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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
06 Filosofía hebraica | Las tres perspectivas sobre el origen del mundo según Maimónides
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
A ver, ¿cómo empezó todo? Es una de esas preguntas que nos hacemos hoy, pero que ya traían de cabeza a los pensadores hace siglos. ¿El universo fue creado de la nada? ¿O quizás se le dio forma a partir de algo que ya existía? ¿O la opción más vertiginosa? ¿Y si simplemente siempre ha estado ahí? Pues bien, hoy vamos a sumergirnos en cómo un filósofo de la lata la ataña de Maimonides intentó poner orden en este debate hace más de 800 años. Para entenderlo, hay que ponerse en la piel de alguien de su época. Pensemos en un creyente devoto educado en la ley que de repente se topa con la filosofía griega, con la lógica implacable de Aristóteles. De repente la razón te muestra un camino, pero tu tradición religiosa te señala otro. Estás en medio de una encrucijada perplejo. Pues ese es exactamente el dilema que Maimónides se propuso resolver. Y para ayudar a esas mentes inquietas, escribió su obra cumbre, la guía de perplejos. Ojo que el título ya nos da una pista. No es un libro para todo el mundo. Está pensado específicamente para esa persona que se siente atrapada entre la fe y la razón y que sobre todo no quiere renunciar a ninguna de las dos. Venga, vamos a meternos de lleno en ese dilema. El miollo de la cuestión es esa tensión constante entre lo que dice la ley religiosa y lo que demuestra la filosofía. Y uno de los puntos más calientes, claro, es el origen del mundo. ¿Qué significa de verdad eso de creación? Para aclararlo, Maimonides lo que hace es analizar una por una las tres grandes teorías que había sobre la mesa en su época. La primera opción que Maimonides examina es la de los creyentes en la ley. Vamos, la interpretación más tradicional, la que se deriva directamente de los textos sagrados. La idea, a primera vista parece sencilla. Dios lo crea absolutamente todo a partir de la nada. Cero. El concepto clave aquí es lo que se conoce como creación exniilo, de la nada. Esto es fundamental. No hay una materia previa, no hay un espacio que ya existiera. Antes del mundo simple y llanamente no había nada. Lo que hace Dios es producir el ser mismo de la realidad. Pero justo aquí es donde Maimónides detecta un error de pensamiento muy, pero que muy común. Tendemos a imaginar a Dios en un antes infinito, como si estuviera esperando el momento perfecto para crear el mundo en un después. Casi como si Dios estuviera mirando un reloj cósmico, ¿verdad? Pues bien, la corrección que hace Maimonides es brutal. nos dice un momento, el tiempo no es un escenario donde Dios existe. Todo lo contrario. El tiempo es en sí mismo una criatura más. Nace con el mundo, es una propiedad del universo. Así que hablar de un antes de la creación es que directamente no tiene ningún sentido. Y para describir este acto tan radical, tan absoluto, Maimónides usa un término potentísimo, existenciar. Es que no se trata solo de crear o o dar forma a algo como haría un artesano con la arcilla, ¿no? No se trata de conferir la existencia misma, de hacer que algo sea con todo lo que eso implica, sus propiedades, sus movimientos, su propia naturaleza. ¿Vale? Dejamos esa primera postura y pasamos a la segunda gran Maimónides pone bajo la lupa, la de los filósofos, que era una especie de mezcla de ideas de Platón y Aristóteles. Y aquí, bueno, aquí el escenario cambia por completo. Ya no partimos de la nada, partimos de una materia que ya estaba ahí. En este modelo, Dios se parece más a un arquitecto cósmico, a un gran ordenador. La materia primera caótica siempre ha existido. El papel de Dios no es existenciarla desde cero, sino poner orden, darle forma, estructura, leyes. El foco del problema, por lo tanto, se desplaza. La gran pregunta ya no es por qué hay algo en vez de nada, sino por qué este algo está tan increíblemente bien ordenado? Y con esto llegamos a la tercera y más radical de todas las perspectivas. la que Maimónides atribuye en exclusiva Aristóteles. Si la segunda opción ya nos alejaba bastante de la idea de creación, esta directamente la dinamita por completo. La idea aquí es simple y a la vez demoledora. El universo es eterno. Así de claro. No tuvo un principio en el tiempo. Siempre ha estado aquí con sus cielos, sus estrellas y sus ciclos de movimiento perpetuo. No hubo un día uno. A ver, en este cosmos eterno, claro que las cosas individuales nacen y mueren, los seres vivos, los objetos, pero el sistema en su conjunto, el universo común todo, no tiene principio ni fin. Y en un marco como este, el propio concepto de creación se vuelve pues irrelevante, pierde su sentido. El mundo simplemente es. Bueno, pues después de analizar con una honestidad intelectual brutal estas tres grandes teorías, llega el momento de la verdad. Maimónides tiene que mojarse, tiene que tomar partido y resolver esa perplejidad de la que hablábamos al principio. ¿Cuál es su veredicto final? Vamos a ponerlas cara a cara un momento. Por un lado, la ley, que habla de un origen desde la nada absoluta con un dios que existencia todo. En el otro extremo, Aristóteles, que defiende un universo eterno sin origen. Y en medio, los otros filósofos que proponen un Dios que ordena una materia preexistente. Son tres visiones, tres roles para Dios, tres universos completamente distintos. Y la elección de Maimonides es clara, es rotunda, vuelve a la primera perspectiva y la reafirma con toda su fuerza. Para él, la única doctrina que se sostiene, la única correcta, es la creación absoluta desde la nada, sin ningún tipo de estado previo, ni material ni temporal. Pero, ¿por qué esta elección tan firme? ¿Por qué rechaza de plano las dos grandes alternativas filosóficas? Pues la implicación es enorme, porque tanto una materia eterna como un mundo eterno limitarían el poder de Dios, implicarían que hay algo externo a él, algo que él no ha elegido crear. Para Maimónides, defender la creación desde la nada es defender el atributo más importante de Dios según la ley, su absoluta libertad y su voluntad sin límites. Entonces, claro, la pregunta es, ¿cómo se puede hacer ciencia en un mundo que nace de un acto así, incomprensible? Y aquí es donde está la genialidad de Maimónides. Lo que hace es distinguir perfectamente entre dos cosas. Una es el acto de crear, que para él es un misterio divino inaccesible a la razón humana. Pero otra cosa muy distinta es el mundo una vez creado. Y ese mundo sí es perfectamente racional, ordenado y por lo tanto está totalmente abierto a que lo estudiemos con la física o la astronomía. La solución de Maimonides, por tanto, es una especie de separación de dominios. La fe se ocupa de ese porqué original y misterioso y la ciencia se encarga de explicar el cómo funciona todo lo que vino después. Fue una propuesta elegantísima que resolvió la perplejidad de muchísima gente en el siglo XI. La pregunta que nos deja resonando hoy es, ¿sigue siendo válida esa distinción en nuestro eterno debate entre creación, razón y ciencia? Ahí queda eso.