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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
02 09 El régimen feudovasallático y la sociedad feudal
El régimen feudovasallático y la sociedad feudal.
El concepto de feudalismo y su controversia.
La evolución del vasallaje en el mundo medieval.
Sociedad feudal | Sociedad trinitaria.
Segunda parte | La Alta Edad Media (siglos VIII al XI) | Los asaltos contra la Europa cristiana.
Transcripción
Vamos a hablar de un mundo que se construía sobre promesas personales, un mundo donde la lealtad en teoría valía más que el oro y tu sitio en la vida, bueno, venía casi de fábrica. Esto a grandes rasgos es la idea que tenemos del feudalismo. Pero, ¿cómo funcionaba de verdad este sistema tan complejo que marcó a Europa durante siglos? Venga, vamos a desgranarlo. Pues bien, para empezar, una sorpresa. Ojo a esto. La palabra feudalismo, así como la usamos hoy, no es medieval para nada. nació mucho, mucho después, a finales del siglo XVII. Fueron los revolucionarios franceses los que la pusieron de moda y la usaron básicamente como un arma rojadiza para cargarse el antiguo régimen. O sea, que el concepto no nació para describir una época, sino para acabar con ella. Curioso, ¿verdad? Claro, esto nos deja con una pregunta bastante importante. A ver, si los revolucionarios dicen que abolieron el feudalismo en 1789, ¿estamos hablando del mismo sistema que había en la Edad Media o es otra cosa? Para entenderlo, no nos queda otra que viajar hacia atrás en el tiempo y ver de dónde sale todo esto. Y aquí es donde la historia se complica y la verdad se pone mucho más interesante, porque resulta que no hay una sola definición de feudalismo. Que va, los historiadores llevan siglos discutiendo sobre el tema y básicamente tenemos dos grandes maneras de verlo, dos grandes escuelas de pensamiento. Por un lado, tenemos la visión que podríamos llamar institucionalista. Para estos historiadores, el feudalismo es algo así como un club privado muy exclusivo. Se centra en los pactos legales y militares entre hombres libres, señores y vasallos. Algo muy concreto de la Europa occidental medieval que, según ellos, se acaba con el Renacimiento. Pero en la otra esquina del ring está la visión marxista que lo ve de una forma radicalmente diferente. Para ellos, el feudalismo no va de pactos entre nobles, va de economía. Es un modo de producción basado en la explotación de los campesinos por parte de una élite militar. Y no es algo solo europeo, sino una fase casi universal que dura, pues, hasta las revoluciones burguesas. Dos visiones que chocan frontalmente. Entonces, ¿quién tiene razón? Bueno, pues como suele pasar, la realidad es más compleja. Historiadores de la talla de Mark Block propusieron una especie de síntesis. Nos vienen a decir que para entender el feudalismo de verdad, hay que mirar las dos caras de la moneda. Por un lado, sigue están esas relaciones políticas y militares entre la élite, pero por otro, y esto es clave, están las relaciones económicas que sostenían todo el chiringuito. La suma de las dos cosas, el sistema político y la realidad económica. Eso es lo que de verdad define esta época. Vale, pues vamos a meternos en faena. ¿Cómo se construyó este sistema? Vamos a verlo pieza a pieza. El corazón. El motor de todo el feudalismo político es la relación de vasallaje. Y esto, desde luego, no surgió de un día para otro. Sus raíces son muy antiguas. Hay que irse hasta las bandas de guerreros germanos, lo que se conocía como el comitatus. Con el tiempo, esa costumbre evolucionó y se formalizó en un acto legal, la comendatio. Básicamente, un hombre libre se encomendaba a otro más poderoso a cambio de protección. Pero el gran cambio, el punto de inflexión, llega con los carolingios. Gente como Carlo Magno se dio cuenta de su potencial y lo usó como una herramienta para gobernar. La idea era simple. Yo te doy tierras, un beneficium, y tú me juras lealdad militar. Y a partir de ahí, sobre todo entre los siglos X y XI, el sistema llamadura del todo y se convierte en ese contrato feudal clásico que nos suena a todos. Y aquí hay que entender algo fundamental. Esto no era una ley impersonal escrita en un papel, no, no era un contrato personalísimo, un vínculo profundo entre dos personas. Y para que quedara claro, se sellaba con una ceremonia muy formal, con un peso simbólico, moral, ilegal, tremendo. Esta ceremonia era el homenaje y era puro teatro en el mejor de los sentidos. Tenía dos partes clave. Primero, un gesto físico muy potente, la inmixtio Manum. El vasallo ponía sus manos juntas entre las de su señor. Era una imagen potentísima de entrega y confianza. Y después venía la