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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
03 01 Oriente en vísperas de las Cruzadas
Oriente en vísperas de las Cruzadas.
La recuperación militar bizantina.
Las medidas de política interna.
El distanciamiento Roma Constantinopla | La consolidación del Cisma.
El enderezamiento militar islámico y el repliegue bizantino | Los turcos seldjúcidas.
Tercera parte | La plenitud del Medievo (siglos XI al XIV) | La expansión del Occidente europeo.
Transcripción
Vamos a situarnos en el siglo X. Hay un imperio dorado, Bizancio, que se ve a sí mismo como el centro del mundo, pero justo ahí, en la cima de su poder, está a punto de hacer una jugada que va a desencadenar 200 años de guerra santa, las cruzadas. ¿Cómo se llegó a este punto de no retorno? Pues mirad, para entender la tormenta que se estaba formando, primero hay que entender el epicentro de todo, Constantinopla. Durante su segunda edad de oro no era una simple capital que va, era el corazón que bombeaba comercio, cultura y poder a todo el mundo conocido. Esta época de esplendor que vino de la mano de la dinastía macedónica fue un auténtico renacimiento. El Imperio Bizantino alcanzó un pico de poder militar, de influencia cultural y una fuerza económica que lo convertían, sin duda, en la envidia y el terror de todos sus vecinos. Y esta idea que parece tan simple era el motor de todo el imperio. El agricultor alimenta al soldado y el soldado protege al agricultor. Una simbiosis perfecta, pero increíblemente poderosa. Con esta base tan sólida, la maquinaria de guerra bizantina estaba siempre engrasada y lista para la acción. Claro, con todo ese poder, Bizancio no se iba a quedar de brazos cruzados defendiéndose, no, no. Proyectó su fuerza por un mundo enorme y muy peligroso, luchando no en un frente, sino en todos a la vez. una demostración de estrategia y dominio que era, la verdad asombrosa. Y aquí está lo realmente fascinante. Esto nos enseña el genio estratégico del imperio. No se trataba solo de ganar una batalla aquí y otra allá. Era hacer malabares con amenazas que venían de todas partes a la vez. Los musulmanes en el este, otros imperios en Italia, los incursores del norte y hasta un estado búlgaro potentísimo en los Balcanes. El resultado de todas estas campañas, pues, fue espectacular. No hay otra palabra. El mapa del imperio se tuvo que redibujar por completo, alcanzando una extensión que no se había visto en siglos. Era una forma de decirle al mundo que Bizancio volvía a ser la superpotencia. Pero claro, esta dominación no se consiguió solo con buenas palabras, se cimentó con una reputación temible. Emperadores como Basilio Si, al que apodaron el matabúlgaros, no tenían ningún reparo en usar una crueldad tremenda para asegurarse la victoria. Dejaban una imagen de poder implacable que, desde luego, disuadía futuros enemigos. Pero como suele pasar, mientras por fuera todo parecía brillar, por dentro empezaban a aparecer unas grietas enormes de tipo ideológico, una fractura que estaba a punto de partir el mundo cristiano en dos mitades que ya nunca se reconciliarían. Y ojo, que no hablamos de pequeñas diferencias de opinión, eh, hablamos de dos formas de ver el mundo totalmente opuestas. En Bizancio, el cesaropapismo significaba que el emperador era la cabeza de la Iglesia. En Roma, el papalismo decía que el Papa estaba por encima de cualquier rey o emperador. Si eso le sumamos idiomas distintos y formas de entender la fe diferentes, la ruptura era casi inevitable. Y en esta cronología se ve perfectamente como todo salto por los aires. Empezó con disputas teológicas superclejas como la del filioque, una sola palabra sobre la naturaleza del Espíritu Santo que dividió a las iglesias y acabó con exigencias políticas. Al final, en 1054, la diplomacia fracasó estrepitosamente y los líderes de ambas iglesias se excomulgaron el uno al otro. El gran cisma ya era oficial. Y justo en ese momento, cuando Bizancio se queda religiosamente solo, aislado de Occidente, aparece en el horizonte un enemigo nuevo que venía de oriente, un enemigo que lo iba a cambiar absolutamente todo. A ver, que quede claro, los turcos celiúcidas no eran una tribu cualquiera que pasaba por ahí, no, no. consolidaron el poder a una velocidad de vértigo, unificaron gran parte del mundo islámico y crearon un sultanato muy agresivo. Y claro, sus ojos se posaron en las ricas tierras del Imperio Bizantino. Y llegamos a una fecha que hay que grabar a fuego, 1071. Este año representa el desastre militar más catastrófico de toda esta época para Bizancio. Un punto de inflexión del que probablemente el imperio nunca llegó a recuperarse del todo. La cosa es que por primera vez en muchísimo tiempo, Bizancio se encontró con un enemigo a su altura y la derrota fue total. Aniquilación del ejército y para colmo de humillación la captura del propio emperador. Algo impensable hasta entonces. Las consecuencias, claro, fueron inmediatas y terribles. La meseta de Anatolia, que era, vamos, el corazón del imperio, de donde salían los soldados, la comida, de repente quedó totalmente desprotegida, abierta de par en par a la invasión. La herida era mortal. Y en medio de este caos absoluto llega al trono un nuevo emperador, Alejo primero Comeno. Pero claro, lo que hereda no es un imperio en su gloria, sino un imperio al borde del abismo, luchando desesperadamente por no desaparecer. La situación de Alejo era para echarse a temblar. Estaba literalmente rodeado, los normandos atacando desde Italia, los pechenegos amenazando la mismísima capital desde el norte y los turcos que no paraban de avanzar por el este. Tuvo que tirar de todos los trucos diplomáticos y militares que conocía solo para que el imperio no se derrumbara. Y con todo esto, esa imagen de Bizancio como un imperio invencible, como el gran escudo de la cristiandad se vino abajo, se rompió. En Occidente, muchas empezaron a pensar que el gran protector de la cristiandad oriental había fallado y que quizás era el momento de un cambio de guardia. Totalmente desesperado, Alejo hace una jugada. Pide ayuda militar a Occidente. Ojo, lo que él quería eran mercenarios, soldados a sueldo para ayudarle, pero su llamada de socorro se escuchó en Occidente. Sí, pero se entendió de una forma completamente distinta. Y esto nos deja en el borde del precipicio con una pregunta clave. ¿Cómo iba a responder ese Occidente? que después del sisma ya no veía a Bizancio igual. La respuesta, como sabemos, no fue la que Alejo esperaba ni en sus peores pesadillas y pondría en marcha un movimiento que cambiaría el mundo para siempre.