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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
06 Filosofía hebraica | Primera parte
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Cuando pensamos en Alándalus, a menudo nos vienen a la cabeza imágenes de palacios, de jardines espectaculares, pero fue mucho más que eso. En el Corazón de la Edad Media fue un auténtico hervidero intelectual, un campo de batalla para las mentes más brillantes que se hacían las preguntas más profundas sobre el universo, sobre Dios y sobre nuestro lugar en todo ello. Y en el centro de todo ese bullicio había un dilema, una tensión que lo definía todo. Por un lado tenías la tradición, la fe, la interpretación literal de las escrituras y por el otro el hambre de saber, la filosofía, la ciencia, la lógica pura y dura. ¿Cómo se podía reconciliar algo así? ¿Era siquiera posible? Pues en este análisis vamos a meternos de lleno en esa encrucijada. Primero veremos quiénes eran exactamente esos perplejos, luego cómo Maimónides intentó guiarles. Veremos la solución tan original que propuso Iden Gavirol y finalmente cómo IDM Esdra lo conectó todo con las estrellas. Va a ser como escuchar a escondidas una conversación filosófica increíble que tuvo lugar hace siglos. Venga, pues vamos al lío. Para entender bien este debate, lo primero es saber de quién hablamos, de los protagonistas de esta historia, los perplejos, quiénes eran realmente. Fue Maimónides quien les puso este nombre. Y no, no eran herejes ni rebeldes. Eran personas de fe, educadas en la tradición, pero que sentían una curiosidad intelectual enorme. Querían entender el mundo a través de la razón y, claro, chocaban con los dogmas. eran, en definitiva, buscadores de una verdad que pudiera unir su corazón y su cerebro. Y el ambiente, la verdad, no era el más fácil. La religión oficial, para protegerse se había vuelto un poco rígida, muy a la defensiva. Veía a los filósofos con recelo, como si fueran una amenaza. Por eso, pensadores como los que vamos a ver ahora eran gente verdaderamente valiente, auténticos pioneros. Y aquí es donde entra en escena una figura colosal, Moisés Maimónides. Él no esquivó el problema, todo lo contrario se lanzó de cabeza por él. De hecho, su obra más famosa se gama precisamente Guía de perplejos. Es literalmente un manual para todos aquellos que se sentían perdidos entre esos dos mundos. Esta es la clase de pregunta que le quitaba el sueño a Maimónides. A ver, si nos tomamos los textos sagrados al pie de la letra, acabamos imaginando un Dios con cuerpo, con partes, casi humano. Y eso para un filósofo es limitar lo infinito. ¿Cómo se resuelve este embrollo sin decir que las escrituras se equivocan? Pues Maimónides nos da una clave, la interpretación. Él dice, "Ojo, que las palabras pueden tener varios significados. Cuando la Torá dice que Dios ve, no es que tenga un par de ojos, para nada. Es una metáfora, una forma poética de decirnos que tiene un conocimiento absoluto, que lo abarca todo. Es un lenguaje humano para intentar describir algo que está más allá de nuestra comprensión. Y con este mismo rigor, Maimoni desabordó el mayor misterio de todos, la creación del mundo. Puso las tres grandes teorías sobre la mesa. Primero, la de la fe. Dios lo creó todo de la nada, exnígilo. Segundo, la de Platón. Había una materia eterna y un creador le dio forma. Y tercero, la de Aristóteles. El mundo es eterno, siempre ha existido. Al hacer esto, Maimónides nos dibuja el mapa completo del debate filosófico de su época. Vale, dejamos a Maimónides con sus preguntas y damos paso a Solomon Ibn Gavirol. Lo fascinante de él es que en lugar de analizar el problema, propone una solución y es una solución elegantísima y muy potente a la pregunta de qué es la existencia. Su gran idea se llama ilemorfismo universal. Suena a polabro, lo sé, pero la idea es brutal. Propone que todo, absolutamente todo en el universo, desde una estrella lejana a la silla en la que te sientas, está hecho de lo mismo. Una materia prima universal. y una forma que la define. Se acabó eso de que los cielos están hechos de una cosa y la tierra de otra. No, todo comparte la misma esencia. Podríamos resumirlo en esta simple ecuación de la realidad. Hay una materia prima como una especie de arcilla cósmica y un creador que le va dando formas. Y de esa combinación, pum, surge todo lo que existe. Es una visión que unifica el cosmos de una manera radicalmente bella. Y aquí viene lo mejor. La consecuencia de esta idea es tremenda. Si nuestra mente y el universo están hechos en el fondo del mismo material, ¿qué significa? Pues que podemos entenderlo. El conocimiento es posible porque hay una conexión, una similitud básica entre el que conoce y lo que es conocido. Ya no somos extraños en el cosmos. Muy bien, hemos visto el problema con Maimónides y una solución metafísica alucinante con Ibn Gavirol. Ahora la pregunta es, ¿y todo esto, ¿cómo se ve en el mundo real, en el día a día? Pues para eso tenemos a Abraham ibn Esra, que miró hacia arriba y conectó todas estas ideas con el firmamento. Iben Esra era un astrónomo y astrólogo de primera y lo que hizo fue llevar la filosofía a la práctica. Su idea, que era muy controvertida, es que el macrocosmos, los cielos, y el microcosmos, nosotros, están íntimamente ligados. La posición de los planetas y las estrellas, en un momento dado, decía, no es algo ajeno, sino que influye directamente en nuestro carácter y en nuestro destino. Fijaos qué bonito lo explica él. Dice que esa relación entre lo de arriba y lo de abajo es como lo universal se manifiesta en lo particular y usa una analogía preciosa, la de un árbol junto a un río. La influencia universal que viene de los cielos baja por el árbol hasta lo más concreto, como las raíces que a su vez se nutren del río de la vida. Poesía pura. Y para que nadie pensara que esto era una fumada mística, Yenesra decía, "No hace falta que me creáis. Mirad a vuestro alrededor. La influencia de los astros es observable. ¿O acaso no cambia las estaciones o las mareas con la luna o nuestro humor con el sol? Incluso ponía ejemplos tan concretos como el del lavandero, el mismo sol que blanquea la ropa, a él le ascurece la piel. Son pruebas, decía, de esa conexión constante. Bueno, y así llegamos al final de este recorrido. Y creo que lo más importante es no ver a estos tres genios como tres islas separadas. Todo lo contrario. Estaban metidos hasta el cuello en un diálogo, en una conversación vibrante que, sin ellos saberlo, estaba dando forma al pensamiento de toda una época. Entonces, resumiendo la jugada, Maimone despone las cartas sobre la mesa, define el problema de los perplejos. Imb Gavirol, en respuesta, lanza una teoría que lo unifica todo, desde lo más grande a lo más pequeño. Y finalmente, Ibnesra coge esa idea de unidad y dice, "Y además podemos verlo cada noche si miramos a las estrellas. Cada uno aporta una pieza construyendo una síntesis de pensamiento que es sencillamente espectacular. Y claro, esta conversación medieval nos deja flotando una pregunta que es superactual. Esa tensión entre la ciencia y la espiritualidad, entre la razón y la fe, no se quedó en Alándalus, ¿verdad? Sigue aquí, hoy mismo, en los debates sobre la inteligencia artificial, sobre el origen del universo o sobre qué es la conciencia. Parece que la perplejidad al final no es un problema a resolver, sino la eterna compañera de viaje del pensamiento humano.