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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
05 │ EL ALMA HUMANA COMO PSIQUE │ Versión simplificada
A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II
2º año UNED
Basado en el libro:
Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura
Autor: San Martín Sala, Javier
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q
Transcripción
A ver, somos un alma atrapada en un cuerpo o la mente es otra cosa totalmente distinta. Bueno, hoy vamos a hacer precisamente eso, un viaje. Un viaje desde esa idea antigua del alma a lo que hoy entendemos por mente para intentar solo intentar decifrar el gran misterio de la consciencia. ¡Uf! Esta es la pregunta del millón, ¿verdad? El eterno enigma que ha traído de cabeza a pensadores durante siglos. Porque, a ver, sentimos que somos una sola cosa, una unidad, pero ¿cómo es posible? ¿Cómo puede un pensamiento, algo que parece inmaterial, hacer que se mueva un brazo que es pura materia? Vamos a ver de dónde viene este rompecabezas. Claro, la forma de ver esto ha cambiado muchísimo con el tiempo. Si nos vamos a la antigüedad, todo giraba en torno al alma, a ese principio vital, pero ZAS llega a la modernidad y sobre todo llega a Decart y el debate se replantea por completo. Ahí es donde nace el famoso problema mente cuerpo, que es con lo que lidia oí la filosofía de la mente. Y aquí, justo aquí, es donde empieza el lío moderno. Descartes lo llamó dualismo. La idea es simple. Por un lado está la mente, la cosa que piensa, que es inmaterial, no ocupa espacio, y por otro el cuerpo, que es materia física, pura extensión. Según él son dos mundos, dos sustancias radicalmente diferentes. ¿Vale? Pero entonces, si son tan distintas, ¿cómo demonios interactúan? Como una decisión mental, un simple voy a ese vaso, provoca un movimiento físico. Este es el rompecabezas que nos dejó Descarte sobre la mesa y que, bueno, la filosofía sigue intentando montar. Pues bien, para intentar salir de este callejón sin salida, a lo mejor hay que cambiar la pregunta. Y aquí es donde entra el filósofo Ortega y Gaset, que nos ofrece una perspectiva totalmente nueva. Él dice, "Olvídense de las sustancias, de las cosas separadas. Pensemos en la vida como un proceso, como algo unificado. Ortega en concreto distingue como tres capas, tres dimensiones. Primero está la vida biológica, el cuerpo, sus funciones, sus necesidades, lo básico. Luego la vida biográfica, nuestra historia, quienes somos, nuestras metas, lo que queremos conseguir. ¿Y qué une todo esto? Pues la tercera, la vida psicológica. es la conciencia que actúa como un telar tejiendo esas dos realidades para crear una experiencia con sentido. Y a esta vida psicológica, a Ortega le va un nombre muy potente, la vida radical. Y ojo, radical aquí no es de ser un extremista, no, viene de radic, de raíz, porque es eso, la raíz, la base, es el suelo sobre el que todo lo demás, el cuerpo o la historia personal, cobra sentido para cada uno. Así que visto de esta manera, la conciencia deja de ser una cosa que tenemos por ahí dentro. pasa a ser el centro mismo de nuestra existencia. Es nuestra ancla con el mundo, el punto de vista desde el que lo vivimos todo y a la vez el motor que diseña nuestra historia. Vale, de acuerdo. Ortega nos da un nuevo marco, la conciencia unifica, pero ¿cómo? ¿Cuál es el secreto de su funcionamiento? Para responder a esto, tenemos que introducir un concepto que de verdad lo cambia todo. Una palabra clave en filosofía, intencionalidad. A ver, ¿qué es esto de la intencionalidad? Es la propiedad más básica de la mente. Pensemos en ello. La conciencia no es como una caja vacía esperando a que caigan cosas dentro. No, para nada. Siempre está activa, siempre está apuntando algo, siempre es conciencia de algo. Es una flecha, una relación, no un recipiente. Fijaos, es que es de sentido común si lo pensamos un segundo. Nunca se piensa a secas, se piensa en un problema. Nunca se desea sin más, se desea algo. Esa estructura, ese