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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

02 Boecio | Hebdomadibus | La división de las ciencias

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

A ver, ¿es posible conocer todo lo que existe y más aún, se puede organizar todo ese conocimiento? Pues esa es la premisa de uno de los proyectos intelectuales más ambiciosos de la historia y fue concebido por un hombre que vivió justo en la encrucijada de dos mundos, Anicio Mallio, Severino Boecio, a quien llaman el último romano y a la vez el primer filósofo medieval. Esta es la pregunta del millón, la pregunta monumental que Boecio se propuso responder en sus obras y ojo, especialmente en sus tratados teológicos como El célebre de Ebdomadibus. Él no solo buscaba entender el mundo, quería ordenarlo. Nos dejó un mapa de la realidad que es tan elegante como profundo y hoy vamos a recorrerlo juntos. Bueno, pues vamos a meternos en faena. Boecio, claro, como buen heredero de la tradición clásica, no empieza de cero. Se apoya en la lógica de Aristóteles para clasificar ese conocimiento que busca la verdad por sí misma, lo que llamamos el saber teórico. Y su gran aportación fue justo esta, una estructura en tres partes, una auténtica jerarquía del entendimiento. Para visualizar bien su sistema, lo mejor es imaginarlo como una escalera, una escalera de la sabiduría que vamos a ascender paso a paso. Con cada peldaño nos alejaremos un poquito más de lo concreto, de lo material. para acercarnos a lo puramente abstracto, a la mismísima esencia de las cosas. Y aquí los tenemos, los tres grandes peldaños, la ciencia natural, la matemática y la teológica. Cada una se distingue por su objeto de estudio, por el nivel de realidad que se pone a investigar. Así que venga, empecemos nuestro ascenso por la base, por el mundo que pisamos. Ya estamos en el primer escalón. El más inmediato, el más obvio, es el estudio de la naturaleza en su estado más puro, cambiante, dinámica y, sobre todo, perceptible por nuestros sentidos. Es el mundo de la experiencia cotidiana. La ciencia natural, por tanto, se ocupa de los sentes físicos. Para la física de la época, esto era de cajón. Una piedra por su propia naturaleza cae, el fuego por la suya asciende. Aquí la materia de un objeto y su forma están ligadas, pero vamos, inseparablemente a su movimiento, a su cambio constante. No se pueden estudiar por separado, es imposible. Venga, subamos un peldaño más. Aquí es donde la mente hace algo realmente fascinante. Nos elevamos del mundo físico para considerar no los objetos en sí, sino las formas que viven en ellos. Y lo hacemos en un plano de pura abstracción. La genialidad aquí está en ese acto de abstracción. Las matemáticas para boecio lo que hacen es estudiar las formas de los cuerpos, un círculo, una línea, un número, pero ignorando por completo su materia y su movimiento. A ver, un triángulo no puede flotar en el vacío, ¿verdad? necesita estar en un objeto, pero nuestra mente puede aislarlo, separarlo y estudiar sus propiedades como si existiera por sí mismo. Y con un último esfuerzo de la mente, un último salto de abstracción, llegamos a la cima de la escalera. Aquí nos encontramos con un objeto de estudio que es radicalmente distinto a todo lo anterior, el ser en su forma más pura, una realidad que es inmóvil, inmaterial y eterna. La teología es la ciencia reina en este sistema y lo es porque su objeto de estudio, lo divino, no depende de la materia para existir ni está sujeto al cambio. Es forma sin materia, es acto puro y por tanto, claro, exige un modo de conocer que es completamente diferente. Lo que es verdaderamente brillante de este esquema es como Boecio vincula él, qué se estudia con el cómo se conoce. Fijaos, la ciencia natural se aborda racionalmente, es decir, a través de la observación del mundo. La matemática, en cambio, requiere aprendizaje, dominar un sistema abstracto, pero la teológica, esa se capta intelectualmente, mediante una especie de intuición pura, sin el apoyo de la materia ni de la imaginación. Es otro nivel. Ahora bien, para que toda esta escalera se sostenga, hace falta un principio fundamental, un ingrediente secreto que lo una todo. Y la pregunta clave es esta, ¿qué hace que algo sea lo que es? Y no otra cosa, la respuesta de Boesio es una sola palabra. La forma Boecio nos da una analogía que es perfecta. Una estatua no es una estatua por ser de bronce. El bronce es solo su materia. Es una estatua gracias a la forma que el artista le impuso. La forma de estatua es lo que hace que ese trozo de metal sea lo que es. Y esto mismo nos dice, ocurre con todo lo demás. Y aquí lo tenemos. El axioma central, en palabras del propio Boecio, el ser, la esencia de las cosas, emana de su forma, no de su materia. Esta idea es la llave maestra que nos permite comprender no solo su visión del conocimiento, sino su visión de la realidad entera, incluida, por supuesto, la divina. Armados con esta idea tan potente de que el ser viene de la forma, podemos volver a la cima de la escalera. Ahora sí que estamos preparados para entender por qué la sustancia divina es algo tan radicalmente único en todo el cosmos. A diferencia de un ser humano, de un árbol o de una estrella, la sustancia divina no es un compuesto de materia y forma. Es pura y simplemente forma. Y esto tiene una consecuencia que es asombrosa. Significa que no tiene partes, no es una suma de componentes. Boecio lo resume con esta frase lapidaria en latín itquodest, aquello que es. Y ojo, no es algo que tiene ser como si el ser fuera una propiedad más. No, no es que su esencia es su propia existencia, es simple y absolutamente el ser mismo. Esta comparación lo deja clarísimo. Un ser humano es un compuesto, es cuerpo y alma, materia y forma, es esto y aquello. La sustancia divina, en cambio, al ser forma pura, no es una combinación de nada, es simplemente esto. Es unidad absoluta. Las implicaciones de esto son abismales. Al ser forma pura es simple, no está compuesto de nada, es autosuficiente, no depende de nada anterior y es el fundamento último de todo lo que existe. La fuente de la que beben todas las demás formas es la unidad primera y la unidad final. Y todo esto nos lleva a una última reflexión, una que nos devuelve la mirada hacia nosotros mismos. Boecio diría que lo que nos hace humanos es la forma de la humanidad. Entonces, si todo el ser proviene de la forma que somos en nuestra esencia más profunda, somos la materia que cambia y perece o somos la forma que nos define, ahí queda la pregunta, que 100 años después sigue totalmente abierta.