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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
04 03 La crisis espiritual y las nuevas corrientes culturales
La crisis espiritual y las nuevas corrientes culturales.
El Pontificado de Aviñón.
El Cisma y la crisis conciliar.
Hacia la secularización de la teoría política.
Los movimientos heterodoxos.
Las transformaciones intelectuales en la Baja Edad Media.
Cuarta parte | La Baja Edad Media (siglos XIV y XV) | La crisis de la sociedad medieval.
Transcripción
Pensemos en esto. A veces para que algo completamente nuevo pueda hacer, un mundo viejo tiene que venirse abajo. Y bueno, pocas rupturas han sido tan profundas y a la vez tan creativas como la de la Iglesia medieval. Vamos a ver como el colapso de su poder absoluto no fue ni mucho menos un final. Fue más bien el caótico laboratorio donde se empezaron a cocinar las ideas que definen nuestro presente. Esta cita es que lo resume todo a la perfección. La crisis no fue solo una lucha de poder, una simple pelea política, fue una fractura existencial que liberó lo que el autor llama gérmenes espirituales, o sea, como si fueran semillas de un tiempo nuevo que poco a poco crecerían para convertirse en formas totalmente distintas de entender la política, la fe y hasta el propio ser humano. El punto de inflexión, el momento en que todo salta por los aires, llega tras la muerte del Papa Bonifacio VI. La idea de que el Papa era el gobernante supremo de la cristiandad por encima de reyes y emperadores, se hace añicos. Y esto, claro, crea un vacío inmenso, no solo un vacío de poder, sino de sentido. Europa se siente de repente a la deriva, sin un rumbo claro. La primera consecuencia de todo este desconcierto es algo que en su momento fue impensable. El papado abandona Roma y se traslada a Aviñón, en Francia. Es un periodo que a menudo se ha visto como una época de debilidad, de cautiverio, pero la realidad, como vamos a ver ahora, es mucho más compleja y la verdad muy reveladora. Y aquí es donde la historia nos da una sorpresa, porque lejos de ser unos prisioneros, los papas de Aviñón aprovecharon la distancia con el caos de Roma para construir una máquina burocrática formidable. Se convirtieron en auténticos maestros de la administración y las finanzas. De hecho, el papado nunca había sido tan rico ni tan eficiente. Pero claro, aquí estaba el problema. Cada vez se parecía más a un reino terrenal y menos a una guía espiritual. ¿Y cómo lo consiguieron? Pues básicamente con tres estrategias clave. Primero, montaron una administración centralizada, casi como un gobierno moderno. Segundo, se hicieron con el control total de los nombramientos importantes de la Iglesia, lo que les daba un poder inmenso en todos los reinos. Y tercero, y muy importante, desarrollaron un sistema fiscal implacable. La Iglesia recaudaba impuestos por toda Europa con una eficacia asombrosa. Pero claro, esta obsesión por el dinero y el poder fue minando su autoridad moral y sembrando un descontento que no paraba de crecer. Y ese descontento al final estalló en la mayor catástrofe que se podía imaginar. Cuando el papá no intenta por fin volver a Roma, la Iglesia se parte literalmente por la mitad. Durante casi 40 años, Europa tuvo dos papas. Uno en Roma y otro en Abiñón, que se excomulgaban el uno al otro. La cristiandad estaba completamente rota. La cronología de esta crisis es que parece casi surrealista. Empezamos en 1378 con dos papas y cada reino europeo elige un bando como si fuera una guerra. Años después, en 1409, se reúne un concilio para intentar arreglarlo. ¿Y cuál es el resultado? Un tercer papa. Una locura total. Tres papas a la vez. El escándalo era mayúsculo. La solución tuvo que venir desde fuera, desde el poder político en el Concilio de Constanza, que finalmente logró, después de muchos esfuerzos, unificar de nuevo a la Iglesia. Pero ojo, el cisma dejó