← Volver al buscador
HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre

04 06 Alemania e Italia a la búsqueda de la estabilidad política

Alemania e Italia a la búsqueda de la estabilidad política. Los intentos de reorganización política en Alemania | Habsburgos y Luxemburgos. Las ciudades república del Norte de Italia. Los Estados Pontificios. Los reinos de la Italia meridional e insular. Cuarta parte | La Baja Edad Media (siglos XIV y XV) | La crisis de la sociedad medieval.

Transcripción

Hoy vamos a sumergirnos en los turbulentos siglos finales de la Edad Media para explorar la historia de dos piezas clave del Sacro Imperio Romano, Alemania e Italia, y su desesperada y muy diferente búsqueda de la estabilidad política. Y es que esa es la pregunta del millón. ¿Qué pasa cuando un imperio, que en teoría es una entidad unida, en la práctica, se desmorona y olvida cómo gobernar? Pues eso es justo lo que les pasó a Alemania y a Italia. A ver, ambas regiones creían estabilidad, claro, pero sus puntos de partida y sus problemas eran radicalmente distintos. Alemania era la historia de un pulso entre un poder central y los poderes locales. Italia, por otro lado, era un auténtico caos de ciudades estado, papas con ejércitos e interferencias extranjeras. Un divorcio en toda regla. Venga, pues vamos al lío. Primero nos vamos a Alemania a ver qué pasaba allí con esa corona sin poder. Luego saltaremos al mosaico que era el norte de Italia con sus repúblicas y tiranos. Seguiremos bajando hasta el corazón fracturado de la península y para terminar veremos qué precio pagaron todos por esta división. Empezamos en Alemania y aquí la historia es la de un choque de trenes constante. Por un lado, el sueño de tener un emperador, una monarquía fuerte y centralizada, y por el otro la realidad, unos príncipes territoriales muy poderosos que no querían saber nada de una autoridad por encima de ellos. El trono imperial era una silla caliente, por decirlo suavemente, un hervidero de conflictos. Las grandes familias, los Asburgo, los Luxemburgo, los Beatles Batch se pelleaban sin parar por el poder. Esto, claro, se traducía en guerras civiles y una inestabilidad brutal. Era como una puerta giratoria. Entrado uno, lo echaban, entraba otro. Así es imposible construir nada a largo plazo. Y entonces llega el emperador Carlos IV y en vez de seguir dándose cabezazos contra el muro, decide ser pragmático. Con la bula de oro lo que hizo fue oficializar lo que ya era una realidad, que el poder no lo tenía el emperador, sino los príncipes. Básicamente firmó los papeles de un imperio descentralizado. Y aquí está la clave de todo. El poder real residía en estas siete figuras, los siete príncipes electores, tres arzobispos y cuatro nobles laicos. Eran ellos y solo ellos quienes tenían el poder de elegir al emperador. La corona al final se convirtió en una simple ficha en su juego de poder particular. La conclusión es bastante clara, ¿no? El Sacro Imperio se convirtió en una especie de confederación de principados. Familias como los Johenzolern, los Wetting o los Beittlesbach mandaban en sus territorios casi como reyes con el emperador como una figura lejana. Y por si fuera poco, las ligas de ciudades y los cantones suizos también iban a lo suyo, buscando su propia independencia. Venga, cruzamos los Alpes y nos vamos a Italia, porque si en Alemania la cosa estaba aliada, en Italia el panorama era de una complejidad fascinante. Al norte, con el poder del emperador prácticamente desaparecido, surgió un mundo político totalmente nuevo, un mosaico vibrante y conflictivo de ciudades estado riquísimas y poderosas. Y es que cada ciudad era un mundo. Florencia, por ejemplo, estaba controlada por banqueros, los famosos Medichi. Milán era territorio de duques y mercenarios, los condotieri con familias como los Visconti y luego los Esfuerza. Venecia era una república oligárquica sorprendentemente estable y luego estaba Génova con un potencial financiero enorme, pero siempre devorada por sus luchas internas. El caso de Venecia y Génova es perfecto para entender esto. Venecia, con su sistema de gobierno tan sólido, consiguió una estabilidad interna admirable que le permitió dominar el mar y expandirse. Genova, en cambio, vivía una guerra civil permanente. Esto la debilitó tanto que a menudo tenía que pedir ayuda a otros, perdiendo su independencia y al final la guerra contra su gran rival. Vale, dejamos atrás las bulliciosas ciudades del norte y bajamos por la península y el panorama cambia radicalmente. Aquí el poder no estaba en manos de comerciantes o de república, sino que volvemos a un mundo más medieval, dominado por el Papa y los señores feudales. Era como si existieran dos Italias completamente distintas, una al norte, urbana, comercial, donde se movía el dinero y las nuevas ideas, y otra al sur, que seguía anclada en un sistema rural feudal de reinos y varones siempre en pie de guerra. dos mundos que apenas se entendían. Y en medio de estas dos Italias, los Estados Pontificios, que eran básicamente el epicentro del caos, sobre todo durante la época de los papas en Aviñón. Los señores locales hicieron de su capa un soo y en Roma las grandes familias como los Colona y los Sorsinis se mataban por las calles. Cuando los papas volvieron se encontraron tal desastre que no les quedó otra que actuar como un príncipe italiano más para intentar poner orden. Y ya en el extremo sur el panorama no era mejor, era literalmente un campo de batalla. Por un lado, el reino de Nápoles gobernado por los Sanju de origen francés. Por otro, las islas de Sicilia y Cerdeña controladas por la corona de Aragón. La lucha fue larguísima y acabó con la victoria de los aragoneses que conquistaron Nápoles en 1442 con Alfonso el magnánimo. Llegamos a un punto en que después de tantísimos años de guerra, las potencias italianas parecen darse cuenta de que así no pueden seguir. Intentan por fin buscar una paz duradera, pero como vamos a ver, ese intento de equilibrio era más frágil de lo que parecía y ya llevaba dentro la semilla de su propia destrucción. Ese momento clave es 1454 con la firma de la paz de Oddi. Fue un acuerdo importantísimo entre los cinco grandes para crear un equilibrio de poder y dejar de pelearse. Hay que pensar que un año antes había caído Constantinopla y ese shock fue un aviso para todos. O dejaban de luchar entre ellos o podían ser los siguientes. Pero claro, esa paz estaba construida sobre arena. Las tensiones internas seguían ahí bullendo bajo la superficie. En Nápoles, conspiraciones en Florencia, como la de los Pazi, usurpaciones en Milán. Todo ese rencor acabó por hacer saltar por los aires el frágil equilibrio y al hacerlo dejaron la puerta abierta de par en par. La consecuencia fue inevitable. La incapacidad de los estados italianos para unirse de verdad convirtió la península, que era riquísima, en el premio gordo de Europa. Y claro, las grandes potencias de la época, como Francia y la Corona de Aragón, no dudaron en meterse a saco para disputarse el botín en suelo italiano. Al final, este fracaso a la hora de construir estados estables y unificados es lo que va a marcar la historia tanto de Alemania como de Italia durante los siguientes siglos. dejó el escenario preparado para una era de dominación extranjera y de fragmentación. Y la pregunta que queda en el aire es, si una tierra tan rica y dividida es una invitación, ¿quién sería el siguiente en aceptar la oferta?