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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

04 Abelardo | INGREDIENTIBUS

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

A ver, ¿cómo puede ser que una sola palabra como silla sirva para describir millones de objetos totalmente distintos y algo todavía más personal? ¿Dónde está de verdad la maldad de un acto? ¿En la acción en sí o en la intención que hay detrás? Pues hoy vamos a explorar como una de las mentes más brillantes de la Edad Media, Pedro Abelardo, usó una única y potentísima herramienta para resolver estos dos misterios. Vamos a darle una vuelta a esto. Vemos una silla, un árbol, una persona. Cada uno es un objeto individual único en el mundo. Pero entonces, ¿cómo es posible que usemos una palabra tan general como silla para referirnos a todas las sillas que existen? ¿Qué es exactamente esa idea, ese concepto universal y dónde existe? Este es el enigma que, bueno, trajo de cabeza a los filósofos durante siglos. Y aquí está el meollo de la cuestión. Por un lado, tenemos el objeto que podemos ver y tocar. físico, concreto, singular y por otro la palabra o el concepto que tenemos en la mente, abstracto y universal. ¿Cómo se conectan estos dos mundos? Pues justo ahí arranca nuestro análisis. Para resolver este misterio, Abelardo no se apoyó ni en la fe ni en la intuición, ¿no? Su herramienta fue precisa, afilada y muy poderosa, la lógica. Con ella se dispuso a desentrañar la estructura misma de la realidad como si fuera un auténtico investigador. Aquí Abelardo se mete de lleno en un debate clave que venía de lejos del filósofo Boecio. A ver, la lógica es simplemente una rama más de la filosofía como la ética o la metafísica, una parte más del gran árbol del saber o es algo mucho más fundamental, un instrumento casi como una navaja suza que nos permite entender y trabajar con todas las demás partes. Y esta es la solución elegantísima que defiende a Abelardo. La lógica no tiene por qué ser una cosa o la otra, puede ser las dos a la vez. Pensemos en una mano. Es una parte de nuestro cuerpo, claro, pero también es el instrumento que el cuerpo utiliza para interactuar con el mundo. Pues lo mismo pasa con la lógica. Es una parte de la filosofía y al mismo tiempo la herramienta indispensable que la filosofía usa para construir sus argumentos. Y esto es lo importante. Eh, para Belardo. La lógica no es un ejercicio teórico para quedarse en un libro. Qué va. es la ciencia de la argumentación, una disciplina activa, funcional, diseñada para darnos las reglas y los métodos para pensar con claridad y para poner a prueba nuestras ideas, sin importar de qué campo estemos hablando. Vale, pues armado con esta herramienta tan potente, Abelardo regresa al gran misterio. ¿Qué pasa con esos conceptos universales como humano, animal o silla? ¿Dónde están realmente? Esta es la gran pregunta que el filósofo Porfirio dejó en el aire y que estuvo resonando durante siglos. ¿Existen estas ideas en una especie de mundo perfecto a lo platón? ¿Están simplemente en nuestra cabeza o están metidas de alguna forma dentro de los objetos que vemos y tocamos? Como buen detective, Abelardo desglosa el problema principal en estas tres preguntas, las que Boecio llamó recónditas. Son preguntas profundas, fundamentales y muy difíciles de responder. Y es precisamente aquí donde va a aplicar su método lógico con todo rigor. Antes de Abelardo, la cosa estaba, digamos, dividida en dos grandes equipos. Por un lado, los platónicos, que creían que los universales eran ideas perfectas, reales, que existían en un mundo aparte, separado del nuestro. Por otro, los aristotélicos, que decían que no, que los universales solo existían dentro de las cosas individuales que percibimos con los sentidos. Y aquí, justo aquí, es donde Abelardo da un geno de guion genial. Se da cuenta de que a lo mejor todo el mundo se estaba haciendo la pregunta equivocada. En lugar de preguntar por la