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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II

06 │ EL PROBLEMA TRADICIONAL DEL ALMA Y EL CUERPO │ Versión simplificada

A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II 2º año UNED Basado en el libro: Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura Autor: San Martín Sala, Javier Creado con NotebookLM - Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q

Transcripción

Hola y bienvenidos. Hoy nos vamos a meter de lleno en una de las preguntas, yo diría, más profundas de la filosofía. El problema mente cuerpo. O sea, ¿somos simplemente nuestro cerebro o hay algo más? Somos, como se suele decir, un fantasma dentro de la máquina. Vamos a explorar este misterio. Vamos a ver. Para empezar, pensemos en algo sersencillo, algo que hacemos todos los días. La decisión de levantar la mano. Ya está. Ese pensamiento, esa simple intención, no es física, no tiene peso, no ocupa espacio, no la puedes medir y sin embargo, zas, esa cosa inmaterial hace que un brazo, algo muy físico y real, se mueva. Aquí, justo aquí es donde empieza todo el lío, el corazón del misterio. De hecho, el filósofo Edmund Huserl le puso un nombre a esto. Lo llamó la diferencia fenomenológica. Suena complicado, pero la idea es simple. Hay una diferencia brutal entre el mundo de las ideas y el mundo de las cosas. A ver, la idea de un árbol, lo que él llamaba el noema, es virtual, no se puede quemar, pero el árbol real, el de madera, el que está ahí fuera, claro que se quema. Estamos hablando de dos realidades con reglas de juego completamente distintas. Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Y aquí está la gran paradoja, ¿no? Nuestro mundo interior es universo virtual de pensamientos, recuerdos, planes que es totalmente intangible. tiene el poder, tiene la autoridad para mandar sobre nuestro cuerpo físico. Pensemos en un plan para el fin de semana. No es nada, es solo una idea en la cabeza. Y sin embargo, esa idea tiene la fuerza, esa virtualidad de poner en marcha todo el cuerpo para que se convierta en algo real. Vale, para intentar desenredar este nudo ayuda mucho si lo descomponemos. Vamos a verlo como si fueran distintas capas o niveles de la realidad en los que todo esto sucede. Empezamos por arriba del todo en lo que podríamos llamar el nivel tres, el nivel intencional o experiencial. Esta es, digamos, nuestra realidad del día a día, la de la conciencia, la de nuestra biografía. Aquí es donde están nuestros pensamientos, lo que sentimos, los recuerdos, los planes. Vaya, es el mundo que conocemos directamente, sin intermediarios. Si bajamos un nivel, llegamos al nivel dos, el algorítmico. Pensemos en él como el software invisible que corre por debajo. Son esas reglas, esas estructuras mentales, esa red de significados que organiza toda nuestra experiencia. Y ojo, casi siempre sin que nos demos cuenta de forma subconsciente. Es como el sistema operativo que nos deja entender el mundo y, bueno, movernos por él. Y ya en la base de todo, en el fondo, está el nivel uno, el nivel fisiológico, el de las neuronas. Este es el hardware puro y duro, el cerebro físico, la sinapsis, la química. Y lo curioso es que de este nivel no tenemos ni la más mínima experiencia directa, cero. Solo sabemos que está ahí gracias a la ciencia o bueno, por desgracia, cuando vemos los efectos terribles que tiene una lesión cerebral. Entonces, la pregunta del millón es, ¿cómo encajan estos tres niveles? ¿Cómo se hablan entre ellos? Bueno, pues la primera gran solución sobre la mesa es el monismo. La idea es sencilla. En el fondo, todo, absolutamente todo, se reduce a una sola cosa, la materia. Y aquí tenemos, digamos, los dos grandes bandos en esta pelea. Por un lado, los monistas que dicen, "Solo hay una sustancia a la física." Y, punto. Para ellos, la mente no es más que el resultado de la actividad del cerebro. Y en la otra esquina, los dualistas que defienden que no, que hay dos sustancias totalmente diferentes. La mente, que no es material, y el cuerpo, que sí lo es. Dentro del monismo, una de las ideas más potentes es la teoría de la identidad. Viene de gente como Espinoza y en esencia lo que dice es que la mente y el cerebro son las dos caras de la misma moneda. O sea, los pensamientos, las emociones, no son una ilusión, son reales. Son simplemente la experiencia desde dentro, la perspectiva en primera persona de lo que está pasando a nivel físico en nuestro cerebro. Hay una analogía del filósofo Carl Popper que lo explica genial. Pensemos en una nube. Si la miras desde lejos, desde fuera, ves una forma blanca definida que refleja la luz. Si estás dentro de la nube, en un avión, lo que experimentas es una niebla difusa, sin forma. Y si eres un físico, lo que analizas es una masa de vapor de agua con una densidad y temperatura concreta. Fíjate, tres descripciones que no se parecen en nada, pero que hablan de la misma y única cosa. Pues bien, para la teoría de la identidad, esto es exactamente lo que pasa con la mente y el cerebro. Claro, pero aquí es