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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre

04 08 Los turcos otomanos y el fin del Imperio bizantino

Los turcos otomanos y el fin del Imperio bizantino. Los Paleólogo entre occidentales y turcos | Los comienzos del poderío otomano. El intermedio timúrida. El nuevo empuje otomano y la caída de Constantinopla. Cuarta parte | La Baja Edad Media (siglos XIV y XV) | La crisis de la sociedad medieval.

Transcripción

¿Cómo es posible que un imperio que duró 1000 años acabe desmoronándose? Pues vamos a meternos de lleno en la increíble historia de un siglo y medio de lucha que no solo respondió a esa pregunta, sino que cambió el mapa del mundo para siempre. Fijaos en esta frase porque es fundamental para entenderlo todo. El ascenso de los otomanos no fue una conquista más y ya está, no. fue visto como la solución definitiva, casi inevitable a un problema que llevaba siglos enquistado, un oriente dominado por un imperio bizantino que sencillamente ya se caía a trozos. Para comprender bien cómo cayó, primero tenemos que ver qué es lo que quedaba en pie. Y la verdad es que en el siglo XIV el Imperio Bizantino ya no era ni de lejos la superpotencia de otros tiempos. Era más bien un eco de su antigua gloria. Desde luego, ya no hablamos del imperio de Justiniano para nada. Era un estado metido en un proceso de desintegración muy lento, muy doloroso, perdiendo poder y territorios casi sin parar. Y es que, a ver, el imperio se estaba pudriendo por dentro. Guerras civiles que no acababan nunca, unas divisiones religiosas brutales. Todo sumaba para dejar a la autoridad central sin ningún poder real. La propia capital, Constantinopla, era un fantasma de lo que había sido. Llegó a perder el 90% de su población. Esta descripción de la época es que lo clava, lo resume a la perfección. era un cuerpo débil, cada vez más y más pequeño, con una gran cabeza Constantinopla, que cada vez estaba más aislada y por tanto más vulnerable. Pero claro, mientras un poder se apaga, otro nuevo emerge y en este caso con una velocidad y una ambición quedaban vértigo. Pensemos que al principio eran un actor menor, casi unos segundones. A veces incluso trabajaban como mercenarios para los propios bizantinos. Pero a diferencia de todos sus rivales, los otomanos tenían un objetivo clarísimo y una determinación de hierro: expandirse. Y su éxito, ojo, no fue para nada una casualidad. Fue el resultado de una estrategia brillante. Primero, se aprovecharon de que sus enemigos cristianos estaban siempre a la gresca entre ellos. Segundo, controlaron un punto geográfico clave para asfixiar a sus rivales y tercero, y esto es lo más importante, crearon un ejército muy muy superior. Y aquí está la clave de todo, el brutal desequilibrio militar. Los otomanos tenían un ejército moderno, caballería legera y superrápida, una infantería de élite como los genízaros y, sobre todo la mejor artillería de asedio del momento. Y enfrente, ¿qué había? Pues ejércitos feudales europeos, muchas veces anclados en una caballería pesada que ya se había quedado totalmente anticuada. Con este panorama, a finales del siglo XIV, después de victorias otomanas muy importantes en Kósovo y Nicópolis, la cosa pintaba fatal para Constantinopla. Ya la tenían prácticamente rodeada. El final parecía inminente, ¿verdad? Daba la sensación de que era solo cuestión de tiempo, pero la historia a veces tiene unos giros de guion absolutamente increíbles, porque de repente por el este aparece un nuevo jugador en el tablero, Tamerlan, el líder mongol que venía derrasar a Asia entera. Y en 1402 se fijó en el poder que estaban acumulando los otomanos. En la batalla de Ankara, el ejército otomano, que parecía invencible, fue aniquilado, pero aniquilado de verdad. El propio Sultán fue hecho prisionero y su imperio se partió en pedazos, hundiéndose en una guerra civil sangrientísima. El resultado de todo esto, pues increíble. Esta única batalla le regaló al Imperio Bizantino casi medio siglo más de vida. una oportunidad de oro, quizá la última que tendrían para recuperarse. Era el momento perfecto. Vamos, con los otomanos sumidos en el caos, un frente cristiano unido podría haber cambiado el curso de la historia para siempre, pero no pasó. Las viejas rencillas, los intereses económicos, todo eso pesó más y la oportunidad se esfumó. Y mientras los cristianos dejaban pasar su oportunidad, los otomanos hicieron lo impensable. No es que se recuperaran, no es que volvieron más fuertes y con más ganas que nunca. El respiro se había acabado. Los otomanos, ya reunificados, empezaron a cerrar el círculo. Cayó Tesalónica. Una cruzada cristiana fue aplastada en Barna, la última resistencia que quedaba en los Balcanes, aniquilada en Kosovo. Con cada victoria, la soga alrededor del cuello de Constantinopla se apretaba más y más, dejándola completamente sola. Y así llegamos al cara a cara final. Por un lado, un sultán jovencísimo y ambicioso, Mehmed II, obsesionado con la idea de conquistar la segunda Roma, y por el otro, el emperador Constantino XI, dispuesto a todo por defender un legado de más de 1000 años. En 1451, Memed Segund llega al trono con una única idea fija en la cabeza, tomar Constantinopla, y dedicó absolutamente todos los recursos del imperio a conseguirlo. Y el asedio que preparó fue una obra maestra de la ingeniería y la pura determinación. Primero, un cerco total que aisló la ciudad por completo. Después un bombardeo continuo con los cañones más potentes que existían y por último el asalto final a la desesperada. Después de una defensa heroica, pero que estaba condenada de antemano, las murallas al final cedieron. El último emperador romano murió allí mismo, en medio de la carnicería, luchando como un soldado más por su ciudad. Pero la agonía no terminó ahí, aunque la capital ya había caído, en los años siguientes fueron cayendo los últimos reductos bizantinos que quedaban en Mistra y Trevisonda. Y ahora sí que sí, de forma oficial, el Imperio Romano se extinguía para siempre. La caída de la segunda Roma fue muchísimo más que el final de un imperio. Marcó el fin de toda una época, un punto de inflexión que cerraba para siempre un capítulo inmenso del mundo antiguo y medieval. Este acontecimiento, sin duda, marcó un antes y un después en la historia, pero nos deja con una pregunta fundamental. Cuando una era llega a su fin, ¿qué es exactamente lo que nace de sus cenizas?