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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
03 Juan Escoto Eriugena 1ª parte
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Vamos a sumergirnos hoy en la mente de Juan Escotoriúena, que es sin duda una de las figuras más fascinantes y, por qué no decirlo enigmáticas de la Alta Edad Media. Estamos hablando de un filósofo irlandés del siglo IX cuya obra no es que solo desafiara las ideas de su época, es que a día de hoy sigue abriendo debates interesantísimos. Y la gran pregunta, el nudo de todo su legado, es justamente esta, ¿dónde lo encasillamos? es que su sistema es tan tan original que baila en esa delcada línea entre la filosofía y la teología y es tan radical que, bueno, durante siglos se le acusó directamente de panteísmo. Así que a lo largo de este análisis vamos a intentar desentrañar juntos este misterio. Para entender bien a Herogenia, lo primero es situarlo en su momento. Pensemos que estamos en una época que a menudo se ve como un poco oscura intelectualmente y de repente su aparición en la corte carolingia fue como un auténtico relámpago de genio neoplatónico, o sea, una corriente de pensamiento que intentaba nada menos que fusionar la filosofía de Platón con un misticismo muy profundo, un enfoque de una audacia especulativa que para su tiempo era algo sin precedentes. Su vida, como vemos, transcurre en un momento clave. nace en Irlanda, que en aquel entonces era un auténtico faro de saber y claro, su talento lo acaba llevando a Francia. Allí, su increíble dominio del griego, algo rarísimo en la época, le permite traducir obras que eran fundamentales como las del pseudo Dionisio. Este es un autor misteriosísimo cuyas obras místicas sobre la jerarquía divina se van a convertir en la piedra angular de todo su sistema que culminará, como no, en su gran obra sobre la división de la naturaleza. Bien, vayamos ahora al núcleo de su pensamiento. ¿Cómo consiguió conciliar la fe cristiana con la razón filosófica? Porque es aquí, justo aquí, donde Eugenia se vuelve un auténtico revolucionario. Propone una síntesis que básicamente dinamita las fronteras tradicionales entre ambas. Y aquí está lo interesante de verdad. Para Eugenia, en el fondo, no hay una distinción real. Él ve la fe como el punto de partida, sí, el fundamento de todo, pero al mismo tiempo define la filosofía como la propia comprensión de esa fe. Es como un círculo virtuoso. La razón no es una simple sirvienta de la teología, es su compañera íntima en esa búsqueda de la verdad. Este punto es absolutamente crucial y es una herencia directa del neoplatonismo. A ver, la idea es esta. La naturaleza divina, al ser infinita, no puede ser contenida por nuestras categorías que son finitas. No tiene una esencia como la que tienen, no sé, una mesa o una piedra. ¿Y qué significa esto? Pues que Dios en lo más profundo de su ser más allá de lo que podemos conocer directamente. Solo podemos acercarnos a él a través de los símbolos y las teofanías, esas manifestaciones divinas que encontramos en el mundo. Y esto nos lleva de cabeza a su obra maestra de división en Nature, que no es un libro cualquiera, eh, es uno de los primeros intentos monumentales de la Edad Media por construir un sistema total, filosófico y teológico que explique la realidad entera, desde su origen en Dios hasta su glorioso retorno a él. Una pasada. Eriugena lo estructura todo en estas cuatro divisiones. Es un ciclo cósmico completo. Empieza con la fuente de todo, pasa por las ideas primordiales, luego por el mundo que vemos y tocamos y finalmente regresa su origen. Vamos a ver qué significa cada una de estas etapas un poco más a fondo. Esta tabla lo deja clarísimo. La primera naturaleza es Dios como causa primera, el manantial de donde brota el ser. La segunda son las ideas arquetípicas en la mente divina, como los moldes de todo lo que va a existir. La tercera es, bueno, el universo que experimentamos con todas sus criaturas. Y la cuarta, que a primera vista parece idéntica a la primera, en realidad es Dios como destino final, el punto al que toda la creación anhela volver. Es un sistema superdinámico de emanación y de retorno. Pero claro, este sistema tan grandioso tiene un pequeño problema, o al menos así se vio en su momento. Al describir a Dios manifestándose en la creación, sus ideas se acercaron peligrosamente a una de las herejías más temidas por la ortodoxia, el panteísmo. Y aquí es donde la cosa se pone tensa. Para que nos entendamos bien, el panteísmo lo que dice es que el universo no es que sea distinto de Dios, sino que es Dios. No hay una separación real entre el creador y la creación. Y esta es precisamente la grave acusación que pesó sobre Eriugina durante siglos y que de hecho llevó a la condena de su obra. Fórmulas como esta son el origen del conflicto. Claro, cuando uno lee una frase tan potente como que Dios es el ser de todo, la interpretación panteísta parece casi inevitable. da a entender que la sustancia misma de las cosas es la propia sustancia divina, una idea que choca frontalmente con la ortodoxia cristiana de la creación exniilo, o sea, desde la nada. Entonces, ¿cómo resolvemos este dilema? ¿Eraiugena panteísta o no? Pues la interpretación moderna de su obra nos ofrece una salida muy muy interesante. La clave está en entender bien qué quería decir él con manifestación o teofanía, porque no se trata de una identidad de sustancia, sino de algo mucho más sutil. Aquí está el quid de la cuestión. La defensa de Eriíugena reside en esa diferencia brutal entre identidad y participación. Su postura es lo que se llama un monismo ejemplarista. No es que las criaturas sean Dios, sino que participan del ser de Dios a través de esas ideas ejemplares que están en el verbo divino. Todo es uno, sí, pero lo es en el pensamiento de Dios, no en su sustancia. Es una distinción filosófica que de verdad lo cambia todo. Y esta idea es absolutamente fascinante porque refuerza esa noción de participación. Para Eriugena, el ser humano es un microcosmos. En nuestra naturaleza se juntan todos los niveles de la creación, desde lo más material a lo más espiritual. Somos, por así decirlo, el taller, la oficina donde el universo creado toma consciencia de sí mismo y de su creador. Y así completamos ese gran ciclo de retorno a Dios. Al final, ¿con qué nos quedamos de este pensador tan complejo? Bueno, su influencia fue profundísima, aunque a menudo de forma subterránea, por esas constantes sospechas de herejía, representa un puente único, brillantísimo entre la filosofía griega tardía y todo el pensamiento medieval que estaba a punto de nacer. Quizás esta sea la mejor manera de describir su estilo intelectual. Su pensamiento es denso, muchas veces ambiguo y siempre está expresado con una audacia que empujaba los límites de lo que se podía decir en su época. Estas fórmulas oscuras y osadas son la fuente tanto de su genialidad como de la controversia que le persiguió toda su vida e incluso después. En resumen, y para que quede claro, hemos visto como Eriugena integra la filosofía griega para levantar un sistema monumental y sobre todo como su sutil concepto de participación lo aleja del panteísmo puro, resolviendo así nuestra pregunta inicial. fue, sin lugar a dudas, un pensador que se atrevió a ir muchísimo más allá de los límites que le marcaba su tiempo. Y cerramos con una pregunta que nace directamente de todo lo que hemos visto. Si la fuente de todo lo que existe es, en última instancia, un misterio que no podemos comprender. ¿Qué significa eso para nuestro lenguaje, para nuestra ciencia? ¿Hasta qué punto nuestras descripciones del mundo pueden ser ciertas si aquello en lo que todo se apoya se escapa nuestras palabras? Una cuestión que la verdad sigue resonando con una fuerza tremenda en la filosofía de hoy.