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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II

03 │ TEMPORALIDAD, LENGUAJE Y YO │ Versión simplificada

A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II 2º año UNED Basado en el libro: Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura Autor: San Martín Sala, Javier Creado con NotebookLM - Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q

Transcripción

Hoy vamos a meternos con algo fascinante. Vamos a intentar desmontar esas fuerzas invisibles que, sin que nos demos cuenta, construye nuestra realidad. Solemos dar por sentado el mundo en el que vivimos, claro, pero y si las estructuras más básicas de nuestra experiencia como el tiempo o la idea de quiénes somos, no fueran tan sólidas como parecen? Esta es la pregunta del millón, la que va a guiar todo nuestro recorrido y no va de lo que vemos o tocamos, eh, va de las herramientas que usa nuestra mente para poner orden en el caos del mundo y convertirlo en, bueno, en una vida con sentido. Y aquí los tenemos. Son tres pilares. El tiempo, esa corriente que parece que nos arrastra, el lenguaje, ese sistema con el que nombramos y de alguna manera creamos el mundo. Y el yo, ese centro desde el que supuestamente lo vivimos todo. Venga, vamos a sumergirnos en el primero de ellos. A ver, el tiempo ha sido desde siempre uno de los mayores rompecabezas de la filosofía. Y es que no es solo el tic tac de un reloj para Mada, es la forma misma de nuestra conciencia. Es la tela sobre la que bordamos nuestros recuerdos y nuestras esperanzas. Aquí es donde la cosa se pone de verdad interesante en esta distinción que es fundamental. Por un lado está el tiempo objetivo, el del mundo, el que es universal y se puede medir. Es el tiempo de los relojes, de los calendarios, el que nos pone a todos de acuerdo. Pero por otro lado está el tiempo subjetivo, el tiempo vivido. Es esa sensación que todo el mundo conoce de que una hora puede pasar volando si lo estamos pasando bien o hacerse eterna si estamos esperando algo. Es un tiempo personal, fluido, que es una característica propia de nuestra conciencia. Y ojo que esta idea de que el tiempo es algo interno o algo nuestro no es para nada nueva. San Agustín ya se dio cuenta y lo vio como una construcción de la mente, un presente que presta atención, un pasado que se recuerda y un futuro que se espera. Luego Kant le dio otra vuelta de tuerca proponiendo que el tiempo no es algo que está ahí fuera, sino que es como unas gafas que nuestra mente se pone para organizar la experiencia. Y finalmente, Huser nos dio la que quizás es la clave para entender cómo funciona ese presente nuestro. Pensemos en ello como si estuviéramos escuchando una melodía. Para que la música tenga sentido, no solo oímos la nota que suena ahora mismo. Nuestra mente retiene las notas que acaban de sonar y anticipa las que van a venir. Pues bien, eso es el presente vivo de Huser. No es un instante, un puntito que desaparece, sino un campo dinámico que estira el ahora para que quepa un poquito del antes y un poquito del después. Es ni más ni menos la estructura de nuestra conciencia en acción. Venga, vamos con el segundo pilar. Si el tiempo era el lienzo, el lenguaje son los pinceles y los colores. Muchas veces pensamos que el lenguaje solo sirve para describir una realidad que ya está ahí, pero la filosofía nos enseña que es mucho más poderoso que eso. El lenguaje en realidad crea nuestro mundo. ¡Uf! Esta cita de Merlow Ponti es es demoledora. dice que la palabra no es el signo del pensamiento, sino que es el pensamiento mismo. O sea, lo que nos está diciendo es que nos olvidemos de esa idea de que primero pensamos algo en abstracto y luego le ponemos una etiqueta o una palabra, ¿no? El acto de nombrar algo es el acto mismo de pensarlo, de traerlo a la vida con un sentido claro. Son dos caras de la misma moneda. Pero, a ver, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo