← Volver al buscador
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)

05 │ Orígenes y extensión del movimiento obrero

HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Sección Contemporánea) Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde Creado con NotebookLM - Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L

Transcripción

Vamos a meternos de lleno en un viaje increíble, el del nacimiento del movimiento obrero. Pensemos en una fuerza que nació literalmente del ruido de las fábricas y que al final cambió el mundo para siempre. A ver, cosas como los fines de semana o la jornada de 8 horas para entender de dónde salen esos derechos que hoy nos parecen lo más normal del mundo, pues hay que viajar atrás al mismísimo principio, a una época que se movía a una velocidad de vértigo. Para empezar, una cifra que la verdad lo dice casi todo, 16 horas. Esa era la jornada de trabajo normal y corriente en el siglo XIX. No era algo raro, no era la norma. Imagina una vida entera marcada por el ritmo implacable de una fábrica y de descanso nada. Si la máquina no paraba, el trabajador tampoco. Este concepto que tenemos hoy de fin de semana para desconectar es que simplemente no existía. Además, el lugar de trabajo era bueno, era brutal. Las fábricas eran sitios sucios, peligrosísimos, sin una sola ley que protegiera la salud o la vida de la gente. Un accidente, una enfermedad, era el pan de cada día. Y la pregunta es, ¿todo esto a cambio de qué? Pues de un sueldo miserable, un salario que apenas daba para malvivir y que mantenía a las familias atrapadas en un círculo de pobreza del que era imposible salir. Esta fue la cruda realidad que, claro, encendió la mecha. Es que la revolución industrial fue mucho más que un montón de máquinas de vapor. Creó una sociedad completamente nueva y la partió en dos bandos muy claros. Por un lado, la burguesía, los dueños de las fábricas del capital, y por el otro proletariado, esa nueva y gigantesca clase obrera. Para un trabajador de la época, el cambio tuvo que ser un trauma. Pensemos que era pasar de la libertad y la autonomía de tu propio taller a estar sometido a la tiranía, a la disciplina de hierro del reloj de la fábrica. Una pérdida total del control sobre tu tiempo y sobre tu vida. Claro, ante una situación así, la reacción era inevitable. La pregunta es, ¿cómo empezaron a defenderse? ¿Cuáles fueron esas primeras chispas de rebeldía contra un sistema que parecía invencible? Una de las primeras respuestas fue el ludismo. Seguramente suena la historia. A menudo se cuenta como si fuera un ataque irracional contra el progreso. Pero de verdad era solo vandalismo sin más. Eran obreros que odiaban las máquinas y ya está. Pues la realidad es bastante más compleja. En el fondo, el ludismo era una forma de negociación. Romper una máquina no era un ataque a la tecnología en sí. Era una táctica desesperada, sí, pero una táctica para presionar a los dueños, para exigir mejores condiciones y para defender la dignidad de su oficio. La represión contra los luditas fue terrible y esto obligó a los trabajadores a darse cuenta de algo que era fundamental. Con acciones aisladas, con protestas puntuales, no iban a ninguna parte. Había que dar un paso más. Había que pasar de la simple protesta a la organización. Y así es como se dio el gran salto a la acción colectiva. Por un lado, empezaron a surgir los primeros sindicatos, las famosas straight unions en Gran Bretaña. Al principio eran secretos, ilegales, pero luchaban por cosas muy concretas, mejores solarios, menos horas. Y por otro lado, nació algo todavía más grande, el cartismo. Aquí está la clave, el punto de inflexión. Se dieron cuenta de que una cosa no podía ir sin la otra. Las mejoras en el trabajo eran imposibles sin tener derechos políticos. Y de ahí nace el cartismo, que es ni más ni menos el primer gran movimiento político de la clase obrera. Y ojo a sus demandas, como el sufragio universal masculino, esto ya era otra cosa. Se notaba una ambición completamente nueva. Ya no se trataba solo de pedir pan, no, ahora se trataba de exigir poder. Esta lucha, cada vez más organizada necesitaba, bueno, necesitaba un motor, ideas. un marco teórico que le diera un objetivo claro y una estrategia. Y aquí es cuando entran en juego las grandes ideologías que van a definir los siguientes 150 años de historia. La primera, y quizá la más influyente, el marxismo. Carl Marx y Friedrich Engels plantearon una idea potentísima. La historia de la humanidad es en realidad la historia de la lucha de clases. Para ellos, la única solución era una revolución del proletariado que tomara el control del Estado y desde ahí acabara con la propiedad privada. Y justo en la otra punta del debate nos encontramos con el anarquismo. Con figuras como Bacunin a la cabeza estaban de acuerdo en lo de acabar con la propiedad privada, pero su gran diferencia con los marxistas era su opinión sobre el Estado. Para un anarquista, cualquier forma de poder estatal, da igual que sea un estado obrero, es obresiva por naturaleza. Y es que aquí tenemos la gran división, la fractura ideológica que lo partió todo en dos. La pregunta era muy clara, ¿qué hacemos con el Estado? Para los marxistas era una herramienta que había que conquistar y usar para la revolución. Para los anarquistas era una cadena y lo único que se puede hacer con una cadena es destruirla. Esta tensión, esta diferencia fundamental va a marcar todo lo que vino después. Esta nueva conciencia de clase desde el minuto uno tuvo una vocación global internacional. La idea era simple, pero muy potente. Los problemas de un obrero de Manchester no eran tan diferentes de los de un obrero de París o de Berlín. Había que unirse por encima de las fronteras y de ahí nacieron las internacionales. La primera en el 64 fue un intento supera audaz de coordinación, pero al final se rompió precisamente por ese choque entre marxistas y anarquistas que acabamos de ver. Años más tarde, la Segunda Internacional, bueno, tuvo más éxito en lo práctico. De ahí salen símbolos que hoy son universales, como el primero de mayo, y de ahí sale la gran lucha por la jornada de 8 horas como objetivo mundial. Y con todo esto llegamos al impacto final. Después de un siglo de luchas, ¿cuál fue el resultado de verdad? Pues que el Movimiento obrero pasó de ser una víctima del sistema a ser un actor político de primer nivel, uno al que ya era imposible ignorar. Esta famosísima frase del manifiesto comunista, la verdad es que resume a la perfección el espíritu de la época. No era una lucha solo por un sueldo mejor, era la ambición de construir un mundo totalmente nuevo, la sensación de no tener nada que perder, salvo las cadenas y un mundo entero por ganar. Y vaya si ganaron. Su legado está por todas partes, en cosas que hoy nos parecen obvias, la jornada de 8 horas, el derecho a fundar un sindicato, los primeros sistemas de seguridad social que son el germen del estado del bienestar y quizá lo más importante de todo, obligaron a la política a reconocer que existía algo llamado la cuestión social. Aquel viaje que empezó con el humo de las fábricas del siglo XIX transformó para siempre la sociedad. Y todo esto nos deja una pregunta en el aire, una pregunta final. Esa lucha que empezó hace 200 años, ¿dónde se está librando hoy?