← Volver al buscador
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
05 Filosofía Islámica | Edad de Oro
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Muy buenas. Hoy nos vamos a sumergir en una de las épocas más fascinantes del pensamiento. Un tiempo en el que la filosofía y la fe, bueno, no es que solo convivieran, es que chocaron, dialogaron y de ese encuentro crearon algo totalmente nuevo. Vamos a explorar las grandes ideas que nacieron cuando la lógica griega se topó de frente con la revelación islámica. Y esta es la pregunta del millón, ¿verdad? Porque lo que pasó cuando estos dos mundos se encontraron fue, sin exagerar, una de las aventuras intelectuales más brutales de la historia. Así que vamos a meternos de lleno en ella. A ver, situémonos por un momento en los centros neurálgicos del mundo de entonces. Bagdad en oriente y Córdoba en Occidente. No eran solo ciudades, eran auténticos crisoles de conocimiento. Fue allí donde los eruditos empezaron a traducir masivamente todos esos textos griegos que en Europa se habían perdido y al hacerlo encendieron la mecha de una revolución filosófica total. Pero ojo, el Aristóteles que desembarcó en Bagdad no era exactamente el mismo que se paseaba por el liceo de Atenas. No, no venía, digamos, con unos acompañantes un poco inesperados que lo iban a cambiar todo para siempre. Y aquí es donde la cosa se pone superinesante. ¿Por qué un simple error de atribución se convirtió en una fonte de creatividad increíble? Resulta que algunas obras de pensadores neoplatónicos como Plotino se le atribuyeron por error a Aristóteles. El resultado, pues, no fue un simple fallo, sino una síntesis filosófica potentísima, un Aristóteles con alma platónica. Y esta mezcla, este híbrido, fue el que puso los cimientos para todo el pensamiento que estaba por venir. Bueno, y con esta base filosófica tan particular, veamos ahora cómo se enfrentaron a una de las preguntas más gigantescas que existen. La naturaleza de Dios y de la creación. Y aquí la figura de Abicena emerge como un auténtico coloso, construyendo una de las estructuras metafísicas más influyentes de la historia. La clave de todo su sistema, el pilar sobre el que se apoya todo es esta distinción. Para Abicena, en el fondo solo hay dos maneras de existir. Por un lado, está Dios, el único ser necesario, un ser cuya mismísima esencia es existir. Simplemente no puede no ser. Y por otro lado está todo lo demás, el universo entero, que es un ser posible. La diferencia, como vemos, es abismal. Para el ser necesario, para Dios, existir no es algo que tiene, es lo que es. Su identidad es su existencia. En cambio, para todo lo demás, para un ser posible, la existencia es como un extra, un accidente que le ocurre, algo que necesita una causa. Dicho de otro modo, para Dios ser es inevitable, para el universo es un regalo. Entonces, ¿cómo crea este Dios? Pues no es un acto de voluntad tipo hágase la luz, no. Es más bien emanación necesaria, lógica, como la luz que brota del sol sin que el sol decida nada. Esto resolvía un problemón. Como un ser perfecto y único crea un mundo imperfecto y múltiple sin cambiar el mismo. Pues así, de Dios emana una primera inteligencia. Esta, al pensar en Dios y en sí misma, genera la siguiente y así en una cascada cósmica hasta llegar a la décima inteligencia, el famoso dador de formas, que es la que ilumina nuestro mundo y de paso nuestras mentes. Y esa idea del dador de formas nos abre un melón importantísimo, otro de los grandes debates de la época, la naturaleza de la mente humana. A ver, si hay una inteligencia cósmica que nos ilumina para que pensemos, ¿qué parte del pensamiento es realmente nuestra? La respuesta a esta pregunta, como veremos, se fue haciendo cada vez más y más radical. Es que es una pasada ver cómo evoluciona el concepto. Partimos de Aristóteles con su distinción entre un intelecto activo y uno pasivo. Los primeros filósofos como Alquindi lo desarrollan. Luego avicenada un paso de gigante al decir que ese intelecto activo es de hecho, la décima inteligencia cósmica. Pero fue A Roes quien cogió esta