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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
03 06 El triunfo de la teocracia pontificia
El triunfo de la teocracia pontificia.
Inocencio III | Árbitro de los destinos de la Cristiandad.
Federico II | Última tentativa imperialista de los Staufen.
La disolución del eje imperial Ítalo Alemán | El Gran Interregno y la irrupción angevina en Italia.
Tercera parte | La plenitud del Medievo (siglos XI al XIV) | La expansión del Occidente europeo.
Transcripción
Hoy nos metemos de lleno en una de las luchas de poder más épicas y determinantes de la Edad Media. Hablamos del conflicto de casi un siglo entre el papado y el Sacro Imperio Romano germánico por ver quién mandaba de verdad en Europa. La pregunta que nos va a guiar es clave, porque a ver, a finales del siglo XI todo parecía indicar que el emperador tenía la sartén por el mango y sin embargo, unas décadas después el Papa era el que movía los hilos el árbitro de reyes y reinos. ¿Qué pasó ahí? ¿Cómo se dio la vuelta a la tortilla de esa manera? Pues todo empieza, como tantas veces en la historia, con una oportunidad, un vacío de poder. A finales del siglo XI, la muerte totalmente inesperada del emperador Enrique VI crea el momento perfecto, la tormenta perfecta para que el papado se reafirmara con una fuerza nunca vista. Fijaos bien en esta cronología porque es brutal. En menos de 10 años, el imperio pierde a sus dos líderes más carismáticos. La muerte de Barbara Roja en la cruzada fue un palo, desde luego. Pero es que la de su hijo Enrique VI, tan joven, dejó a la dinastía Staufen temblando. Con un heredero que era solo un niño, Alemania se convirtió en un auténtico polvorín partido en dos entre huelfos y gibelinos. Vamos, los que apoyaban al Papa y los que apoyaban al emperador. Y en medio de ese caos imperial emerge una figura absolutamente monumental, uno de los papas más inteligentes y estratégicos de la historia, Inocencio I. Y él, desde luego, no iba a dejar pasar ese tren. Vale, aquí hay que pararse un momento porque este concepto lo es todo. La plenitudo potestatis. Esto no era una simple idea de teólogos. Que va, era una bomba política. Significaba ni más ni menos que el Papa, como vicario de Cristo en la tierra tenía la autoridad final sobre todo el mundo, incluidos los reyes y el mismísimo emperador. Ya no era solo un líder espiritual, aspiraba a ser el juez supremo de toda la cristiandad. Y esta lista es la prueba de que no se andaba con Chiquitas. Inocencio Io no teorizaba sobre el poder, lo ejercía sin complejos. En Alemania jugó a dos bandas con los candidatos al trono. En Sicilia era el tutor del futuro emperador. Se enfrentó al rey de Francia por un asunto de su matrimonio y hasta humilló al rey de Inglaterra, Juan Sintierra, precipitando la crisis que llevaría a la famosa carta magna. Desde Bulgaria hasta Aragón, reinos enteros se declaraban sus vasallos. Una pasada. Y el punto culminante, la apoteosis de todo este poder, llega en el año 1215. Inocencio Io convoca el cuarto concilio de Letrán. Fue la mayor asamblea de la iglesia en siglos. Que vinieran representantes de todos los rincones de Europa demostró una cosa. En ese momento el Papa era sin discusión la figura más poderosa de la cristiandad. Pero la historia, claro, siempre tiene giros de guion. Tras la muerte de Inocencio Io, aquel niño del que había sido tutor, Federico Roger, convertido ya en el emperador Federico II, se iba a transformar en el mayor y último desafío imperial a esta teocracia pontificia. Sus contemporáneos lo llamaban Stupor Mundi, el asombro del mundo. Y ojo, que el apodo le venía que ni pintado. Era un hombre de una cultura desbordante. Hablaba un montón de idiomas, era científico, legislador, diplomático. Una figura fascinante, pero también enormemente controvertida. A ver, lo más interesante de Federico es la contradicción que marcó todo su reinado. Por un lado, en su reino de Sicilia era un monarca