donde los monistas se encuentran con un problema, uno muy gordo. A ver, si una teoría científica o cualquier creencia es solo un estado físico de un cerebro, ¿cómo puede ser verdadera o falsa? Sería simplemente un hecho físico, como que llueve o no llueve. No tendría sentido discutir si es correcta o no. Y claro, esto pone en jaque la idea misma de la razón, del debate, de la lógica. Es un argumento potente en su contra. Y frente a esta visión de que todo es materia, nos encontramos con su gran rival histórico, el dualismo, la idea tan antigua como intuitiva, de que la mente y el cuerpo son efectivamente dos cosas distintas, dos mundos separados. Y ojo, que esta idea no es nueva para nada, es casi tan antigua como el pensamiento mismo y la verdad es muy intuitiva. Sus raíces están en la antigua Gregia. Luego el cristianismo la convirtió en uno de sus pilares y durante siglos, en la Edad Media, los filósofos se dedicaron a crear pruebas superelaboradas para defenderla. Vamos, que ha marcado a fuego toda nuestra cultura. El argumento clásico, para que nos entendamos, iba más o menos así. Paso uno, la mente puede pensar en cosas abstractas que no son materiales, como la justicia o la belleza. Paso dos, la causa de algo no puede ser menos que su efecto. Por tanto, si el efecto son ideas inmateriales, la causa, la mente, tiene que ser también inmaterial. Paso tres, si es inmaterial, no está hecha de partes. Es simple. Y último paso, si no tiene partes, no se puede romper, no se puede descomponer. Conclusión, el alma es inmortal. Así de claro. Vale, hasta ahora hemos visto los dos extremos del ring. O todo es materia o hay dos mundos completamente separados. Pero claro, hoy en día muchos filósofos y científicos buscan un camino intermedio, una tercera vía, algo que podríamos llamar una dualidad sin dualismo. Para pillar esta idea hay una analogía del filósofo John Slenísima. Pensemos en el agua. Si coges una sola molécula de H2O, pues no es sólida ni líquida ni gaseosa, no tiene esas propiedades. Pero si juntas billones de esas moléculas y las organizas de una forma muy concreta en una red cristalina, de repente, boom, aparece algo totalmente nuevo a un nivel superior, la solidez, el hielo. Perfecto. Pues ahora vamos a hacer exactamente lo mismo con el cerebro. Una neurona sola no es consciente, no piensa, no tiene miedo, no se enamora. Pero si conectas miles de millones de ellas en esa red increíblemente compleja que es el cerebro humano, entonces emerge una propiedad de un nivel superior, algo radicalmente nuevo, la consciencia. Así que el punto clave aquí es este. La mente sería una propiedad emergente del cerebro. ¿Qué quiere decir esto? Pues que es causada por las neuronas, que depende totalmente de la estructura física del cerebro. Sin cerebro no hay mente. Pero, y esto es lo importante, no se puede reducir una simple neurona, igual que la solidez del hielo, no es una propiedad de una molécula de agua, es una propiedad del sistema completo. Y todo esto puede sonar a un debate filosófico superabstracto, ¿verdad? Pero nada más lejos de la realidad. Las consecuencias de este problema son gigantescas, son superactuales y, de hecho, nos tocan muy de cerca. Por ejemplo, la neurociencia. Imagina un escáner cerebral. El neurólogo ve en la pantalla un pico de actividad en el cortex visual. Eso es el dato crudo, biológico, pero lo que la persona está viviendo en ese momento es quizás un recuerdo supernítido de la casa donde creció. Vemos la diferencia. Hay un abismo enorme entre el dato biológico general y el significado personal biográfico de esa experiencia. Y esto nos lleva a una conclusión que es bueno, es fundamental. La actividad del cerebro es como el hardware, la máquina. Pero para saber qué está haciendo esa máquina, qué programa está corriendo, necesitas el código fuente. Y ese código es la biografía, la cultura, las experiencias, toda la historia personal. La biología por sí sola, el puro hardware, no puede leer los pensamientos, le falta el código. Y claro, esto nos conecta de lleno con el gran tema de hoy, la inteligencia artificial. La gran pregunta que nos tenemos que hacer es, ¿cuando construimos estas sías tan avanzadas, ¿estamos de verdad creando mentes? sistemas con una experiencia subjetiva con un yo dentro o son solo calculadoras increíblemente complejas que imitan la inteligencia y la perfección. Fíjate, la respuesta a esto depende de qué solución elijamos para el viejo problema de la mente y el cuerpo. Y vamos a terminar con una cita bastante potente de Owen Flanegan, que creo que resume perfectamente lo que nos jugamos aquí. dice algo así como, "Si la mente no física, el libre albedrío y el alma no son cosas reales, sino meras apariencias, entonces es el fin del mundo, al menos tal y como lo conocemos." Y es que la respuesta que demos a este enigma no es un simple juego de intelectuales. Define cómo entendemos la libertad, la culpa, la moralidad y en el fondo, ¿qué significa ser humano. Una pregunta que, desde luego, sigue muy abierta y nos da muchísimo en qué pensar.