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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

04 Abelardo | El problema de los nombres universales y su relación con los textos aristotélicos

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Esta va a ser la hoja de ruta. Primero, el problema de los nombres, de qué va todo esto, luego de dónde venía Belardo, esa herencia aristatélica. Después, el plato fuerte, su solución, y terminaremos viendo el poder que le da el lenguaje. ¿Y por qué, créanme, nos sigue importando hoy. Venga, pues vamos al lío. Todo empieza con algo que usamos todos los días sin pensarlo. Las palabras y en las más comunes se esconde un misterio tremendo. Vamos a hacer una prueba. Si digo la palabra rosa, ¿en qué se está pensando? en esa flor concreta que está ahí en el jarrón o en la que regalamos ayer o hablamos de otra cosa. ¡Uf! Aquí, justo aquí es donde empieza el rompecabezas filosófico. Y es que aquí está el choque, ¿no? Por un lado tenemos esta rosa, la que podemos soler y tocar, un objeto físico único, y por otro tenemos la idea, el concepto universal de rosa que vale para todas las rosas del mundo, las pasadas, las presentes y las futuras. Entonces, la pregunta del millón es, ¿esa idea universal, ¿dónde está? ¿Dónde existe? Claro, Abelardo no se sacó esto de la manga. Él no empezó de cero, ni mucho menos. Estaba, como se suele decir, a hombros de gigantes, metido en una conversación que había empezado casi 100 años antes, nada menos que con Aristóteles. Y para que entendamos su punto de vista, Abelardo usaba una analogía que es bueno, es genial. decía que la lógica no es solo una herramienta externa para hacer filosofía, como si fuera un martillo que usas y luego dejas. No, no. Para él la lógica era como una mano. Es un instrumento, sí, pero es que también es parte inseparable del cuerpo. Por eso, para él resolver este lío de los universales no era un tema menor, un ejercicio técnico. Que va, era meterse en el mismísimo corazón de la filosofía. Así que este es el marrón que le llega ya formulado con tres posibles salidas. A ver, los universales como rosa o ser humano son cosas reales que andan por ahí en la naturaleza o están en otro plano, uno más allá de lo físico o son simplemente ideas en nuestra cabeza. Y ojo, que la respuesta no era una tontería, las apuestas eran altísimas, porque según lo que respondieras cambiaba todo. Desde cómo entiendes a Dios hasta qué significa la Iglesia o la humanidad. Se puede seguir el rastro perfectamente. Todo arranca con Aristóteles, que es quien pone las primeras piezas del puzzle con sus categorías del ser. Varios siglos más tarde, un tal Porfirio es el que lanza la pregunta clave sobre los universales y luego, gracias a las traducciones y comentarios de Boecio y al trabajo de Isidoro de Sevilla, esa pregunta cruza la Edad Media y aterriza vivita y coleando en la mesa de Pedro Abelardo. Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque llegamos al momento clave. Después de siglos de darle vueltas a lo mismo, aparece a Abelardo en escena y pone sobre la mesa una propuesta que va a cambiar las reglas del juego por completo. Fijaos, el meollo de la cuestión está aquí en sus propias palabras. Lo que Abelardo viene a decir es, "Señores, dejen de buscar una cosa universal por ahí suelta. No existe. Lo que un nombre universal como Rosa hace en realidad es señalar una colección de cosas singulares. Apunta a esta rosa, a esa rosa y a aquella de allí. Y su definición, por tanto, es revolucionaria precisamente por lo sencilla que es. Un universal no es ninguna cosa rara ni misteriosa, es fundamentalmente una palabra, un vocablo, como decía él. Su poder no está en lo que es, sino en lo que hace, en su función de significar, de agrupar a un montón de individuos bajo una misma etiqueta. Vamos a desgranar su argumento, que se puede resumir en tres pasos muy claros. Uno, lo único que existe de verdad son las cosas individuales. Esta rosa es otra. No hay una esencia de rosa flotando en el aire. Dos, el universal entonces es una palabra, una herramienta de nuestro lenguaje que nos sirve para meter en el mismo saco a todas esas cosas. Y tres, esa herramienta es superflexible. Podemos agrupar por color, por forma, por lugar. La palabra es la que crea el grupo, la colección. Y esto nos ayuda a ver perfectamente dónde se coloca Abelardo. Él encuentra un camino en medio de dos posturas extremas. Por un lado, no compra la idea del realismo extremo, esa que dice que hay una rosidad real por ahí, pero por otro lado tampoco se va al nominalismo puro, que básicamente decía que rosa es solo aire, un sonido vacío. Abelardo propone una tercera vía mucho más sutil. La palabra no es una cosa, pero tampoco es la nada. es una palabra con una estructura lógica real y su significado es precisamente esa colección de individuos que señala. Pero la idea de Abelardo no se queda solo en la lógica, eh, va mucho más allá. Las consecuencias de esto son enormes porque cambian la forma en que entendemos la realidad y nuestro papel en ella. Y aquí está el giro de guion, el gran cambio de enfoque. Abelardo coge el problema y le da la vuelta. Ya no se trata de una pregunta metafísica sobre qué cosas raras existen, ¿no? Ahora es una pregunta sobre el lenguaje, sobre la lógica, cómo funcionan las palabras, cómo organizan nuestro pensamiento y al final cómo acaban dando forma a nuestro mundo. Y para que veamos la potencia de este método, fijaos en esto. Abelardo usó la misma herramienta, el mismo tipo de análisis para dos campos que parecen muy distintos, la lógica y la ética. De la misma manera que la palabra hombre es un universal que agrupa a muchos individuos, la palabra pecado es otro universal que agrupa muchas acciones concretas. El análisis es el mismo, qué significa la palabra y en el caso de la ética, ¿cuál es la intención que hay detrás de la acción? Bueno, y todo esto de un debate del siglo XI puede sonar a algo super lejano, ¿verdad? Pues nada más lejos de la realidad. La idea de Abelardo tiene un eco potentísimo en nuestro mundo de hoy. Entonces, para quedarnos con lo esencial, ¿cuál es la gran idea? Que Abelardo cogió un problema clásico heredado de Aristóteles y le dio un giro de 180º. Dejó de buscar cosas raras y puso el foco en las palabras. Su conclusión es que los universales no son entidades, son herramientas, vocablos que usamos para crear colecciones de individuos. Y ese es el cambio brutal. Pasamos de la metafísica a entender el poder que tiene el lenguaje para construir nuestra realidad. Y esto nos deja con una última pregunta. ¿Qué es tan potente hoy como lo era en su tiempo? Si son nuestras palabras las que le dan estructura a la realidad, las que crean las categorías, la pregunta es, ¿quién le da estructura a nuestras palabras? ¿Quién decide lo que significa justicia o libertad o verdad? La idea de Abelardo al final abre la puerta de par en par a todos los debates modernos sobre el lenguaje, el poder y cómo construimos socialmente la realidad. Una pregunta que casi 1000 años más tarde sigue totalmente abierta.