← Volver al buscador
HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
03 11 Hacia la ruptura del equilibrio en la Europa occidental
Hacia la ruptura del equilibrio en la Europa occidental.
Los últimos Capeto | El desplazamiento hacia Francia de la pugna Estado Iglesia.
La Inglaterra de los primeros Eduardos | La lucha por la estabilidad constitucional.
Los reinos hispano cristianos | Dificultades internas y expansión exterior.
Tercera parte | La plenitud del Medievo (siglos XI al XIV) | La expansión del Occidente europeo.
Transcripción
Bueno, arranquemos. Imaginen por un momento la Europa de mediados del siglo XI. A simple vista, todo parece en calma, en un equilibrio casi perfecto. Las grandes monarquías, como Francia o Inglaterra parecen más fuertes que nunca. Pero, ¿y si esa calma fuera en realidad la calma que precede a la tempestad? Una tormenta que lo iba a cambiar absolutamente todo. Y es que justo ahí está la clave de todo. Esta frase lo resume a la perfección. Esa aparente estabilidad era como una fina capa de hielo. Por debajo, sin que se viera, las tensiones crecían y crecían entre los reinos dentro de las propias instituciones. Era una olla presión a punto de reventar. El equilibrio estaba condenado a romperse. Entonces, la gran pregunta es, ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué chispas encendieron la mecha alrededor del año 1300 para que todo saltara por los aires? ¿Qué fuerzas, qué personajes, qué decisiones llevaron a Europa al borde de una de sus crisis más profundas? Pues eso es lo que vamos a desgranar. Vamos a verlo reino por reino. Y nuestro viaje empieza en Francia. ¿Por qué? Porque fue en muchos sentidos el epicentro del terremoto y en el ojo de su huracán nos encontramos con un personaje fascinante y la verdad bastante temible. Hablamos del rey Felipe IV. Le llamaban el hermoso, pero ojo que el apodo no engañe. Pasó la historia con mucha más justicia como el rey de hierro. Para entender a Felipe es que hay que mirar a su abuelo. El contraste es brutal. Por un lado está Luis I, o sea, San Luis, un rey tan justo, tan pío, que construyó una auténtica leyenda dorada para la corona francesa. Y en el otro extremo está él, Felipe, un tipo que sí era muy devoto, pero que a la vez era un político absolutamente implacable. Se le ha llamado hipócrita, cruel y desde luego se ganó a pulso su propia leyenda negra. Pero a ver, toda esa dureza no era gratuita. Tenía un plan muy muy claro. Rodeado de consejeros que eran unos genios pero que tenían cero escrúpulos, Felipe se puso a forjar una nueva Francia. Lo centralizó todo, modernizó la administración hasta convocó los primeros estados generales. Quería que toda la nación remara en la misma dirección la suya. Y, por supuesto, se lanzó a expandir sus dominios. Y aquí viene lo gordo, porque al intentar arrebatarle la guillena a los ingleses estaba plantando la semilla de un conflicto que duraría más de un siglo, la guerra de los 100 años. Pero si pensamos que eso era todo, nos equivocamos. Su jugada más atrevida, la más espectacular estaba por llegar. se atrevió a desafiar al poder con mayúsculas de la cristianidad medieval, el mismísimo papado. Y esto, ojo, no era una simple pelea por dinero o por tierras, no. Era un choque de trenes. Por un lado, la nueva idea de un rey con poder absoluto en su nación. Por el otro, la autoridad universal del Papa sobre todos los cristianos, reyes incluidos. Y la cosa se calentó rapidísimo. Todo empieza en el 96, cuando el Papa Bonifacio VI prohíbe a los reyes cobrar impuestos a la Iglesia. Claro, llega el año 1300, el primer jubileo, un éxito tremendo y Bonifacio se siente pletórico. Así que en 1302 saca la artillería pesada, la bula Unam Santam. Básicamente decía que para salvarse había que obedecer al Papa. ¿Y qué hace Felipe? Pues responde a lo bestia. Ese mismo año envía uno de sus hombres a Anagni y lo que pasó allí fue una humillación sin precedentes, una agresión en toda regla al vicario de Cristo. El resultado de este pulso fue una victoria aplastante para el rey de Hierro. Bonifacio VIIO murió al poco tiempo. Dicen que de la pura humillación. Y unos años después, en 1309, el nuevo Papa, Clemente V, que era francés, hace algo impensable. Traslada toda la corte papal a Aviñón, o sea, a un territorio bajo control francés. El papado se convirtió en un títele de la corona francesa durante casi 70 años. El gran poder universal de la Edad Media había sido puesto de rodillas. Vale. Con el Papa en el bolsillo, Felipe IV ya tenía vía libre para su siguiente gran jugada y puso sus ojos en un premio muy muy jugoso. Hablamos de una orden de monjes guerreros increíblemente ricos, superperosos, pero que se habían quedado un poco sin trabajo tras perderse Tierra Santa. Exacto. Los caballeros templarios en la práctica funcionaban como el banco del reino. Y Felipe, bueno, Felipe siempre necesitaba dinero, claro. No podía simplemente atacarlos y quedarse con su dinero. Necesitaba una buena excusa y lo que hizo fue montar una campaña de desprestigio como no se había visto nunca. Las acusaciones eran de lo peor que alguien se podía imaginar en esa época, que si blasfemaban, que si eran herejes, que si hacían ritos satánicos, que si practicaban la sodomía, de todo. Y con esa excusa se lanzó una redada masiva por todo el reino, arrestos, torturas, juicios que eran una farsa. El golpe