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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre

04 04 El Occidente europeo durante la Guerra de los 100 Años

El Occidente europeo durante la Guerra de los 100 Años. Los comienzos del conflicto y las grandes victorias inglesas. Los reinos hispánicos | Nuevos protagonistas de la guerra. Hacia un largo intermedio de paz | 1388 1415. La reanudación de la lucha | El imperialismo lancasteriano y la doble monarquía. La recuperación francesa | Juana de Arco y las últimas etapas del conflicto. Los reinos ibéricos en la primera mitad del siglo XV. Cuarta parte | La Baja Edad Media (siglos XIV y XV) | La crisis de la sociedad medieval.

Transcripción

Hoy nos vamos a meter de lleno en uno de los conflictos que de verdad definieron la Europa medieval. Pero como vamos a ver, la historia es bastante más enrevesada de lo que parece por el nombre. Para empezar, lo primero es lo primero. Hay que desmontar un par de ideas. La famosa guerra de los 100 años ni duró 100 años, fueron 116, ni fue una guerra continua. En realidad fue una serie de conflictos que iban y venían y que acabaron salpicando a casi toda Europa occidental. Vamos, que esto fue mucho más allá de una simple pelea feudal. En esta primera parte vamos a ver cuál fue la chispa que lo encendió todo y cómo las primeras y brutales victorias inglesas pusieron a Francia contra las cuerdas. Bien, ¿cómo empieza todo este lío? Pues no fue por una sola cosa, fue más bien un cóctel explosivo. Por un lado, una crisis dinástica de manual. En 1328, el trono de Francia se queda vacío y claro, Eduardo Iero de Inglaterra dice que es suyo. A eso súmale la eterna disputa por Guillena. Un territorio inglés metido en pleno corazón de Francia y por si fuera poco, la rivalidad económica por el control de Flandes y hasta guerras por delegación en Bretaña y Escocia. Vamos, un polvorín a punto de estallar. Y aquí es donde Inglaterra, la verdad, jugaba con ventaja. Su ejército no era solo la típica caballería pesada de nobles, estaba lleno de arqueros y soldados de a pie, muchos de ellos campesinos libres, los Jen, que venían curtidos de las campañas de Gales y Escocia, eran una fuerza mucho más flexible y sobre todo letar. Y claro, estas novedades militares se notaron enseguida en el campo de batalla. ¿Y de qué manera? Primero aseguraron el canal de la marcha en la batalla del Eclus. Luego en Cres caballería francesa, toda orgullosa, indisciplinada, fue literalmente masacrada por los arqueros. Y ya en Poatier la catástrofe fue total. El mismísimo rey de Francia hecho prisionero. Imaginen el shock. El cronista Frezard lo describe a la perfección porque en los periodos de tregua la pesadilla no paraba. Francia se llenó de bandas de mercenarios que al no tener paga se dedicaban a saquearlo todo. Eran las famosas compañías. Convirtieron la guerra en un infierno constante para la gente de a pie. El resultado de este primer asalto fue la paz de Bretigni en 1360. Y esta cifra, un tercio, lo dice absolutamente todo. Un tercio del territorio francés, incluida la importantísima plaza de Calé, pasó a manos de Inglaterra. Parecía que la monarquía francesa de los Balois estaba acabada, pero la cosa no se quedó ahí ni mucho menos. Ahora vamos a ver cómo el conflicto se desbordó y convirtió la península ibérica en un nuevo e inesperado campo de batalla. Y aquí es donde la guerra sube de nivel, por así decirlo, se convierte en un tablero de ajedrez gigante. El conflicto entre Francia e Inglaterra se traslada a la guerra civil de Castilla. Francia apoya a un aspirante, Enrique de Trastámara, mientras que el rey legítimo, Pedro Io pide ayuda, como no, al famoso príncipe negro inglés. ¿Y cuál fue el resultado de esta partida? Pues aunque al principio los ingleses ganaron en Nágera, el príncipe negro se acabó retirando. Al final Enrique de Trastámara venció y mató a su hermanastro. Y con esto, Castilla con su nueva dinastía, se convirtió en una aliada clave