← Volver al buscador
ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II

04 │ SOCIALIDAD E HISTORICIDAD DEL SER HUMANO │ Versión simplificada

A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II 2º año UNED Basado en el libro: Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura Autor: San Martín Sala, Javier Creado con NotebookLM - Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q

Transcripción

A ver, ¿qué significa ser humano? Menuda pregunta, ¿verdad? Pues hoy vamos a intentar desgranarla a ver si le encontramos el truco. Y no lo vamos a hacer con una sola respuesta, sino con tres tres dimensiones que cuando se juntan, bueno, ahí es donde está la clave de nuestra existencia. Esta es la gran pregunta, la que ha quitado el sueño a filósofos y pensadores durante siglos. Y ojo, no es que haya una respuesta fácil y rápida, pero lo que sí tenemos es una especie de de mapa, una estructura que nos ayuda a orientarnos. Vamos a echarle un vistazo. Y aquí está el quid de la cuestión. Esto no va de piezas sueltas como un puzzle. Imaginemos más bien una red donde todo está conectado. Vamos a ver justo eso, cómo nuestro mundo interior, la forma en que nos relacionamos y el peso de la historia se entrelazan para, bueno, para hacernos quiénes somos. ¿Vale? Esta va a ser nuestra hoja de ruta. Primero nos meteremos de lleno en la reflexión, en ese diálogo que tenemos con nosotros mismos. Luego saltaremos a la socialidad, a esa idea de que estamos conectados. De ahí pasaremos a la historicidad, a cómo vivimos dentro del tiempo y al final lo uniremos todo para entender esa existencia tridimensional. Vamos al lío. Empezamos por dentro, por lo más básico. La primera parada es el mundo interior. Hablamos de la reflexión, de esa conversación constante que tenemos en nuestra cabeza y es que es el punto de partida. De aquí nace todo lo demás. Básicamente, ¿qué es la reflexión? Pues es esa capacidad de de pararnos y mirar nuestra propia vida, de volver sobre ella, es lo que nos permite no solo vivir, sino darnos cuenta de que estamos viviendo. Y esto es fundamental porque sin esta capacidad, como vamos a ver, ni la sociedad ni la historia tendrían sentido. Claro que no toda la reflexión es igual. Hay un primer nivel, uno más básico, casi instintivo que nos da la idea de que somos un yo. Pero luego está el segundo paso, la reflexión crítica. Y ahí es donde la cosa se pone interesante. Es cuando podemos analizar, cuestionar lo que pensamos, lo que sentimos. Y es precisamente este nivel el que nos hace avanzar como personas y como sociedad. Pensemos un momento en la diferencia que es enorme. Una cosa es estar metido de lleno en algo, viviendo la acción y otra muy distinta es dar un paso atrás y mirar esa acción desde fuera. Es el salto del hacer al pensar sobre lo que hago. Pues bien, en ese pequeño hueco, en esa distancia, es donde surge la razón. Y esta capacidad para reflexionar la usamos constantemente en todas partes, en nuestro día a día, ¿no? Para tomar decisiones morales, para ajustarnos. La ciencia la lleva a otro nivel, la sistematiza, la usa para medir, analizar y predecir. Y ya la filosofía, bueno, la filosofía riza el rizo y se pone a reflexionar sobre la propia reflexión. La metáfora del espejo interior creo que lo clava. Es como tener una herramienta que nos permite mirarnos a nosotros mismos, intentar entendernos y al final decidir quiénes queremos ser. Es la base, el cimiento de nuestra identidad. Muy bien, ya tenemos la primera pieza. Pero claro, ese yo que reflexiona no vive en una burbuja. Y aquí entramos en la segunda dimensión, porque desde el momento cero ese yo está conectado a los demás. Y esta cita de Julián Marías lo resume a la perfección. Convivir no es algo que se añade a la vida, no es un extra, es uno de sus modos originarios. ¿Qué quiere decir esto? Pues que no es una elección, no decidimos ser sociales, es que venimos así de fábrica. Podemos imaginarlo como una red fundacional en la que caemos nada más nacer. De hecho, si