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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

03 Isidoro de Sevilla | Definición isidoriana de filosofía y dialéctica

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Pensemos en el reto monumental que supone organizar todo el conocimiento del mundo en un único lugar. Pues bien, en el siglo VI, un erudito Isidoro de Sevilla se lanzó precisamente a esa empresa. Su gran obra, Las etimologías, es como un mapa fascinante de su mente, una guía para entender cómo veía el mundo. Hoy nos vamos a adentrar en ese mapa para explorar cómo estructuró el pensamiento, centrándonos en dos conceptos clave: la filosofía y su herramienta más poderosa, la dialéctica. Este será nuestro recorrido. Partiremos de su concepto de filosofía. Veremos cómo la divide en tres grandes ramas y de ahí nos meteremos de lleno en la disciplina de la verdad, la dialéctica. Después la pondremos frente a frente con la retórica y terminaremos con una metáfora visual potentísima que lo ata todo. Empecemos. Pues para Isidoro, la filosofía no era para nada un ejercicio intelectual abstracto de esos de torre de marfil. era algo mucho más fundamental, un saber para vivir, o sea, una guía práctica para la vida. Y aquí tenemos su definición clave. Lo que es realmente fascinante es cómo une dos mundos, el del conocimiento y el de la acción. No se trapa para él de simplemente acumular datos sobre las cosas humanas y divinas, sino de que todo ese saber tenga un propósito vital, ser una guía para una vida recta y reprochable. Así que aquí está el punto crucial. Para Isidoro, la filosofía tiene dos caras que son, bueno, inseparables. Por un lado, está la dimensión cognitiva, ese afán por entenderlo todo desde lo más terrenal a lo más trascendente, y por otro la dimensión práctica, que es el impulso ético de aplicar ese conocimiento a la propia existencia. Saber y vivir, en definitiva, son las dos caras de la misma moneda. Es interesante, además, que Isidoro no concebía la filosofía como un catálogo de verdades ya cerradas. hacía una distinción muy clara entre ciencia, que es aquello que se conoce con un fundamento sólido, y opinión, que es lo que todavía permanece incierto y necesita ser investigado. O sea, que para él la filosofía era tanto un cuerpo de saber como un motor para hacerse preguntas. Vale, pues pasemos a ver cómo se organiza todo este campo del saber. Isidoro, que era un gran sistematizador, nos ofrece una estructura muy clara dividida en tres partes y aquí la tenemos. La filosofía se divide en tres grandes áreas. Primero, la filosofía natural o física que se ocupa de estudiar la naturaleza. Segundo, la filosofía moral o ética que se centra en las costumbres, en cómo vivir honestamente. Y tercero, la filosofía racional o lógica, que no es otra cosa que el estudio de la propia razón, de cómo buscar la verdad en las otras dos ramas. Y este punto es fundamental. La lógica no es una rama más sin más. Es la caja de herramientas de todo el sistema. Es la disciplina que nos enseña a razonar correctamente, a poder investigar la naturaleza y la moral de una forma rigurosa. Podríamos decir que es el motor que impulsa la búsqueda de la verdad en todo el edificio del saber. Si la lógica es esa caja de herramientas, ahora vamos a fijarnos en la herramienta más importante que hay dentro. Para Isidoro, esta es la dialéctica, la auténtica disciplina de la verdad. Esta definición es de una precisión increíble. Fijaos, la dialéctica no se queda en la superficie, en lo aparente. Su objetivo es ir al fundamento de las cosas y su función principal es puramente epistemológica. Es la disciplina que enseña a separar a través del argumento lo que es verdadero de lo que es falso. A ver, si desglosamos sus funciones, vemos que busca las causas, define conceptos, investiga a fondo y expone los resultados, siempre con la verdad como norte. Es muy importante esa conexión que establece con el término griego lectos, que es la expresión del pensamiento. Esto es crucial. El foco se pone en el rigor del pensamiento, no en la elocuencia de la palabra. Con la dialéctica no importa tanto sonar bien como pensar bien. Y claro, esta distinción nos lleva de cabeza a la comparación con la otra gran disciplina de la lógica, la retórica. Ambas utilizan el lenguaje, sí, pero como vamos a ver, sus propósitos son muy diferentes. Aquí está el contraste fundamental. A la dialéctica le preocupa la estructura interna del argumento, su validez si establece o no una verdad. Su interlocutor, por así decirlo, es la propia razón. A la retórica, en cambio, lo que le importa es el efecto, la eficacia para persuadir. Su interlocutor es siempre un auditorio al que hay que mover, al que hay que convencer. Para que esta distinción, que puede parecer un poco abstracta, quede perfectamente clara, Isidoro recupera una metáfora antiquísima y brillante de un erudito romano, Barrón. Y la metáfora es esta: la dialéctica es un puño cerrado, la retórica una mano abierta. [resoplido] Es una imagen potentísima, ¿verdad? El puño cerrado de la dialéctica es conciso, preciso. La mano abierta de la retórica es expansiva, amplia, envolvente. Si desarrollamos la metáfora, vemos que el puño, la dialéctica, concentra el argumento, es sutil, es preciso y por eso su hábitat natural es la academia, la escuela, la discusión entre especialistas. La mano, la retórica lo que hace es amplificar el mensaje. Es eficaz para llegar a un público amplio y por eso su lugar es el foro, la plaza pública. Y así llegamos a la síntesis perfecta de esta diferencia. El dialéctico utiliza la lógica para proponer una verdad, para construir un argumento sólido. El retórico, por su parte, utiliza todas las herramientas del lenguaje para convencer a otros de esa verdad o de su apariencia. Y con esto cerramos dejando una pregunta en el aire. Porque la distinción de Isidoro, heredada de la antigüedad, sigue siendo increíblemente relevante. Si observamos el debate público actual, los medios, las redes sociales, ¿qué es lo que predomina? ¿El puño cerrado de la dialéctica que busca la precisión y la verdad, o la mano abierta de la retórica que busca la persuasión a toda costa? La respuesta, desde luego, dice mucho de la salud de nuestra conversación colectiva.