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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

02 Boecio | Contra Eutiques | El Significado de Naturaleza

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Hoy nos metemos de lleno en un texto clásico nacido en medio de un acalorado debate teológico, nada menos contra eutique sinestorio. El objetivo era uno, pero fundamental, desentrallar los significados de una sola palabra, una palabra que, como veremos, lo cambia absolutamente todo. Naturaleza. A primera vista parece una pregunta fácil, ¿verdad? vemos la naturaleza a nuestro alrededor. Pero, ¿y si os dijera que la respuesta es mucho, mucho más compleja de lo que parece? Como suele pasar en filosofía, las apariencias engañan. Así que lo que vamos a hacer es precisamente eso, un viaje. Vamos a descubrir juntos que detrás de esta palabra tan común se esconden como mínimo cuatro capas de significado distintas. Iremos pelando la cebolla, por así decirlo, hasta llegar al mismísimo corazón de la idea. Aquí tenéis la hoja de ruta de nuestro viaje. Empezamos con el enigma de la palabra en sí. Luego saltamos a la definición más amplia que podamos imaginar. Después la acotamos a lo que llamamos sustancias y finalmente llegamos al núcleo, a la esencia pura de las cosas. Empezamos. Y es que, a ver, cuando los filósofos de la antigüedad se ponían a analizar una palabra, lo hacían casi con un bisturí. En debates como los que nos ocupan, la precisión era la vida, porque un pequeño malentendido, una palabra usada a la ligera, podía echar por tierra todo un argumento teológico. Y eso es justo lo que hace nuestra fuente. No busca darnos una única respuesta de la naturaleza es esto, sino que se dedica a separar con un cuidado exquisito los diferentes conceptos que metemos en el mismo saco. Es en el fondo un auténtico ejercicio de claridad mental. Venga, vamos allá con la primera definición, la más grande, la más gigantesca, la que lo abarca prácticamente todo. Pensad en ella como la capa más externa de nuestra exploración. Aquí la tenemos. En su sentido más amplio, la naturaleza es bueno, casi todo. Es cualquier cosa que exista, que sea y que nuestra mente de alguna manera pueda llegar a pensar o a concebir desde una simple piedra hasta el concepto de infinito. Fijaos en el alcance de esto. Incluye no solo los objetos, las sustancias, sino también sus cualidades, los accidentes, como el color rojo de una manzana o su forma. La clave, la clave de verdad está en ese de algún modo, porque permite meter en el saco cosas que no comprendemos del todo, como Dios o la materia prima. Lo único que se queda fuera es la nada. Y la razón es simple, la nada, por definición, no es. Vale, hemos partido de un concepto casi infinito, ahora toca empezar a cerrar el foco. Vamos a ver qué pasa cuando usamos la palabra naturaleza para referirnos solo y exclusivamente a las sustancias. Y fijaos cómo cambia la cosa. Ahora la definición es otra. La naturaleza se convierte en la capacidad de actuar o de ser afectado por una acción. La palabra clave aquí es interacción, esa capacidad de hacer o recibir. Y aquí la cosa se pone superinesante. Las sustancias corpóreas, las que tienen cuerpo, como un animal o una persona, pueden tanto hacer cosas como recibir el efecto de otras. Pero las incorporeóas, como Dios en esta filosofía solo pueden actuar, solo pueden hacer. son causa, pero nunca efecto. No pueden ser afectadas por nada. Una distinción, como podéis imaginar, fundamental en un debate teológico. Venga, seguimos cerrando el círculo. ¿Qué pasa si ahora dejamos fuera a esos seres incorpóreos y nos centramos solo en el mundo físico, en los cuerpos que podemos tocar y ver? Pues que la definición vuelve a cambiar, se vuelve todavía más específica. Y con esto llegamos a la famosísima definición de Aristóteles, lo que los griegos llamaban fisis. Aquí la naturaleza ya no es una cosa, sino un principio interno, una especie de motor que impulsa un objeto a moverse o a cambiar por sí mismo de acuerdo con lo que es en esencia. Y para que esto quede clarísimo, el texto nos da un ejemplo que es una maravilla. Imaginemos una cama de madera. La madera, por ser un elemento terrestre, tiene un movimiento natural, caer hacia abajo. El arte, la mano humana, la convierte en una cama. Pero eso de ser una cama es una cualidad añadida, accidental. Si tiramos la cama por un barranco, no cae por ser una cama, cae por ser madera. Su movimiento responde a su naturaleza, la madera, no a su forma artificial, la cama. Venga, que ya casi estamos. Ya llegamos al núcleo, al corazón del asunto. Hemos pasado de todo lo que existe a las sustancias, luego a los cuerpos físicos y ahora llegamos a la definición más precisa y profunda de todas, la esencia. En este último nivel, naturaleza se convierte básicamente en un sinónimo de esencia. Es aquello que hace que una cosa sea esa cosa y no cualquier otra. Es, por así decirlo, su DNI cósmico, su rasgo definitorio e intransferible. El texto lo explica genial con el oro y la plata. En este sentido, la naturaleza del oro no es su color o su peso, no. Es esa propiedad única y peculiar que lo define como oro y que hace que sea distinto de la plata, del hierro o de cualquier otra cosa. Es su oro, si me permitís la palabra. Por lo tanto, y este es el punto clave, en su sentido más estricto y profundo, la naturaleza de algo es su propia definición. Es aquello sin lo cual esa cosa dejaría de ser lo que es, el núcleo irreductible de su identidad. A ver, echemos un vistazo a nuestro recorrido completo en esta tabla. Fijaos cómo hemos ido de lo más general a lo más específico, de lo universal a lo sustancial, de ahí al principio de movimiento de Aristóteles y finalmente a la esencia. Es como un embudo perfecto que nos demuestra cómo una misma palabra puede funcionar a niveles de abstracción completamente diferentes. Y la pregunta del millón es, ¿y todo esto para qué? ¿Por qué tanto lío? Pues porque en aquellos debates sobre la naturaleza de Cristo, saber si naturaleza se refería a una sustancia, a un principio interno o a una esencia tenía unas implicaciones teológicas brutales. Este ejercicio nos enseña que definir bien las palabras no es un juego de intelectuales, es la base para poder pensar con claridad y para que cualquier diálogo tenga sentido. Después de todo este viaje, la pregunta del principio cobra una nueva dimensión. A que sí, la próxima vez que oigamos la palabra naturaleza, quizás valga la pena pararse un segundo a pensar en cuál de estos cuatro sentidos se estará usando, porque la respuesta, como acabamos de ver, lo cambia absolutamente todo.