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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre

03 05 La plenitud del siglo XIII en los Estados del Occidente europeo

La plenitud del siglo XIII en los Estados del Occidente europeo. Francia durante el Siglo de San Luis. Monarquía y revolución en Inglaterra | Los inicios del parlamentarismo. Las monarquías ibéricas en la plenitud del Medievo. Tercera parte | La plenitud del Medievo (siglos XI al XIV) | La expansión del Occidente europeo.

Transcripción

Pensemos por un momento en un mundo sin países, al menos no como los conocemos hoy. Pues bienvenidos al siglo XI, un auténtico campo de batalla de ideas y de espadas donde empezó a nacer precisamente eso, el estado. Fue una época de reyes que soñaban con ser emperadores, de nobles que no se lo iban a poner fácil y de unas cuantas ideas tan potentes que, bueno, cambiaron el mopa de Europa para siempre. Ser emperador en su reino. Esta frase que se oía en todas las cortes de la época era mucho más que un dicho. Era toda una declaración de intenciones. Los reyes estaban hartos de ser simplemente el primero entre iguales. Querían ser la autoridad suprema, indiscutible. Y este deseo, aparentemente tan simple, fue la chispa que encendió los mayores conflictos del siglo. Para conseguir ser emperadores en su reino, los monarcas tenían, por así decirlo, una guerra en dos frentes. Por un lado, el frente interno. Tenían que someter a sus propios nobles, que a menudo eran casi tan poderosos como ellos, y por otro, el frente externo. Tenían que quitarse de encima la autoridad de los dos grandes poderes universales de la cristiandad, el papado y el sacro imperio. Y para entender bien esta lucha, vamos a seguir este recorrido. Primero, la batalla de las ideas, que es fundamental. Luego nos meteremos de lleno en los casos de Francia e Inglaterra, que son como la noche y el día. Después viajaremos al camino único que se siguió en la península ibérica y al final juntaremos todas las piezas para ver cómo se pusieron los cimientos del estado moderno. Antes de las batallas con ejércitos se libró una batalla crucial en el terreno de las ideas. Para que los reyes pudieran centralizar el poder, necesitaban algo más que soldados. Necesitaban una justificación, una nueva teoría política que dijera bien alto que su autoridad estaba por encima de la de cualquier noble y, ojo, también de la del Papa o el emperador. Y aquí es donde entran en escena los intelectuales. Figuras como Juan de Salsbory en Inglaterra o Vicente de Bobes en Francia empezaron a hablar del estado como si fuera un cuerpo vivo, algo casi sagrado e independiente de la Iglesia. Pero el que les dio la munición definitiva fue Tomás de Aquino. Al decir que la monarquía era una forma de gobierno natural y positiva, no un mal necesario, les estaba dando a los reyes la justificación filosófica perfecta para reclamar todo el poder. Estas ideas fueron sus mejores armas. Empezamos con el primer gran caso de estudio, Francia. Aquí, el camino hacia un estado fuerte y centralizado tiene un nombre propio, Luis Noveno, más conocido como San Luis. Su genialidad fue construir su poder no solo con la espada, sino sobre una base de autoridad moral y un carisma que lo hacían parecer casi un santo en vida. El plan francés se ejecutó como una partida de ajedrez. Sobre las bases que ya había puesto Felipe Augusto, Luis Novo dio los jackes mate. Primero, un golpe militar clave en Saints en el 42 contra los ingleses. Luego Diplomacia Pura. Con el Tratado de Corbale en el 58, cierra la frontera sur con Aragón. y la jugada maestra, el tratado de París un año después que obligaba al rey de Inglaterra a declararse su vasallo, una humillación que, como os podéis imaginar, traería cola. Pero la verdadera arma secreta de Luis Noveno fue su imagen. Él creó literalmente un nuevo modelo de rey, el santo laico. A ver, no era un cura, era un rey guerrero, pero su fama de justo y piadoso era tal que su poder parecía venir directamente de Dios, sin intermediarios, sin necesitar la bendición del Papa. Y esto, claro, era revolucionario, le permitía ser la máxima autoridad moral y a la vez la máxima autoridad política. Y esa autoridad moral la transformó en poder real sobre el terreno. ¿Cómo? Pues muy fácil. Primero llenó el reino de sus ojos y oídos, sus agentes, los bailíos y senescales. Luego, para que estos no se corrompieran, creó a los enqueters una especie de inspectores de asuntos internos de la época. Y el paso definitivo, sus leyes, las ordonances, empezaron a aplicarse en todo el reino por encima de las leyes de cualquier señor feudal. El estado francés estaba naciendo. Vale, esta es la foto en Francia, un rey cada vez más fuerte centralizando poder. Pero si cruzamos el canal de la Mancha en Inglaterra, la historia que se estaba escribiendo era radicalmente opuesta. Aquí se ve el contraste de una forma brutal. El