llega la palabra a ser el pensamiento? George Herbert meid lo explicó de una forma brillante. Todo empieza con una simple conversación de gestos como la que podría haber entre dos animales. Pero el gran salto, el momento clave, llega con lo que él llama el gesto significante, como una palabra. Una palabra que quien la dice la oye igual que quien la escucha. Al poder ponernos en el lugar del otro sobre nuestro propio gesto, ese proceso social se interioriza y listo, nace el pensamiento como un diálogo con uno mismo. Así que al final el punto crucial es este. El lenguaje lo que hace es meter una pausa entre el estímulo y la respuesta. Y es en esa pausa, en ese espacio que crea el símbolo donde reside la razón, la capacidad de elegir y la posibilidad de construir un mundo de significados que podamos compartir, un mundo humano. Vaya. Y esto nos lleva directos al último y más íntimo pilar, el yo. Ese quién soy que parece el centro de todo, ¿verdad? Pero, ¿y si este yo que sentimos tan sólido fuera en realidad la mayor de las ilusiones? Este es uno de los grandes debates de la filosofía, sin duda. Aquí tenemos básicamente dos grandes bandos. Por un lado, una tradición filosófica desde Decart hasta Huser, que defiende que sí, que hay un yo en el centro de todo, una autoconsciencia que es la fuente de nuestra dignidad. Pero por otro hay una corriente muy crítica que argumenta que ese yo es un espejismo, un producto del lenguaje y de las estructuras sociales. Y los argumentos para desmontar este yo son muy potentes, la verdad. Por ejemplo, el simple pronombre yo nos engaña, nos hace creer que hay una cosa, una entidad constante detrás de esa palabra. Foucault también señaló que la idea de una identidad fija y estable útil para el poder, para controlarnos. Y para rematar, el psicoanálisis nos reveló que una gran parte de lo que hacemos escapa nuestro control consciente. Así que el yo al parecer no sería el capitán del barco. Bueno, entonces, ¿qué? ¿Estamos perdidos? ¿No hay nada que podamos llamar yo? No, no tan deprisa. A lo mejor el error ha sido buscar el yo como si fuera una cosa, un objeto que encontrar y si en vez de eso fuera un proceso, una actividad constante. Aquí vuelve a aparecer George Herberm para echarnos un cable. Él hace una distinción clave entre el mi y el yo. El mi, para entendernos, es el yo social. Es la imagen que tenemos de nosotros mismos y que hemos ido absorbiendo de los demás, de la sociedad. Pero el yo, oh, el yo es nuestra reacción espontánea a ese mi, nuestra chispa creativa. Así que nuestra identidad no es una cosa, sino este diálogo constante entre cómo nos ve la sociedad y cómo reaccionamos nosotros a eso. Y esto no sale de la nada. Eh, mid explica que aprendemos a tener un yo jugando de niños. Cuando un niño o una niña juega a ser otra persona, aprende a verse desde fuera y cuando participa en un deporte de equipo, aprende a adoptar la actitud de todo el grupo, lo que Mitro generalizado. Así, poquito a poco se construye la identidad. Esta analogía de Gilbert Ry es es simplemente brillante. Ilustra a la perfección lo escurridizo que es el yo. Intentar atraparlo es como intentar la ola que generas al nadar. siempre va un paso por delante porque no es un objeto que se pueda mirar, sino que es la acción misma de mirar, de actuar, de ser. Y esta es la gran conclusión de todo nuestro recorrido. El yo, la identidad, no es algo que tenemos como quien tiene un DNI o un nombre, es algo que hacemos continuamente. Es una conversación, una reacción, un esfuerzo constante por dar sentido a nuestra experiencia usando el lenguaje dentro de ese flujo que llamamos tiempo. Y con esto terminamos, pero dejando una última pregunta en el aire. Si nuestra identidad es en el fondo algo social, un diálogo con los demás, ¿qué queda de ese yo cuando la conversación se para y nos enfrentamos al silencio? ¿Quiénes somos en la más absoluta soledad? Ahí lo dejo para reflexionar.