existencia metafísica de una esencia universal, Abelardo cambia el foco por completo al lenguaje y dice, "A ver, déjenos de buscar el ser del universal y empecemos a analizar la función de la palabra universal." Abelardo recupera esta definición de Aristóteles. Un universal es aquello que se puede decir o predicar de muchos individuos. Es básicamente una etiqueta que podemos aplicar a un montón de cosas. Pensemos en una silla concreta. No podemos predicarla de otra silla, es única, pero la palabra silla es así que podemos aplicar a infinitas sillas. Lo mismo con la palabra humano, que se puede decir de todas y cada una de las personas. Por tanto, las palabras y los conceptos en nuestra mente son, sin ninguna duda, universales. El problema se resuelve y no en el mundo de los objetos, sino en el del lenguaje. Pero ojo, porque este giro hacia el mundo interior, la idea de que la universalidad está en el concepto que tenemos en la mente, tuvo unas consecuencias que fueron mucho más allá de la lógica. Abelardo aplicó este mismísimo principio que lo esencial ocurre dentro de nosotros a un campo mucho más personal y polémico, la moralidad y el pecado. Esta es la conexión clave. Es una idea brutal. Si la universalidad no está en el objeto externo, sino en el concepto interno, no podría ser que la moralidad de una acción tampoco esté en el acto externo en sí, sino en algo que ocurre dentro de la persona. Y esta es su revolucionaria conclusión que saca de su obra Conócete a ti mismo. El pecado, en su sentido más puro y estricto no es la mala acción, no es el robo, la mentira o el asesinato. Es el acto puramente interno de consentir hacer el mal, de estar de acuerdo con ello en la propia mente. Es un desprecio a Dios que ocurre en el alma mucho antes de que se mueva un solo músculo. Y esto, claro, nos lleva de cabeza a una ética de la intención. Si el pecado reside en el consentimiento, entonces lo que importa no es solo lo que se hace, sino lo que se sabe y lo que se quiere cuando se hace. Por eso, Abelardo distingue muy claramente entre dos tipos de pecado. El pecado, que es verdaderamente culpable, necesita dos cosas. Primero, saber que algo está mal. y segundo, consentir deliberadamente en hacerlo. Por otro lado, un acto puede ser objetivamente malo, pero si se comete por ignorancia, sin ese desprecio consciente a lo que es correcto, entonces no hay culpa. La intención lo es todo. Y este punto es fundamental. Abelardo habla de la ignorancia invencible, que es aquella que una persona no puede superar. Pensemos en alguien que nunca ha tenido la oportunidad de conocer una determinada ley moral. Si actúa en contra de ella, no se le puede culpar porque no hay consentimiento al mal. La ignorancia en esos casos absuelve. Esta cita lo clava, lo resume todo a la perfección. El transgresor no es simplemente el que rompe la regla, sino el que sabe que la está rompiendo y aún así decide hacerlo. La moralidad se juzga en el tribunal de la conciencia. Entonces, ¿con qué nos quedamos de todo esto? ¿Cuál es el legado de este giro tan profundo hacia el mundo interior, tanto en la lógica como en la ética? pues su impacto ha sido inmenso y desde luego muy duradero. En resumen, la gran lección de Abelardo es que debemos mirar hacia dentro. En lógica, convirtió un debate sobre la realidad de las cosas en una cuestión sobre el lenguaje y la mente y de una forma todavía más radical le dio la vuelta a la moralidad, argumentando que el bien y el mal se deciden en el fuero interno de la intención y el consentimiento. Y con ello le dio un peso enorme al conocimiento y a la conciencia de cada individuo. Y con esto cerramos con una pregunta que la filosofía de Abelardo nos deja encima de la mesa y que la verdad sigue muy viva hoy en día. Si lo que de verdad cuenta es la intención, un estado interno al que solo cada persona tiene acceso completo, ¿es posible llegar a emitir un juicio moral definitivo sobre las acciones de los demás? Ahí queda eso.