de gracia llegó en 1312. Felipe presionó de tal manera que el concilio de Biene no tuvo más remedio que disolver oficialmente la orden del temple. Dos años más tarde, para rematar la faena, el último gran maestre, Jackes de Demoley acababa en la hoguera en París. Fin de los templarios. Aniquillados y todo su inmenso tesoro, claro, confiscado por la corona. Dejamos Francia con su rey todopoderoso y cruzamos el Canal de la Mancha. Vamos a Inglaterra. Aquí la historia es distinta. La crisis no vino de un rey que lo aplastaba todo, sino de una lucha interna, un tira y afloja constante por el equilibrio de poder entre el rey, la ley y sobre todo los nobles, los varones. Con Eduardo I en el trono, a quien llamaban el yustiniano inglés, Inglaterra llegó a ser probablemente el estado mejor organizado de toda Europa. Su gran legado fue el llamado Parlamento Modelo de 1295. Esto fue un paso de gigante porque consolidó la Cámara de los Comunes y creó un sistema donde el rey y el parlamento, digamos, se controlaban mutuamente, un equilibrio que funcionaba. Pero claro, ese equilibrio era superdicado, dependía mucho de quién estuviera en el trono. Y aquí vemos dos carras de la misma moneda, dos reyes, dos destinos. Por un lado, Eduardo Io, un legislador, un guerrero, un rey con mayúsculas. y por otro su hijo Eduardo Segund, que fue, "¿Para qué nos vamos a engañar?" Un auténtico desastre. Su reinado fue un caos de favoritismos como el que tenía con un tal Pedro Gavestone y eso le puso en guerra abierta con la nobleza y con el parlamento. Y aquí está la gran paradoja, ¿no? Resulta que el país con el sistema político más avanzado de Europa estuvo a un pelo de autodestruirse en una guerra civil. El clímax de todo este lío llegó en 1327 y este película. Eduardo Segund es forzado a abdicar por su propia mujer, la reina Isabel, y el amante de esta, Roger Mortimer. Después de eso, el rey simplemente desapareció. Un final bastante oscuro y misterioso. Bueno, y ahora nos vamos más al sur, a la península ibérica. Aquí nos encontramos con una situación también muy particular. Tanto en Castilla como en Aragón se da una contradicción que marca toda esta época. Mientras por fuera eran una potencia en expansión arrolladora, por dentro vivían en una debilidad y una inestabilidad constantes. Este esquema lo deja clarísimo. Por un lado, los éxitos fuera de casa están por las nubes. Una expansión militar y comercial increíble, pero por otro la estabilidad interna está por los suelos. ¿Por qué? Por la lucha sin cuartel entre los reyes y sus nobles, que no paraban de desafiar su autoridad y de debilitar al reino desde dentro. Si miramos a Castilla, vemos a reyes como Sancho IV o Fernando IV peleando en dos frentes a la vez. Por un lado, contra su propia nobleza, muy rebelde, y por otro contra los benimerines del norte de África para controlar el estrecho. En Aragón la historia era parecida. Los reyes se expandían por todo el Mediterráneo, conquistando Sicilia, Cerdeña, pero para conseguirlo tenían que hacer concesiones a su aristocracia. Y mientras esto pasaba, Portugal con el rey Don Dionis estaba viviendo una época de bastante tranquilidad, de consolidación y de crecimiento. Y lo más increíble es que todo esto está pasando al mismo tiempo. Es un no parar. Mientras la corona de Aragón se mete de lleno en Italia con las famosas vísperas sicilianas, Castilla está en el sur tomando plazas clave como Tarifa y dándoles un golpe durísimo a los norteafricanos en la batalla del Salado. Y a la vez, Portugal y Castilla están firmando el tratado de alcañices para fijar sus fronteras. Vamos, que la península era un auténtico herbidero. Bueno, hemos hecho un viaje rápido por Francia, Inglaterra y la península ibérica y es fundamental entender que nada de esto son historias separadas, son piezas del mismo puzzle. Todo lo que hemos contado es en realidad el prólogo, el aperitivo de la gran crisis que va a marcar todo el siglo XIV. Lo que estamos presenciando es ni más ni menos que el fin de una era. Aquí está el gran cambio, la idea central de todo esto, esa idea tan medieval de que había dos grandes poderes universales por encima de todos, el Papa y el emperador. Esa idea se está muriendo. ¿Y qué nace en su lugar? Pues algo nuevo, los estados nación, reinos centralizados, fuertes y bastante egoístas que miran por sus propios intereses y su manera de hablar entre ellos muy a menudo va a ser la guerra. Y si conectamos los puntos, vemos que las grandes desgracias del siglo XIV salen directamente de aquí. La humillación del Papa a manos del rey de Francia nos lleva directos al papado de Aviñón y después al caos del cisma de Occidente. La pelea entre Francia e Inglaterra está ya en la brutal guerra de los 100 años y esas luchas internas entre reyes y nobles se convierten en guerras civiles endémicas en sitios como Castilla o Inglaterra. Y todo esto nos deja con una pregunta final, una pregunta para darle vueltas. Cuando vemos cómo se desmorona ese viejo mundo medieval y cómo no hacen estas nuevas monarquías mucho más autoritarias, más agresivas, la pregunta es casi obligada. ¿La Europa de las naciones, la que de alguna forma llega hasta hoy, tenía que nacer así a través de la violencia? Porque lo que parece claro es que el camino hacia el Estado moderno se construyó sobre las ruinas de un equilibrio que se rompió para no volver jamás.