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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

04 Abelardo | Las ideas éticas de Pedro Abelardo

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Y si el pecado no tuviera tanto que ver con lo que haces, sino con aquello a lo que das tu visto bueno por dentro. Y si el verdadero peso moral de nuestros actos no estuviera en la acción en sí, sino en, bueno, en un lugar mucho más profundo, mucho más invisible, pues esa es exactamente la cuestión que Abelardo pese sobre la mesa y es la que vamos a desgranar ahora mismo. Bien, vamos a entrar en materia. El primer gran giro que nos propone Abelardo, su primera revolución es, imagínalo, es como el foco de la moralidad y moverlo. Lo quita del mundo exterior, de las acciones que todo el mundo ve y lo apunta directamente hacia dentro, hacia el universo interior de nuestra conciencia. Y todo arranca aquí con el título de su gran obra sobre ética, esquito teipsum, que significa conócete a ti mismo. Claro, esto no suena Sócrates, ¿verdad? Pues Abelardo coge ese ideal clásico y lo digamos que lo bautiza, lo convierte en un pilar cristiano. Lo que viene a decir es que oye, para juzgar cualquier cosa moralmente primero tienes que mirarte por dentro. Tienes que entenderte a ti mismo como alguien responsable ante Dios. Así que al final la moralidad se cuece dentro de uno mismo, en el sujeto. Y claro, esto nos lleva directos al corazón de su pensamiento, a la tesis que fue, bueno, la más radical y desde luego la más famosa de toda su ética. Esta frase que veis es una auténtica bomba. Abelardo aquí es es que no puede ser más claro. El pecado no está en la acción, no está en lo que haces, sino en el consentimiento de tu voluntad. O sea, en ese acto interno de decir, "Sí, estoy de acuerdo con esto." Sabiendo perfectamente que está mal. Y esto de verdad lo cambia absolutamente todo. Fijaos, aquí está la división clave. Por un lado tenemos el acto físico, lo que se ve desde fuera, y por otro el consentimiento interno, ese okay que da la voluntad. Para Belardo, el verdadero drama moral, la verdadera película, se juega aquí en el consentimiento y esto es lo fuerte. Significa que puedes hacer algo que parece malísimo desde fuera y no pecar. Y al revés, puedes pecar y mucho sin siquiera haber movido un dedo. Pero claro, aquí salta la pregunta del millón. ¿Y qué pasa si uno no sabe que algo está mal? ¿Qué ocurre con la ignorancia? Pues Abelardo, que era un lógico de primera, por supuesto que pensó en ello y desarrolló una teoría super precisa sobre qué papel juega aquí el no saber. Y aquí distingue dos tipos que son la clave de todo. Primero, la que llama ignorancia invencible. Esto es cuando es literalmente imposible que conozcas la norma. Piensa en un niño muy pequeño o en alguien que jamás ha oído hablar de cierta ley. Aunque lo que hagas sea objetivamente malo, no hay pecado. ¿Por qué? Porque falta el conocimiento. Pero luego está la otra cara de la monada, la ignorancia por negligencia. Esto es cuando podías y de hecho debías haberte informado, pero pasaste del tema. Ahí amigo, si hay culpa, porque no querer saber ya es en sí mismo una decisión y esto nos lleva a unas consecuencias que en su día y todavía hoy son bastante potentes. Fijaos, un acto que causa daño pueden no ser pecados si se hace desde una ignorancia real de verdad. Por otro lado, una buena obra, algo que parece maravilloso, puede ser un pecado si la intención que hay detrás es retorcida. Y lo más fuerte, el pecado ya existe con el simple hecho de consentir por dentro, aunque el acto malo nunca nunca llegue a realizarse. El eje de todo es siempre esa combinación, saber y querer. ¿Vale? Entonces, ¿qué pasa con las leyes y los mandamientos? Las normas de la Iglesia, la conciencia se lo carga todo? Pues no, no exactamente. Abelardo no dice eso. Lo que Abelardo propone es más bien un proceso, un camino. A ver, la ley externa, pongamos los 10 mandamientos, es como el manual de instrucciones. Es una guía fundamental que nos ayuda a formar nuestra conciencia. Pero, y este es el gran pero, no es el juez final. Esa ley siempre tiene que pasar por el filtro de la conciencia que debe estar informada. Claro, es en ese diálogo interior, en ese tribunal de uno mismo donde se dicta el veredicto moral de verdad. Así que al final la clave es esta. Para Belardo, el pecado en su esencia más pura y dura no es simplemente saltarse una regla, es algo mucho más profundo. Es un acto de desprecio a Dios que ocurre dentro de la voluntad. Es una decisión consciente de ir en contra de lo que él representa. Y esto, claro, convierte la ética en una relación superpersonal, casi íntima, entre la conciencia de cada uno y Dios. Y con esto llegamos a la parte final, que para mí es la más alucinante. A ver, ¿de dónde saca Abelardo esta precisión casi de cirujano para analizar algo tan complejo como la moral? Bueno, pues la respuesta está en su otra gran pasión, en su otra especialidad, la lógica. Exacto. Es que no podemos olvidar que Abelardo no era solo un teólogo, era el lógico más famoso de su época, una auténtica estrella del pensamiento. Y su genialidad fue precisamente esa, aplicar las mismas herramientas de precisión que usaba para analizar el lenguaje o conceptos superabstractos al caótico y desordenado mundo de la ética. Y es que esto es brillante. Para él palabras como pecado o culpa funcionan como como etiquetas, como nombres universales, igual que árbol o silla. Y para ponerle esa etiqueta a una acción concreta, tienes que seguir unas reglas lógicas superestrictas. Tienes que preguntarte, ¿había conocimiento de lo que se hacía? ¿La ignorancia era evitable o no? ¿Cuál era la intención real? De repente, el juicio moral se convierte en un ejercicio de lógica, en un análisis superriguroso del lenguaje que usamos para hablar de moralidad. Se trata de usar las palabras correctas para describir la realidad interior de un acto. Y cerramos con la pregunta que inevitablemente se cae por su propio peso después de todo esto. Si la moralidad, si lo bueno y lo malo reside en un espacio tan íntimo, tan invisible como es la intención y el consentimiento, ¿quién puede juzgar de verdad el alma de otra persona? Aparte de uno mismo y de Dios. Claro, es una pregunta que casi 900 años más tarde sigue resonando con una fuerza, bueno, con una fuerza increíble.