casi absoluto, muy moderno, centralizado. Ahí están sus famosas constituciones de Melfi, para demostrarlo. Pero luego, como emperador en Alemania, su poder era mucho más débil. Allí era un primero entre iguales, siempre dependiendo de los príncipes. Era como tener dos personalidades políticas a la vez. Y esta dualidad se veía en cómo lo percibía la gente. Para sus enemigos, sobre todo para el papado, era un hereje, poco menos que el anticristo, pero para sus partidarios era una figura casi mesiánica, el que iba a traer una nueva edad de oro. Pocos líderes en la historia han provocado opiniones tan salvajemente opuestas. O lo amaban o lo odiaban. Su reinado fue un choque de trenes constante con el papado. Es que hizo cosas increíbles como liderar una cruzada estando excomulgado y para má Sinriry recuperó Jerusalén negociando sin derramar sangre, algo que enfureció todavía más a Roma. Aplastó a las ciudades italianas aliadas del Papa, pero los papas no cedieron un milímetro. Al final, tras otra excomunión, su estrella militar empezó a apagarse. La derruta en Parma fue el principio del fin. La muerte de Federico II en 1250 no fue solo el final de un hombre extraordinario, fue el colapso definitivo de todo el proyecto imperial de la dinastía Staufen. Mirad la velocidad del derrumbe. Es que es vertiginoso. Su sucesor, Conrado IV, muere 4 años después y en 1268 su nieto Conradino, el último de la estirpe, es ejecutado en una plaza pública en Nápoles. En menos de 20 años, la casa de Suavia, que había dominado Europa durante un siglo, fue completamente aniquilada, borrada del mapa. Con los Staufen fuera de juego, Alemania se sumió en un caos total, un periodo que se conoce como el gran interregno. Sin un poder central, los nobles hicieron dueños de sus territorios y las ciudades tuvieron que unirse en ligas para poder defenderse. El sueño de un imperio universal se había hecho añicos. Así que llegamos al punto crucial. La victoria del Papa y la caída del imperio no significaron una vuelta al pasado. Todo lo contrario, dieron lugar a un mapa político de Europa completamente nuevo, uno con unas consecuencias que nadie, ni siquiera en Roma podía llegar a imaginar. A ver cómo se recolocan las piezas. Primero, el Papa, para asegurarse de que no quede ni el recuerdo de los Staufen, llama a un príncipe francés, Carlos de Anju, y le dice: "Conquista Sicilia. Segundo, los franceses, los sanju, se instalan en el sur de Italia como fieles aliados del Papa. Y tercero, en Alemania se elige a un emperador de perfil bajo, Rodolfo de Absburgo, que básicamente renuncia a meterse en Italia y se centra en sus propios territorios en Austria. Ahí, sin saberlo, estaban haciendo el futuro poder de los Absburgos. Esta tabla resume la transformación a la perfección. El conflicto principal ya no es imperio contrapapado, ahora serán los papas contra las nuevas monarquías. En Alemania el poder está fragmentado, pero con los Habsburgos cogiendo fuerza. En el sur de Italia, los Anju han sustituido a los Staufen. Y ojo, ojo, a la última fila, un nuevo jugador entra en el Mediterráneo. Y es que justo cuando el papado creía que tenía la partida ganada con sus aliados franceses bien colocados en Sicilia, va y ocurre algo totalmente inesperado. En 1282, el pueblo siciliano se levanta en armas contra el dominio francés, una revuelta masiva conocida como las vísperas sicilianas. Y esta revuelta le abrió la puerta de Italia a un nuevo poder, la corona de Aragón. Y esto nos deja con la gran ironía que cierra toda esta historia. El papado ganó. Ganó su guerra de un siglo contra el imperio, pero al destruir a su viejo gran rival, sin quererlo, abrió la caja de Pandora. Creó un mundo nuevo, un mundo de reinos nacionales mucho más fuertes y ambiciosos como Francia, Aragón o Inglaterra. La victoria fue total, sí, pero a la larga fue una victoria pírrica. El papado se deshizo de un gigante solo para encontrarse un siglo después rodeado de muchos nuevos rivales.