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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
05 Filosofía árabe | La teoría del alma racional según Averroes
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hola, hoy vamos a meternos de lleno en una de las ideas más potentes, y la verdad se ha dicha, polémicas de toda la historia de la filosofía. La teoría del alma de Aberroes va a ser un viaje alucinante al corazón de la mente humana, a una idea que en su momento lo puso todo patas arriba. A ver, vamos a empezar con la pregunta del millón, esa que ha traído de cabeza a los filósofos durante siglos. ¿Cómo es posible que pasemos de ver, no sé, un perro concreto con su pelo y su forma a entender la idea universal de perro? Pues bien, este es justo el rompecabezas que Aerroes se propuso resolver. Para entender cómo lo hizo, esta va a ser nuestra hoja de ruta. Primero veremos por qué se le conocía como el comentarista. Luego nos meteremos a fondo con su idea de la mente como una pizarra pasiva y esa chispa que lo enciende todo. Después lo pondremos cara a cara con su gran rival intelectual, Avicena, y remataremos con su conclusión más radical, la de que todos compartimos un único intelecto. Empecemos por el principio, que es lo suyo. Para pillar de verdad a Aberroes hay que entender cuál era su misión. Él no se veía a sí mismo como un inventor de filosofías. Qué va. se veía más bien como una especie de detective filosófico. Su gran obsesión era Aristóteles. De hecho, se ganó el apodo de El comentarista por algo dedicó su vida entera a desmenuzar, palabra por palabra, casi toda la obra del maestro griego. Su objetivo no era crear algo nuevo, sino limpiar el polvo y sacar a la luz el significado original, el auténtico. Y aquí está la clave de todo. Aberroes quería hacer una lectura limpia, pura del de ánima de Aristóteles, que es el tratado sobre el alma. Quería ser 100% fiel al texto. Y claro, esto lo puso en rumbo de colisión con otros pensadores, sobre todo con Abicena, a quien básicamente acusaba de haber sido por las ramas con sus propias ideas. Bueno, vamos con la primera pieza del puzzle. ¿Qué es para Berroes el intelecto humano? Pues si tuviera que definirlo con una palabra sería receptividad. es un receptor. Lo llamó intelecto material o pasífo. La idea es sencilla pero muy potente. Nuestra mente de por sí es como una pizarra en blanco. No viene con ideas de fábrica, es, como diría él, pura potencialidad. Está lista para recibir todas las formas inteligibles, o sea, la esencia, el concepto de las cosas que nos rodean. ¿Y cómo se va llenando esa pizarra? Pues siguiendo un proceso muy lógico. Primero, los sentidos captan el mundo. Segundo, la imaginación crea una imagen a partir de eso. Tercero, la mente abstrae, saca la idea universal de esa imagen particular. Y cuarto y último, el intelecto recibe esa idea ya limpia. Es un viaje de lo concreto a lo abstracto. Y ojo, que esto es super importante. Para aberroes. Conocer no es un acto de magia ni nada por el estilo. Es un proceso natural, casi casi fisiológico. Depende totalmente de nuestro cuerpo, de los ojos, de los oídos, de la memoria, de la imaginación. El conocimiento empieza en nuestra biología. ¿Vale? Pero si nuestra mente es solo un receptor pasivo, ¿qué es lo que hace posible que extraigamos las ideas? ¿Qué enciende esa chispa? Aquí es donde entra en juego la segunda pieza clave de la teoría de Aberroes. Hablamos del intelecto agente. Para aberoes esto es un principio activo, universal y muy importante externo a cada uno de nosotros. Su trabajo es como el de un foco de luz. ilumina esas imágenes que captan nuestros sentidos, las hace comprensibles, las convierte en algo que nuestro intelecto pasivo puede por fin leer y recibir. Así que tenemos las dos caras de la moneda del conocimiento. Por un lado, el intelecto material, nuestro receptor pasivo, pura potencia, ligado a nuestro cuerpo individual. Y por el otro, el intelecto agente, el activador universal, acto puro y totalmente separado de cualquier individuo. Uno recibe, el otro activa. Y aquí viene una de las grandes paradojas y hay que pillarla bien. Aunque Aberroes lo llame material, este intelecto receptor no puede ser un órgano, no puede ser algo físico. ¿Y por qué? Pues pensemos un segundo. Si el intelecto fuera como un ojo que tiene su propia forma y color, solo podría percibir las cosas de una manera. Para poder recibir todas las formas posibles, de un árbol a una estrella, no puede tener ninguna forma propia, debe ser inmaterial, debe estar separado del cuerpo. Con estas dos piezas sobre la mesa ya podemos entender el gran debate filosófico de la época, porque Aberroes no desarrolló su teoría en el vacío, sino que la forjó en un enfrentamiento intelectual directo con su predecesor, el gran Avicena. La gran diferencia entre ellos estaba en el papel del intelecto agente. Para Abicena, era una especie de sol divino que nos semanaba las ideas que las irradiaba directamente sobre nuestra mente. En cambio, para Berroes su función era mucho más modesta, más pegada a la tierra. Simplemente acompaña y posibilita el proceso de abstracción que hace nuestra propia mente a partir de lo que vemos y tocamos. Y la crítica de Aberroes a Vicena fue, la verdad, bastante dura. lo acusó de olvidarse de Aristóteles para montarse su propio sistema filosófico. Dijo de él literalmente que comenzó como de sí solo, o sea, que se lo inventó todo en lugar de ser un comentarista fiel. Y para Berroes eso era casi un pecado capital en filosofía. Pues bien, todo este razonamiento, toda esta defensa ultranza de la lógica de Aristóteles lleva a Berrues a una conclusión final, una conclusión que literalmente hizo temblar los cimientos del pensamiento medieval. La lógica es implacable y si la seguimos hasta el final llegamos aquí. Si el intelecto material ese que recibe las ideas tiene que ser inmaterial, separado del cuerpo y capaz de recibirlo todo, entonces no tiene sentido que haya miles de millones de ellos. Lógicamente, solo puede haber uno, un único intelecto material para toda la especie humana. Y las consecuencias de esto son, bueno, son brutales. Significa que la parte más noble de nuestra alma, la que piensa, la que entiende el universo, en realidad no es nuestra, no es individual, es universal y la compartimos con todos y cada uno de los seres humanos. Una idea absolutamente explosiva que ponía en jaque conceptos como el alma individual o la inmortalidad personal. Y esto, claro, nos deja con la pregunta definitiva, la gran paradoja que Aerroes nos lega. Si la capacidad de pensar nuestra razón es una y es la misma para todos, entonces, ¿qué es lo que nos hace diferentes? ¿Qué es lo que nos convierte en un yo único, en un individuo? Una pregunta que casi 1000 años después sigue ahí resonando con fuerza.