idea y la llevó hasta su conclusión más audaz y desde luego más polémica. Fijémonos en la diferencia que es el meollo de la cuestión. Para Vicena, la luz que nos permite entender es universal, una para todos. Pero la pizarra donde escribimos ese conocimiento, la capacidad de recibirlo, es individual, es de cada uno. Pues bien, lo que hace Aberroes es dar un paso más allá, un paso radical. Afirma que no solo la luz es única y universal, sino que la propia pizarra también lo es, una única y eterna para toda la humanidad. No existe un intelecto mío o tuyo. Hay un solo intelecto. Claro, esto es una bomba, una bomba de relojería, sobre todo para las religiones. Porque si la parte que piensa, la parte inmortal de nuestra mente no es de nadie en particular, sino una sola para todos, ¿qué es lo que sobrevive cuando morimos? ¿Qué pasa con la inmortalidad personal del alma? La conclusión de Berroes ponía en jaque directamente una de las creencias más fundamentales que existen. Llegados a este punto, con una filosofía tan potente y unas conclusiones tan tan bestias, Aerroes se encontró con un desafío enorme. Cómo se armoniza la razón con la revelación, cómo pueden ser ciertas a la vez las demostraciones filosóficas y lo que dice el Corán. Su solución fue tan elegante como controvertida. Esta frase es, vamos, una declaración de intenciones en toda regla. Lo que Aberroes está diciendo es que la verdad es una y punto. Si una demostración filosófica, lógica y rigurosa choca con lo que parece decir un texto sagrado a primera vista, no es que haya dos verdades contradictorias, es que ese texto sagrado se tiene que reinterpretar, buscar su significado alegórico, más profundo, que sí estará en armonía con la razón. La razón tiene la última palabra. Claro que, según Aberroes, esta forma de entender la verdad no es para todo el mundo. Él propone una especie de jerarquía. La gran mayoría de la gente, el vulgo, se queda con la lectura literal, con las historias que inspiran piedad. Luego están los teólogos, que usan argumentos más elaborados, pero aún probables. Y solo en la cima, los filósofos, la élite, pueden y deben acceder a la verdad a través de la demostración pura y dura. Y ojo, esto es superimportante que quede claro. Aberroes nunca defendió una doctrina de la doble verdad. Esa idea de que algo puede ser verdad en filosofía y falso en religión a la vez, para nada. Lo que él propuso es que hay una única verdad, pero que hay diferentes caminos para llegar a ella y que el de la filosofía es simplemente el más directo y elevado. Y podríamos pensar, bueno, ¿y qué pasó con todo esto? ¿Se quedó en Córdoba? Qué va, el viaje de todo este torrente de ideas no había hecho más que empezar. Cruzó fronteras, idiomas y religiones para transformar el mapa intelectual de Occidente de una manera que aún hoy nos deja con la boca abierta. Es que la rapidez de la transmisión fue alucinante. De repente, las obras de Abicena y Aberroes se convirtieron en lectura obligatoria en las nuevas universidades que estaban naciendo en Europa. Gigantes del pensamiento como el judío Maimónides o el cristiano Tomás de Aquino no solo los leyeron, sino que dialogaron con ellos sin parar. Vamos, que no se puede entender la filosofía medieval europea sin este legado. Así que si nos tenemos que quedar con algo es con esto. La edad de oro islámica no fue un simple acto de guardar el pensamiento griego en un cajón, fue un acto de transformación brutal. cogieron esas ideas y las llevaron a lugares completamente nuevos, planteando preguntas sobre Dios, la creación y la mente que iban a definir el debate intelectual durante siglos en el Islam, el judaísmo y el cristianismo. Y para terminar queda en el aire una pregunta que da para pensar mucho. Con este sistema de interpretación, al dejar el significado profundo para unos pocos y el literal para la mayoría, ¿qué pretendía realmente a Berroes? ¿Estaba protegiendo la fe de la gente de complejidades que no iban a entender? o en el fondo la estaba debilitando, sometiéndola siempre al juicio final de una élite filosófica. La respuesta quizá sigue abierta.