éxito del modelo francés llevó a una monarquía carismática muy personalista que con el tiempo acabaría en el absolutismo. En Inglaterra, sin embargo, fue el fracaso del rey lo que llevó a una monarquía constitucional donde el poder tenía que pactarse y compartirse. Dos caminos totalmente distintos. Vamos ahora con el caso inglés. Y es una historia fascinante porque aquí el Estado moderno no nace del éxito de un rey fuerte, sino de su fracaso más absoluto. Fue la debilidad del rey, lo que obligó a firmar un pacto que cambió la historia de Occidente para siempre. El protagonista de este lío fue el rey Juan, conocido como Juan Sintierra, y su reinado fue básicamente un desastre continuo. Perdió casi todas sus tierras en Francia, se peleó con el Papa y lo excomulgaron. y para rematar, tras una derrota humillante, quiso subir los impuestos de guerra a sus nobles. Esa fue la gota que colmó el vaso. Los varones se revelaron y en 1215 el rey, solo y acorralado, no tuvo mal remedio que firmar un documento. Ese documento era la Carta Magna. Y aquí viene lo interesante. Aunque la rebelión la montaron los nobles para proteger sus propios intereses, el texto acabó dando garantías a casi todo el mundo. Protegía a la iglesia, a los comerciantes e incluso establecía principios básicos para todos los hombres libres, como que nadie podía ser encarcelado sin un juicio justo. Por primera vez, el poder de un rey quedaba limitado por ley, por escrito. La carta magna fue solo el primer asalto. El pulso entre el rey y el reino siguió durante décadas y otra gran crisis, esta vez bajo el reinado de Enrique Io, iba a provocar una innovación política todavía más radical. El protagonista, esta vez es un noble rebelde, Simón de Monfort. En 1265, en plena guerra contra el rey y necesitado de apoyos, tuvo una idea revolucionaria. convocó una asamblea, un parlamento, pero hizo algo que nadie había hecho antes. Además de a los grandes nobles de siempre, llamó a representantes de los condados, caballeros y de las ciudades burgueses. De repente, la política dejaba de ser solo cosa de la alta nobleza. La pregunta es inevitable, ¿es este el nacimiento de la Cámara de los Comunes? Pues todo apunta a que sí. Aunque el sistema aún tardaría en consolidarse, la idea radical de que la gente común, a través de sus representantes debía tener voz y voto en las decisiones del reino, esa idea nació justo ahí. Bueno, dejamos las islas y nos vamos al sur, a la península ibérica. Aquí la construcción del estado sigue una lógica completamente distinta, marcada a fuego por un hecho que lo condiciona todo, la guerra de siglos contra el Andalus, la reconquista. El siglo XI fue el gran siglo de los reinos cristianos ibéricos. La victoria en las navas de Tolosa en 1212 abrió la puerta del sur y a partir de ahí el avance fue imparable. Castilla y León se hacen con el corazón de al andaluz, con Córdoba y Sevilla. Portugal completa su territorio llegando al Algarve y Aragón, al ver cerrada su expansión hacia Francia, se lanza la aventura mediterránea. Y esta dinámica de guerra y de tener que repoblar territorios crea una institución política muy particular, las Cortes. eran asambleas donde a diferencia del resto de Europa, los representantes de las ciudades, el tercer estado, se sentaron junto a nobles y clérigos desde muy pronto. De hecho, ojo al dato, el reino de León fue pionero absoluto. Convocó a los burgueses a su asamblea en 1188, casi un siglo antes que el famoso parlamento de Montfort en Inglaterra. Llegamos ya al final de nuestro recorrido. Hemos visto tres formas muy diferentes de construir un estado en pleno siglo XI. Ahora toca ponerlas una al lado de la otra. comparar sus legados y entender cómo marcaron el futuro de Europa. Vamos a resumirlo. Por un lado, tenemos el modelo francés, un poder carismático centralizado en el rey que puso las bases del futuro absolutismo. Por otro, el modelo inglés, un poder limitado, pactado, con el parlamento como pieza clave, que es la semilla de la democracia parlamentaria. Y finalmente, el modelo ibérico, un estado militante forjado en la guerra, donde las cortes actuaban como un espacio de negociación constante entre el rey y el reino. Tres caminos, tres herencias muy diferentes. Obviamente los estados modernos no aparecieron de un día para otro, pero la idea clave es esta. Los planos, los cimientos sobre los que se construirían los estados europeos se dibujaron en este siglo. Las instituciones, las ideas de poder y las relaciones de fuerza que nacieron aquí definieron el rumbo de Europa durante los siguientes 500 años. Y esto nos deja con una última pregunta en el aire. Hemos visto tres modelos, el del poder absoluto, el del poder pactado y el del poder forjado en la guerra. A largo plazo, ¿cuál de ellos ha definido realmente el mundo en el que vivimos? Quizás la respuesta es que todavía hoy seguimos viviendo en la tensión que crearon los tres.