trabajo, de la política. Es esa experiencia que nos consuela, sí, pero que al final del día parece que no cambia nada de verdad. Pues fíjate, hasta hay un término para esto. Fantasmagoría viene a describir el arte como una especie de copia ilusoria de la realidad, una experiencia que en el fondo funciona como un anestésico, o sea, que nos adormece los sentidos en vez de despertarlos. Pero la gran pregunta es, ¿de verdad es esa la única función del arte? Vale, para explorar todo esto, vamos a seguir una ruta bastante clara. Primero partiremos de esa idea del arte como anestesia para luego ver su poder real, el de reorganizar lo que percibimos. Y para eso vamos a pasar por un concepto clave que es el del reparto de lo sensible, que nos ayudará a entender cómo el arte puede llegar a ser la semilla de una nueva comunidad. Así que vamos a ello. Bien, para llegar a entender el poder del arte, lo primero es lo primero. Hay que comprender cómo se organiza nuestra realidad, la que compartimos todos. Y es justo aquí donde entra en juego una figura clave, el filósofo Jack Rancier y su concepto más importante, el reparto de lo sensible. Entonces, ¿qué es exactamente esto del reparto de lo sensible? Bueno, pues es la clave de todo. Es como un sistema de clasificación invisible que funciona incluso antes de que hablemos de política. Es el marco que decide quién tiene qué espacio, qué tiempo y qué tipo de actividad. O sea, define qué partes del mundo podemos ver y qué voces podemos escuchar, decidiendo de antemano quién es importante y quién simplemente no lo es. Y ojo, que esta idea no es para nada nueva, ¿eh? Sus raíces están en la filosofía griega clásica. Platón, por ejemplo, decía que una comunidad bien organizada es aquella en la que cada uno hace una única cosa, la suya, la que le toca por naturaleza. Luego, Aristóteles lo concretó un poco más. El ciudadano es el que tiene ocio, el que tiene tiempo libre para dedicarse a gobernar. Lo que dice Rancier, y esto es lo potente, es que la política de verdad, la fundamental, empieza justo en ese reparto, en esa primera división. Aquí se ve clarísimo. Por un lado está el ciudadano. Tiene tiempo libre, así que participa en lo público y lo que dice se considera un discurso con sentido. Pero por el otro lado tenemos al trabajador, al artesano. Él no tiene tiempo, está encerrado en lo privado y su voz, bueno, su voz es simplemente el ruido de su trabajo. Es una división brutal y define desde el principio lo que se puede percibir y lo que no. ¿Vale? Y en medio de todo este orden tan bien definido, ¿dónde encaja el artista? Pues ahí está la gracia, no encaja, lo perturba todo. El artista se convierte de repente en un problema para este reparto tan nítido y tan ordenado. Fijaos, ya para Platón, el artista era una figura complicada, un ser doble, porque el principio de la comunidad era cada uno a lo suyo, a una sola cosa. Pero el artista, el artista trabaja así como un artesano, pero al mismo tiempo está creando imágenes y con eso ya está participando en lo común, lo que hace sacar su trabajo del espacio privado y lo planta en medio de la escena pública. Y esa simple acción, ese gesto, hace que toda la lógica del reparto de lo sensible salte por los aires. Rancier, de hecho, encuentra un ejemplo perfecto para esto en los escritos de un carpintero del siglo XIX llamado Gabriel Gauny. Es genial. Gauni cuenta cómo es su jornada de trabajo en una casa de ricos. Él es un expletado, la casa no es suya, está claro. Pero mientras sus manos están ahí colocando el parqué, sus ojos viajan por la ventana y se adueñan del paisaje. De repente suspende su tiempo de trabajo, su tiempo de producción y crea una mirada completamente nueva. Y esto, esto es la clave de todo. Lo que ocurre ahí es una ruptura, una disociación. Las manos siguen haciendo el trabajo que se supone que tienen que hacer, pero los ojos, los sentidos se han liberado, van por su cuenta. Se están apropiando de una experiencia estética que según el orden establecido no les corresponde, porque en teoría ellos no tienen tiempo para esas cosas. Y es justo ahí, en esa pequeña disociación donde Rancier dice que está la verdadera fuerza política del arte. Ojo, no en los panfletos, no en las denuncias explícitas, sino en algo mucho, mucho más profundo. Esta es la idea central, el corazón de todo el argumento. El arte es político, no por lo que dice, sino por cómo reconfigura el tiempo y el espacio, por cómo es capaz de interrumpir el flujo normal de nuestra experiencia y crear un lugar y un momento que tienen sus propias reglas del juego. Pensémoslo así. Cualquier obra de arte, por el simple hecho de existir, crea una especie de pausa, una suspensión. Construye lo que se podría llamar un sensorium propio, un espacio tiempo particular donde todas esas jerarquías y divisiones del día a día de repente se quedan en suspenso. Es como si abriera una grieza en ese muro del reparto de lo sensible. Pero, ¿para quién es esta pausa? Esta suspensión. Bueno, en principio es para cualquiera, pero es especialmente importante para aquellos a los que el sistema precisamente les ha negado el tiempo. El arte les da la oportunidad de tomarse ese tiempo, de ocupar un espacio que es de todos y de demostrar que por su boca puede salir un lenguaje común, que pueden hablar de lo colectivo, no solo emitir gritos de dolor o de trabajo. Y lo bueno es que esta experiencia, que empieza siendo individual, no se queda solo ahí. tiene el potencial de convertirse en algo colectivo, de ser literalmente la semilla de una nueva forma de comunidad. Entonces, ¿cómo funciona este proceso? A ver, el primer paso es esa experiencia estética que nos saca de lo normal, que lo suspende todo. Eso permite el segundo paso, la disociación. Recordamos, los sentidos se liberan de su función y de ahí como tercer paso nace una forma de sentir completamente nueva que está disponible para cualquiera. Da igual el lugar que ocupe en la sociedad. Y el cuarto y último paso es cuando esa experiencia se comparte y boom, se convierte en la base, en el germen de una nueva idea de lo que significa nosotros. El poder de esta idea es inmenso. Lo que se está proponiendo es una experiencia capaz de darle la vuelta a todo, de reconfigurar por completo nuestra percepción. El arte, visto así, nos da las herramientas para romper con las maneras de ver, de sentir y de hablar que nos vienen impuestas y a partir de ahí nos permite empezar a construir una realidad diferente. Al final, lo que nos dice Ransier es que la gran promesa del arte es desaparecer, disolverse, no quedarse ahí como un objeto aislado en un museo, sino transformarse en una nueva forma de vida, en algo que reconfigure desde dentro nuestra experiencia como colectivo. Su objetivo final, por así decirlo, es dejar de ser arte para pasar a ser simplemente parte del mundo. Así que la próxima vez que nos encontremos delante de una obra de arte, quizás la pregunta no sea solo qué significa. A lo mejor la pregunta importante es, ¿qué nuevo reparto de lo sensible me está proponiendo esto? ¿Qué nuevo modo de ver y de decir está abriendo? En definitiva, ¿qué promesa de emancipación, por muy pequeña que parezca, se esconde ahí dentro?