para Francia y con este nuevo aliado llegó el contraataque. El capitán francés Beltrán Dugesclin cambió por completo la estrategia. Nada de grandes batallas a campo abierto. Ahora tocaba una guerra de desgaste, de golpear y esconderse. Y sobre todo, la Alianza Naval fue demoledora. La potentísima flota castellana barrió a los ingleses del mar en la Rochela. Justo cuando parecía que Francia por fin levantaba cabeza, llegó el desastre, una nueva crisis, esta vez interna, que sumiría al reino en una guerra civil y prepararía el terreno para una segunda invasión inglesa todavía peor que la primera. La locura del rey Carlos VI fue la chispa que lo incendió todo. Con el rey incapacitado, sus tíos, los poderosos duques de Borgoña y Orleans, empezaron a luchar por el poder. La cosa fue a más hasta llegar al asesinato y a una guerra civil abierta que partió Francia en dos, los borgoñones por un lado y los Armañacs por otro. Y claro, con Francia devorándose a sí misma, Inglaterra con un nuevo rey, joven y ambicioso Enrique Vio la oportunidad de oro. En Ajinur, con los borgoñones mirando para otro lado, el ejército inglés, otra vez en inferioridad, logró una de las victorias más aplastantes e icónicas de la historia militar. Esta derrota llevó a algo impensable, el tratado de Troyes. Esto no era una simple paz, era básicamente el fin de Francia como reino independiente. Se acordó que Enrique V de Inglaterra se casaría con la hija del rey francés y sería su heredero. Las dos coronas se unían y el hijo legítimo del rey, el delfín Carlos, quedaba fuera de la sucesión. El panorama era desolador. Al delfín Carlos, el heredero despojado, lo llamaban con desprecio el rey de Bursch por el trocito de tierra que le quedaba. Su causa parecía completamente perdida. De verdad, ¿quién podía darle la vuelta a una situación así? Pues el acto final de esta historia épica no lo protagoniza un rey ni un general, sino una campesina adolescente que decía tener una misión divina. En el punto más bajo de todos aparece una figura totalmente inesperada, Juana de Arco. Su llegada a la corte fue vista por los consejeros del delfín como una última carta desesperada, una forma de levantar la moral a una causa que estaba por los suelos. Lo que pasó después superó cualquier expectativa. Juana lideró un pequeño ejército y liberó Orleans, una victoria con un impacto psicológico brutal. Poco después consiguió llevar a Carlos hasta Reigns para que lo coronara rey, un acto que le dio la legitimidad que tanto necesitaba. El impulso ya era imparable y culminó con un movimiento clave, la reconciliación entre el rey Carlos VIIMA y el poderoso duque de Borgoña. Pero al final de Juana, como sabemos, fue trágico. La capturaron los borgoñones, la entregaron a los ingleses y la condenaron por herejía en un juicio que fue una farsa política. La quemaron en la hoguera, pero aunque a ella la mataron, la llama que había encendido ya era imposible de apagar. Carlos VI fue lo bastante listo como para aprovechar ese impulso. Usó los años de tregua para reformar el ejército de arriba a abajo. Creó una fuerza permanente pagada directamente por él, no por los nobles. Reganizó la caballería y, lo más importante, desarrolló una artillería de campaña potentísima que iba a cambiar las reglas del juego. Fue el paso del ejército feudal al ejército moderno. Y esta nueva maquinaria de guerra demostró su eficacia muy pronto. Normandía fue reconquistada en 1449. 4 años más tarde en Castillon, la artillería francesa destrozó al ejército inglés. Se acabó. La guerra había terminado. Así que al final la guerra de los 100 años no solo cambió el mapa, forjó dos de las naciones más poderosas de Europa, Francia e Inglaterra, y sentó las bases de sus identidades. Transformó la guerra para siempre. Pero la pregunta que queda en el aire es si este conflicto cerró de verdad las heridas o si en realidad solo fue el primer capítulo de una rivalidad que seguiría definiendo la historia de Europa durante siglos.