de ocia está en todos y cada uno de nuestros estados mentales, siempre. Y podemos rizar el rizo un poco más. El filósofo John Cll se dio cuenta de que todo acto mental se puede descomponer en dos partes. Por un lado, hasta el contenido, el qué, por ejemplo, va a llover. Y por otro, el modo psicológico, o sea, el cómo nos relacionamos con ese contenido, porque no es lo mismo creer que va a llover que desear que llueva o que temer que llueva. El contenido es el mismo, pero la actitud mental, el modo, es completamente distinto. Muy bien, ya tenemos una pieza importante del puzzle. La conciencia es intencional, siempre se dirige a algo. Pero de todos los actos posibles, ¿cuál es el más fundamental? El más básico de todos. Aquí es donde entra en juego Edmund Huser, que nos va a dar la siguiente pista. Y es una pista clave. Y la pregunta es crucial, ¿eh? Si todo el rato estamos pensando en algo, deseando algo, ¿de dónde sale ese algo original? ¿Cuál es la fuente? La respuesta de Huser es a la vez ser simple y totalmente revolucionaria. La percepción. Y esto de verdad es un giro de 180º. Lo que Hussell dice es que cuando vemos, por ejemplo, una mesa, no estamos viendo una fotito de la mesa en nuestra cabeza, no. Estamos en contacto directo con la mesa real, la de verdad. La realidad se nos presenta en persona, no es una representación. De hecho, Huser usa una palabra alemana un poco complicada, lifehaft kite, para expresar justo esto. Viene a significar algo como que las cosas se nos presentan en carne y hueso, en su mismidad corporal. Así que la percepción, lejos de ser una barrera o un filtro, es nuestro acceso directo al mundo. Es la puerta, no el muro. Vale, recapitulemos. Ya tenemos algo muy importante. La amante, a través de la percepción está anclada de forma directa en el mundo real. Pero falta la última pieza del puzzle, la base de todo. ¿Qué es lo que sostiene toda esta actividad consciente? Pues la respuesta, curiosamente está en algo de lo que casi nunca somos conscientes. Pensemos en esto. Hay una diferencia abismal entre saber qué y saber cómo. Por ejemplo, una persona puede saber qué para montar en bici hay que pedalear y mantener el equilibrio. Se puede leer 1000 libros sobre la física del ciclismo, pero eso no tiene nada que ver con saber cómo montar en bici, con esa habilidad que tienes en el cuerpo para no caerte. Ese saber no está en la cabeza, está en los músculos, en el cuerpo. Pues bien, a todo este conjunto de habilidades corporales, automáticas, no conscientes, el mismo filósofo de antes, Serl, lo llama el trasfondo. Y la analogía del sistema operativo es perfecta. Es la base que permite que todo lo demás funcione. No pensamos conscientemente en cómo caminar o en cómo formar una frase, simplemente lo hacemos. Y este saber cómo es la plataforma sobre la que se ejecuta el saber qué. Dicho de otra forma, nuestro software mental, los pensamientos conscientes, solo pueden funcionar gracias al hardware y el sistema operativo que hay debajo, nuestro cuerpo y todo ese saber como qué tiene grabado a fuego. Así que hagamos un repaso rápido del viaje. El misterio inicial era esa separación entre mente y cuerpo. La primera pista fue la intencionalidad, que nos enseñó que la conciencia siempre apunta hacia el mundo. El gran avance fue darnos cuenta de que la percepción es contacto directo con la realidad y el fundamento de todo descubrimos que es el saber como oculto en el cuerpo. La conclusión por tanto, nos lleva a un lugar totalmente opuesto al del principio. La mente no es ese fantasma en la máquina del que hablaba el filósofo Hilbert Ry es algo mucho más integrado. Es el cuerpo vivo, el cuerpo con sus habilidades, cuando está despierto, atento y participando en el mundo. Y claro, esto nos deja con una pregunta final para darle vueltas. Si la mente es la forma que tiene nuestro cuerpo de estar en el mundo, si no somos un fantasma metido en un robot, sino un organismo unificado que piensa, siente y actúa, ¿qué significa eso realmente sobre quiénes somos?