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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
03 03 La pugna de los poderes universales
La pugna de los poderes universales.
Cesaropapismo y reforma gregoriana | La querella de las Investiduras y el Dictatus Papae.
El replanteamiento de la problemática.
Federico Barbarroja y el desarrollo de la tesis del Dominium mundi.
La marcha alemana hacia el Este.
Tercera parte | La plenitud del Medievo (siglos XI al XIV) | La expansión del Occidente europeo.
Transcripción
Pensemos en esto como una partida de ajedrez que duró siglos, una partida que definió el futuro de Europa. En un lado del tablero, la corona del emperador, en el otro, la tiara del Papa. Ambos querían lo mismo, el poder absoluto sobre la cristiandad. Pues bien, hoy vamos a meternos de lleno en la historia de su brutal enfrentamiento, una lucha que, sin saberlo, estaba poniendo las bases de nuestro mundo. Al final, la pregunta que lo movía todo era muy simple. ¿Quién tiene la última palabra? El poder terrenal, el imperium del emperador, que se veía como el heredero de Roma, o el poder espiritual, el sacerdotium del Papa, el representante de Dios en la tierra. Eran dos poderes que se consideraban universales, así que su choque, vamos, era cuestión de tiempo. Para aclarar todo este lío, vamos a seguir un orden. Primero veremos como al principio los emperadores tenían la sartén por el mango. Después como la Iglesia organizó el contraataque. Luego llega el plato fuerte, el choque de trenes entre Gregorio VI y Enrique V. Analizaremos la tregua que de estable tuvo poco y acabaremos con la segunda parte del combate protagonizada por Barba Roja. Venga, empecemos. Al inicio de esta historia, la balanza estaba muy desequilibrada. El emperador no solo mandaba en lo político, sino que también metía mano en lo religioso. La Iglesia estaba tan metida en el sistema feudal que la palabra independencia era básicamente una fantasía. Hay una palabra clave para entender esto. Césaropismo. Suena muy técnico, pero es sencillo. Significa que el césar, el emperador, hacía también de papa. Personajes como Conrado Segund o Enrique Io no es que influyeran en la iglesia, no es que directamente ponían y quitaban obispos y ojo, hasta los propios papas, así sin más. Y claro, esta mezcla de política y religión fue la chispa que lo incendió todo. La Iglesia había perdido el norte. A ver, si eres un obispo y el emperador te da tierras y poder, ¿a quién vas a ser leal? ¿Al Roma? Pues eso, el clero se había convertido en otra pieza más del Juego de Tronos feudal. Pero obviamente la Iglesia no se iba a quedar de brazos cruzados para siempre. Desde dentro empezó a surgir un movimiento de reforma potentísimo. El objetivo era doble, limpiar la institución y, sobre todo, recuperar el poder que creían que les pertenecía por derecho divino. Los reformistas lo tenían clarísimo. Querían cortar de raíz los problemas. Primero, acabar con la simonía, o sea, con la compraventa de cargos religiosos como si fueran cromos. Segundo, el nicolaísmo, que los clérigos tuvieran pareja. Pero el punto clave, el que iba a hacer que todo saltara por los aires era la investidura laica, es decir, quitarles a los reyes el poder de nombrar obispos. El fin último, que todo el poder volviera a Roma a manos del Papa. Y toda revolución necesita un líder. En 1073, un monje llamado Hildre Brando, que era el cerebro detrás de la reforma durante años, es elegido Papa. Se pone el nombre de Gregorio VI. Y con el almando, la guerra estaba a punto de declararse oficialmente. Lo que viene ahora es más que una pelea por el poder, es un duelo de personalidades. En una esquina, Gregorio VI, un papá convencido de que su misión venía de Dios. En la otra, Enrique II, un emperador que no estaba dispuesto a ceder ni un milímetro de su autoridad. El escenario estaba preparado para un combate épico. En 1075, Gregorio lanza un órdao a la grande, el dictatus papae. Esto no era una propuesta de diálogo, no. Eran 27 frases que básicamente decían, "Aquí mando yo." Afirmaba cosas como que solo el Papa es universal, que puede quitar y poner emperadores a su antojo, que a él no le juzga a nadie y la bomba final, que puede liberar a los súbditos de