una idea explosiva sobre la mesa, el conciliarismo. La gente empezó a pensar, "A ver, si los papas pueden fallar de esta manera tan estrepitosa, ¿no debería la autoridad máxima de la Iglesia recaer en un concilio que representa a todo el mundo?" Era una idea revolucionaria, casi democrática, que venía a decir que un concilio podía juzgar e incluso quitar de su puesto a un papa. La idea de la monarquía absoluta del papado estaba herida de muerte. Con la autoridad de la Iglesia por los suelos se abrió una compuerta intelectual. Si el Papa ya no era esa figura suprema e incuestionable, entonces, ¿quién lo era? Pensadores de toda Europa se lanzaron a responder a esa pregunta, imaginando nuevas formas de organizar tanto el poder político como la vida espiritual. Se abrió la veda a nuevas ideas y las respuestas que surgieron fueron fascinantes. Por un lado, tenías a gente como Marcilio de Padoa, que plantea algo asombrosamente moderno. La soberanía reside en el pueblo y la Iglesia debe estar sometida al Estado. Por otro lado, el gran Dante imagina un modelo totalmente distinto, dos soles en el cielo, el imperio y la Iglesia, ambos con un poder que viene directamente de Dios, pero independientes el uno del otro. En cualquiera de los dos casos, el viejo sueño de un papa que gobierna sobre todos ha desaparecido por completo. Pero el desafío también vino desde dentro de la propia fe. Mucho antes de que apareciera Lutero, ya había figuras como John Wcliff en Inglaterra que decían que la única autoridad de verdad era la Biblia, no una jerarquía a menudo corrupta. Sus ideas prendieron con mucha fuerza en Bohemia, en la actual República Checa, con Jan Hus, que además las unió a un sentimiento nacionalista y a una crítica feroz contra la riqueza y la corrupción del clero. Eran, sin duda, los primeros ecos de la reforma protestante. Toda esta crisis institucional, política y religiosa generó, como es lógico, una conmoción tremenda en la cultura y en la mentalidad de la gente. Por un lado, provocó una enorme ansiedad espiritual, pero por otro caldo de cultivo para el nacimiento de corrientes de pensamiento totalmente nuevas y muy audacies. Es que es fundamental entender la angustia que se vivía en la época. Hay que ponerse en su piel con la peste negra todavía en el recuerdo, guerras constantes por todas partes y una iglesia dividida y obsesionada con el poder. Mucha gente se sintió espiritualmente huérfana y esa incertidumbre les llevó a buscar una fe más personal, más interior, lejos de una institución en la que la verdad ya no se podía confiar ciegamente. Y de esta mezcla de ansiedad y de búsqueda surgieron tres grandes respuestas. Por un lado, la filosofía de gente como Guillermo de Okam, que separó la fe de la razón, lo que paradójicamente abrió la puerta a la ciencia empírica. También la llamada deo moderna, que proponía una religiosidad mucho más íntima, una relación directa con Dios sin tantos intermediarios. Y finalmente en Italia el humanismo, que volvió la vista al pasado clásico de Grecia y Roma para encontrar una nueva medida para todas las cosas, el propio ser humano. Y este es el punto clave de todo el cambio. El humanismo no negaba a Dios ni mucho menos, pero sí que cambió el foco. Despertó una confianza totalmente nueva en la capacidad de la persona para crear, para conocer, para transformar el mundo por sí misma. Es el embrión del renacimiento y en el fondo de la mentalidad moderna. Al final, si nos quedamos con una idea, la gran lección de esta crisis es que el derrumbe de un orden monolítico, aunque sea traumático, crea el espacio necesario para que nazca lo nuevo. De las ruinas de aquella teocracia medieval no solo surgió el caos, también surgieron los cimientos de nuestro mundo, la política secular, la ciencia moderna, la fe individual y por encima de todo una nueva y revolucionaria confianza en el potencial del ser humano. No.