lo pensamos, un niño que creciera totalmente aislado no sería solo una persona eh a la que le faltan cosas. Según esta idea, ni siquiera llegaría a ser humano del todo porque le faltaría esta dimensión que es absolutamente esencial. Y aquí hay un giro de guion filosófico muy importante. Antes se intentaba entender a los demás como si fueran, bueno, como si fueran objetos que se pueden analizar desde fuera. Pero la fenomenología llega y lo cambia todo. Nos dice, "Ojo, el otro no es un qué, es un quién, es un tú que es tan real y tan original como mi propio yo." Y este mundo social tiene como dos niveles. Por un lado está lo más directo, lo personal, el tú y el nosotros. Las relaciones cara a cara. Pero por otro lado nos movemos en un plano más abstracto, más anónimo. Interactuamos con instituciones, con roles, con esas costumbres o normas sociales que están ahí, que nos influyen, pero que no tienen una cara concreta. Y aquí viene lo más potente de esta dimensión, la idea de que existe un mundo objetivo, un mundo que es el mismo para todos. ¿De dónde sale? Pues precisamente de que lo compartimos. nace de esa intersubjetividad. O sea, la realidad objetiva es en el fondo, una realidad construida entre todos. Vale, ya tenemos la reflexión y la socialidad, pero nos falta una pieza porque ese yo que piensa y se relaciona no está quieto, no es una foto fija, existe y cambia en el tiempo. Y con esto llegamos a la tercera y última dimensión, la historicidad. La metáfora del río aquí es genial. No es que estemos simplemente en el tiempo como si fuera un escenario, no, no somos parte de ese río. Es un flujo que viene del pasado, que nos define en el presente y que se lanza hacia un futuro que a la vez estamos creando nosotros. El siglo XIX fue un punto de inflexión brutal en cómo entendemos la historia. De repente, gracias a pensadores como Hegel o Marx y a descubrimientos en geología o biología con Lel y Darwin, la historia dejó de ser un simple cuento de reyes y batallas. Pasó a ser el centro de todo, el gran contenedor de la vida humana. Y el tiempo se hizo profundo, inmenso, mucho más allá de lo que se había imaginado. Y es muy interesante la distinción que hizo el antropólogo Levi de Straus. hablaba de sociedades frías y calientes. Las frías son las que intentan, por así decirlo, parar el tiempo, minimizan el cambio, buscan la estabilidad mirando al pasado. En cambio, las sociedades calientes como las modernas hacen lo contrario. Usan el conflicto y el cambio como un motor para avanzar, para ir hacia el futuro. La conclusión de esto es muy importante. No existen sociedades sin historia. Todas, absolutamente todas, son históricas. La única diferencia es cómo se relacionan con ese río del tiempo. Unas intentan construir una presa para frenarlo y otras, bueno, otras le ponen un motor para ir más rápido. Perfecto. Pues ya tenemos las tres piezas del puzzle sobre la mesa. Ahora solo falta juntarlas y ver qué imagen forman. Al final, si lo pensamos, toda la experiencia humana está tejida con estos tres hilos. Por un lado, la reflexión, ese espejo interior que nos da conciencia de nosotros mismos. Por otro, la socialidad, esa red que nos une a los demás desde que nacemos. Y finalmente, la historicidad, ese río del tiempo del que formamos parte. Y aquí viene lo más importante de todo. Estas no son tres cajas separadas, están totalmente entrelazadas. No se puede entender una sin las otras. Nuestra forma de pensar está marcada por la sociedad y la época en la que vivimos. La sociedad cambia gracias a que reflexionamos sobre ella. Y la historia, la historia es el resultado de todo eso. Todo está conectado. Y todo esto nos deja con una pregunta final, ¿no? Si somos seres que reflexionan, que viven en sociedad y que son conscientes de la historia, eso nos da una responsabilidad enorme. Tenemos la capacidad de pensar, de actuar juntos y de entender de dónde venimos para decidir a dónde vamos. La pregunta entonces es inevitable. ¿Qué futuro vamos a elegir crear?