la obediencia a su rey. Vamos, una declaración de guerra en toda regla. Enrique IV responde al instante y declara que Gregorio ya no es Papa. Pero Gregorio tenía el arma nuclear de la época, la excomunión. Con una palabra dejaba al emperador fuera de la iglesia y daba día libre a sus nobles para revelarse. La jugada funcionó y obligó a Enrique a la famosa humillación de Canosa, pedir perdón de rodillas en la nieve. Pero esa paz fue un espejismo. La lucha volvió más salvaje. Enrique nombró a su propio papa, un antipapa, y llegó a saquear Roma. Al final, Gregorio VI murió exiliado. Un final trágico, sí, pero la guerra que él empezó ya no tenía marcha atrás. Muertos los dos grandes protagonistas, el conflicto siguió, pero el ambiente general era de agotamiento. Hacía falta una solución, un compromiso, aunque todo el mundo sabía que no era una paz de verdad, sino más bien un alto el fuego para aire. Ese alto el fuego se firmó en 1122, el concordato de Warms. La solución fue bastante ingeniosa, la verdad. Se decidió separar el poder en dos, la parte espiritual, la espiritualia. La iglesia le daba al obispo el anillo y el vaculo. Y luego la parte temporal, la temporalia, el emperador le entregaba el cetro, que simbolizaba las tierras y los privilegios. Cada uno lo suyo, en teoría. ¿Y en qué se tradujo esto en la práctica? Pues en un reparto de zonas de influencia. El control en Alema, para el emperador, en Italia para el Papa. Se había puesto un parche, sí, pero la herida de fondo, la gran pregunta de quién tiene la autoridad suprema seguía ahí abierta y supurando. Y como el problema no estaba resuelto, el conflicto se transformó. Nacieron dos equipos que se pelearían durante generaciones, sobre todo en Italia. Por un lado, los huelfos, que eran del equipo del Papa, por el otro, los gibinos, los fans del emperador. La lucha ya no era solo entre dos hombres, ahora era una especie de guerra civil ideológica. Y cuando parecía que las cosas se habían enfriado, entramos en el segundo asalto de esta pugna. Una generación después, el conflicto vuelve con más fuerza y con dos nuevas estrellas. El emperador Federico Io, más conocido como Barbara Roja, y el Papa Alejandro II. Y Barbar Roja apuntaba mucho más alto que sus antecesores. Él no quería solo controlar la iglesia, aspiraba al dominium mundi, el dominio del mundo. Su plan era ser la autoridad final, sin discusión. y para ello usó una nueva estrategia. Al poder feudal de siempre le sumó la fuerza del derecho romano que los juristas de la época estaban recuperando y que ponía al emperador como la fuente de toda ley. Su ambicioso plan se puede dividir en cuatro fases. Primero, asegurar el control en casa en Alemania. Segundo, lanzarse a por Italia, donde chocó de frente con el Papa y sobre todo con las ricas ciudades del norte. La tercera fase fue la guerra total contra la Alianza de esas ciudades, la Liga Lombarda, y la última, después de una derrota inesperada fue la de la diplomacia y una jugada maestra. Pero Barbar Roja cometió un error, subestimó a sus enemigos. Las ciudades del norte de Italia, apoyadas por el Papa, se unieron en la Liga Lombarda y en 1176 en Leñano, pasó lo impensable. Un ejército de ciudada, de gente de a pie, derrotó a la que se suponía que era la mejor caballería del mundo, la del emperador. Una humillación en toda regla que demostró que la fuerza bruta no siempre gana. Derrotada en el campo de batalla, Barbar Roja demostró ser un genio de la política. Su plan B fue brillante. Ya que no puedo conquistar Italia desde el norte, la voy a rodear. ¿Cómo? Casando a su hijo Enrique VI con Constanza, la heredera del poderoso reino de Sicilia en el sur. De repente, los territorios del Papa estaban atrapados en una pinza, una jugada maestra que aseguraba que la pelea por Italia iba a continuar. Al final de todo este recorrido, después de siglos de lucha, hubo un ganador claro. La verdad es que no. Lo que sí dejó esta pugna fue un legado enorme. Dio forma a Europa y plantó la semilla de lo que un día sería la separación entre iglesia y estado. Pero la gran pregunta sigue en el aire. ¿Se llegó a resolver algo o esta lucha de titanes solo sirvió para preparar el campo de batalla para las guerras que estaban por venir?