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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
02 │ CUERPO, MUNDANIDAD Y ESPACIALIDAD │ Versión simplificada
A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II
2º año UNED
Basado en el libro:
Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura
Autor: San Martín Sala, Javier
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q
Transcripción
¿Alguna vez nos hemos parado a pensar en el cuerpo, pero de verdad, no en cómo funciona, sino en cómo se siente, en cómo se vive. Pues hoy vamos a meternos de lleno en eso, en la fascinante historia de los dos cuerpos que habitamos a la vez, aunque a menudo solo seamos conscientes de uno. Venga, empecemos por el principio con algo que parece superobvio. Ahora mismo, ¿cómo sabemos que tenemos un cuerpo? Suena a pregunta fácil, ¿verdad? Pues la respuesta es mucho más enrevesada de lo que parece y de hecho nos abre la puerta a dos mundos que no tienen nada que ver el uno con el otro. A ver, por un lado tenemos la respuesta científica. La ciencia diría que el cuerpo es un conjunto de sistemas, un objeto de estudio, pura anatomía y fisiología. Pero claro, por otro lado está la respuesta personal, la de cada uno, la que se siente desde dentro. No sabemos que tenemos un cuerpo por un libro de texto, sino por la experiencia directa de sentir hambre, de notar el tacto o simplemente de moverse. Y es justo aquí, en este conflicto, donde empieza todo. Bien, pues para entender de dónde viene esa idea del cuerpo, como si fuera una máquina o un objeto, tenemos que hacer un pequeño viaje en el tiempo. Esta idea en realidad no es nada nueva. Ya desde el platonismo se veía el cuerpo como una especie de cárcel para el alma. Luego el cristianismo lo asoció a la tentación, a la carne, o sea, que siempre ha habido una tendencia a separarnos de él. Pero ojo, fue Descartes en el siglo X quien le dio la puntilla. El cuerpo es res extensa, es decir, materia que ocupa un espacio, un mecanismo. Y esta visión, claro, se convirtió en la base de la ciencia moderna. Y aquí llegamos al quit de la cuestión. La ciencia nos da una cantidad de información increíble sobre el cuerpo, ¿sí? pero siempre habla de él en tercera persona. Es un cuerpo, un objeto universal, pero no es mi cuerpo, ese que yo siento y con el que me identifico. Toda la experiencia en primera persona se queda de repente fuera de la ecuación. Así que vamos a darle la vuelta a la tortilla. Pasemos a explorar esa otra cara de la moneda. El cuerpo que no se estudia en un laboratorio, sino el que se vive. El filósofo José Ortega y Gaset lo clavó con esta reflexión. Pensémoslo un segundo. Cuando uno dice, "Yo ando", la experiencia es un todo. La tensión en los músculos, el pie tocando el suelo, como el mundo cambia alrededor. Pero cuando vemos a otra persona y decimos, "Él anda," único que describimos es un objeto que se mueve por el espacio. Son dos realidades completamente distintas para la misma acción. La filosofía, sobre todo la fenomenología, le puso nombre a esta diferencia. En alemán, por ejemplo, usan dos palabras que son perfectas para esto. Corper es el cuerpo objeto, el que estudia la medicina, una cosa más en el mundo. Pero es el cuerpo vivido, lo que en español podríamos llamar la carne, en el sentido de algo que siente, que tiene impulsos, que se experimenta desde dentro y que es el centro de nuestro mundo. Y esta distinción, claro, lo cambia todo, hasta nuestra idea del espacio. Para la ciencia el espacio es homogéneo. Todos sus puntos son iguales. Pero para nuestro cuerpo bebido, el espacio es radicalmente distinto. Hay una diferencia brutal entre el aquí, que es donde estoy yo, mi punto cero, y todo lo demás, que es allí. Venga, un experimento rápido para que esto se entienda mejor. Si nos tocamos una mano con la otra ahora mismo, ¿qué es lo que sentimos? ¿Qué está pasando ahí? Pues lo que se experimenta es lo que el filósofo Huser llamó la doble sensación. Y esto es algo que solo el cuerpo vivido, el live, puede hacer. Se es a la vez el sujeto que toca, que siente la textura de la otra mano, y el objeto que es tocado, que siente la presión. Vamos a desgranarlo. Por un lado, una mano siente a la otra como un objeto, como si tocara una mesa, pero al mismo tiempo la mano que es tocada se siente a sí misma como sujeto. Y lo más increíble es que podemos cambiar el foco de una a otra al instante. Esta experiencia, que es simple, demuestra algo profundo. El cuerpo no es solo una cosa, se experimenta a sí mismo. Bien, y aquí viene lo más interesante. Esta idea del cuerpo vivido no se queda en una simple sensación, sino que es la base sobre la que construimos toda nuestra realidad. Es que el cuerpo es literalmente el punto cero de nuestra realidad. Es el la aquí absoluto, el ancla desde la que todo lo demás cobra sentido y se organiza como allí. No es una coordenada en un mapa que va, es el centro mismo desde el que se experimenta la vida. Y esto nos lleva a lo que en fenomenología se conoce como Levensbelt, el mundo de la vida, que no es el planeta Tierra el mundo objetivo de la física, no, es un mundo pragmático, una red de significados. Es el conjunto de cosas que nos importan, de tareas, de preocupaciones, de todo aquello que nos llama y nos pone en marcha. Entonces, el proceso es bastante simple, pero muy potente. Primero, mi cuerpo establece el aquí. Segundo, todo lo demás se organiza como un allí en relación a mí. Y tercero, mis planes, mis acciones le dan un significado práctico a ese mundo. Una silla ya no es solo un trozo de madera, es algo para sentarse. Un camino es para andar por él. Y todo esto puede sonar muy filosófico, muy abstracto, pero tiene unas implicaciones enormes en la vida real, especialmente en un campo que nos toca a todos, la medicina. Fijaos en la diferencia. La visión cartesiana, la del cuerpo o máquina, ve la enfermedad como si fuera una pieza rota que hay que arreglar. El foco está en los datos, en los análisis, en los escáneres. En cambio, una visión fenomenológica entiende que la enfermedad le afecta a la persona entera, a todo su mundo de la vida y por tanto, el foco se pone en la experiencia que ese paciente está viviendo. El modelo de la máquina, que es el que domina hoy en día, nos lleva a esto. El cuerpo se trocea y se reparte entre especialistas. La experiencia global del paciente se deja de lado y los tratamientos se convierten en protocolos calculados para ser eficientes. Se pierde de vista la persona y su mundo. Y este es el punto clave de todo. La elección entre estas dos maneras de ver el cuerpo no es un debate para académicos. Define si nuestro sistema de salud está pensado para arreglar averías o para cuidar de personas completas que viven inmersas en sus circunstancias. Ortega lo resumió de una forma magistral. Yo soy yo y mi circunstancia. No somos un yo metido dentro de una máquina. Somos una unidad. No se puede separar nuestro cuerpo vivido de nuestro mundo, de nuestra circunstancia. Para entenderlo uno, hay que entender lo otro. Así que la próxima vez que sintamos hambre, cansancio o alegría, merece la pena recordar que no es solo la lucecita de una máquina que se enciende, es la voz de nuestro cuerpo vivido, el auténtico centro de nuestro mundo. Y la pregunta que nos deja todo esto en el aire es, ¿qué cambiaría si de verdad empezáramos a escuchar esa voz?