parte sagrada, el sacramentum fidelitatis, un juramento de fidelidad que se hacía sobre reliquias santas. Esto lo convertía en un pacto ante Dios, algo que en aquella época era, bueno, prácticamente imposible de romper sin jugárselo todo. Y bien, ¿en qué consistía el trato exactamente? Pues era recíproco, una calle de doble sentido. El señor tenía que dar dos cosas: protección, tanto militar como legal, y mantenimiento, que normalmente era un fébudo, o sea, tierras para vivir y explotar. A cambio, el vasallo debía auxilium. ¿Qué es esto? Pues auxilium es ayuda, principalmente ir a la guerra por su señor, pero también podía ser ayuda económica en casos puntuales. Y concilium es consejo. El vasallo tenía que formar parte de la corte de su señor y darle su opinión. Claro, un sistema basado en lazos personales al final se lía, era inevitable. Para empezar, los feudos, que al principio eran temporales, acabaron siendo hereditarios. Y el dío gordo vino cuando un mismo vasallo podía jurar lealtad a varios señores a la vez para acumular feudos. Imaginen el panorama. ¿Qué pasaba si dos de sus señores se declaraban la guerra? ¿A quién ayudaba? Un caos. Para solucionar esto, se inventó una jerarquía. El homenaje liuo era el principal, el que prevalecía sobre los demás, que eran homenajes planos. Y si aún así rompías tu juramento, cometías felonía, la traición máxima. Y el castigo era perderlo todo, sobre todo el feudo. Hasta ahora nos hemos centrado en la élite, en los guerreros y sus pactos, pero claro, ellos eran una minoría muy muy pequeña. Así que ahora vamos a abrir el plano para ver el cuadro completo, para entender cómo se organizaba el resto de la sociedad. La idea que tenían de sí mismos en la época era la de una sociedad dividida en tres órdenes, tres grupos con una función muy clara. Estaban los vendores, los que luchan, los oratores, los que rezan, y los laboratores, los que trabajan. Los que luchan, los que rezan y los que trabajan. Pero fíjense en las cifras porque son brutales. Todo este sistema de nobles y clérigos del que hemos estado hablando, toda esa pirámide se sostenía sobre los hombros de un 90% de la población, los campesinos. Y para ese inmenso 90%, el contrato de basallaje entre nobles era algo completamente ajeno. No les afectaba para nada. Su realidad era otra, era el régimen señorial. Y aquí las reglas del juego eran muy distintas. En este sistema, el señor no era un socio con el que se pactaba, era la autoridad absoluta. No solo era el dueño de la tierra, es que era el juez, la policía y el gobierno, todo en uno para la gente que vivía en su dominio. La vida del campesino, por tanto, estaba marcada por una serie de obligaciones y pagos al Señor. Tenían que pagar un censo o talla por el simple hecho de usar la tierra. Estaban obligados a trabajar gratis en las tierras personales del señor unos días al año, lo que se llamaban las corbeas, y encima tenían que pagar por usar las infraestructuras del señorío, como el molino, el horno o la prensa. Eran las famosas banalidades. En resumen, era un sistema perfectamente diseñado para extraer la riqueza de la base y llevarla a la cima de la pirámide. Pero este modelo de sociedad no era solo una cuestión práctica, una forma de organizarse, se convirtió en algo mucho más grande, una ideología potentísima que sirvió para justificar ese orden social durante siglos. Efectivamente, esta división en tres órdenes se vendió como el orden natural de las cosas, un orden, además querido por Dios. Personajes muy influyentes, desde obispos como Adalverón de Laón en el siglo X hasta reyes como Alfonso X el sabio en el XI defendieron esta idea. La metáfora era la del cuerpo humano. Cada parte tiene su función y todas son necesarias para que el conjunto funcione en armonía. Una forma, claro está, de justificar la desigualdad y presentarla como algo no solo necesario, sino incluso sagrado. Y ojo que esta idea no se quedó en los libros, tuvo consecuencias políticas muy muy reales y duraderas. De hecho, la estructura de los parlamentos del antiguo régimen, las cortes, los estados generales, con esa división en tres estamentos o brazos, la nobleza, el clero y el tercer estado, es una herencia directa de esta visión del mundo medieval. Y todo esto nos lleva a una última reflexión. Evidentemente ya no tenemos nobles ni siervos en el sentido medieval, pero de verdad hemos superado por completo esa idea de una sociedad dividida en roles casi fijos. Cabe preguntarse si los ecos de ese orden milenario, de los que luchan, los que rezan y los que trabajan, no siguen resonando todavía hoy en nuestra forma de ver la sociedad, quizás mucho más de lo que nos gusta pensar. Gloria Dios.