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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)

06 │ Orígenes y extensión de los nacionalismos

HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Sección Contemporánea) Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde Creado con NotebookLM - Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L

Transcripción

Hola a todos y bienvenidos. Hoy vamos a meternos de lleno con una idea, una idea tan potente que es capaz de convencer a millones de personas que no se conocen de nada a morir unos por otros. Una idea que aunque hoy nos parezca de lo más normal, en realidad tuvo que ser inventada hace apenas dos siglos. Hablamos, como no, del nacionalismo. Esta es la pregunta del millón. ¿A que sí? ¿Qué es eso que hace que millones de personas que no se van a conocer en la vida se sientan parte del mismo equipo, del mismo país? Pues la respuesta, y esto es lo curioso, no es algo que haya existido siempre. Es un concepto bastante moderno que, de hecho, hubo que inventar. A ver, para entender de dónde sale todo esto, tenemos que viajar en el tiempo hasta finales del siglo XVII. La Revolución Francesa acababa de hacer algo impensable, cortarle la cabeza no solo a un rey, sino una idea milenaria, la idea de que el poder venía directamente de Dios. De repente, el trono estaba vacío y los cimientos de toda Europa empezaron a temblar. O sea, que Europa se encuentra de pronto con una crisis de identidad brutal. Si el poder ya no viene de arriba, de Dios y del rey, entonces, ¿de dónde viene? ¿Quién manda ahora? Era un vacío de poder peligrosísimo, un auténtico abismo y una nueva idea muy poderosa y muy seductora estaba a punto de llenarlo. Y la solución fue la nación, una idea, la verdad, brillante y totalmente revolucionaria. La legitimidad ya no estaría en una sola persona, el rey, sino en una comunidad imaginada de millones, el pueblo. La nación de repente se convierte en el nuevo Dios, en el nuevo soberano que da sentido y justifica la existencia del Estado. Pero claro, como pasa siempre con las grandes ideas, no todo el mundo estaba de acuerdo en qué significaba eso de la nación. Desde el primer momento, esta idea se partió en dos, dos interpretaciones muy diferentes y que a menudo chocaron entre sí. Y en esta diapositiva se ve clarísimo. Por una parte tenemos la visión francesa, que es hija directa de la revolución. Para ellos, la nación es una elección. Es querer vivir juntos cada día. Una comunidad de ciudadanos que libremente deciden vivir bajo las mismas leyes. Y luego, en la otra esquina, por así decirlo, está la visión alemana, mucho más romántica. Aquí la nación no se elige, es un destino, es algo que ya existe, un espíritu del pueblo, el famoso Vols Heist, que te viene dado por la lengua, la cultura y hasta la sangre. Uno no decide ser alemán, nace alemán. Así que en resumen, la gran pregunta era, "¿La nación es un contrato político que firmas o es algo que heredas?" Estas dos respuestas van a marcar el futuro de Europa. ¿Vale? Pero todo esto eran ideas, ¿no? Debates de filósofos. ¿Cómo pasamos de la teoría a la práctica? Pues vamos a ver ahora como estas ideas se convirtieron en la pólvora que redibujó por completo el mapa de Europa. Es que si echamos un vistazo a un mapa de la época es un auténtico caos, sobre todo en lo que hoy son Italia y Alemania. No existían como tal. eran un mosaico de reinos, ducados, ciudades, un montón de piezas sueltas, muchas de ellas bajo el control de grandes imperios como el de Austria. En el caso de Italia, el proceso fue bueno, una mezcla fascinante de cabeza y corazón. Por el norte, el astuto ministro Kabur movía los hilos de la diplomacia haciendo pactos y alianzas. Y por el sur, el revolucionario Garibaldi y sus famosos camisas rojas iban conquistando territorios con pura pasión. El resultado, una Italia unificada, sí, pero con una brecha entre el norte rico y el sur más pobre, que en cierto modo sigue existiendo hoy. Lo de Alemania fue muy diferente, mucho más rápido, más metódico y bastante más brutal. Con Prusia a la cabeza y un estratega genial, Otofón Bismarck, la unidad no se negoció, se impuso a la fuerza. Bismarck, que era genio, provocó tres guerras cortas y muy bien calculadas. Su objetivo no tanto conquistar por conquistar, sino obligar a todos los estados alemanes a unirse bajo el mando de Prusia, forjando una identidad nacional en el calor de la batalla. Y no hay nada que resuma mejor esta filosofía que las palabras del propio Bismarck, al que llamaban el canciller de hierro. Lo dejó bien claro. Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se decidirán con discursos, sino con hierro y sangre. La unidad alemana no se votó, se forjó a base de guerra y con ella nació una nueva superpotencia en el corazón de Europa. Y justo aquí, cuando parece que el nacionalismo ha triunfado como una fuerza para unir a los pueblos, la historia da un giro bastante oscuro. La idea de nación que nació para liberar empezó a transformarse en algo mucho más peligroso y este es el giro clave de todo. El nacionalismo, que había nacido como un grito de libertad de los pueblos contra los estados absolutas. de repente es secuestrado por esos mismos estados. Se convirtió en su mejor arma. Ya no se trataba de liberar, sino de dominar. Los estados pusieron en marcha una auténtica fábrica de patriotas. Paso uno, la escuela. A todos los niños se les empieza a enseñar una única historia nacional muy heroica, claro. Paso dos, el servicio militar obligatorio, la mili. Allí se forjaba una lealtad inquebrantable a la patria. Y paso tres, banderas, himnos, fiestas nacionales, todo para crear un potentísimo sentimiento de nosotros, unos otros que casi siempre se construía en oposición a ellos, los extranjeros. Y claro, esto tuvo consecuencias. ¿Y qué consecuencias? Los Balcanes, por ejemplo, con esa mezcla de viejos imperios que se caían a trozos y nuevas naciones que querían crecer, se convirtieron en lo que todo el mundo llamó el polvorín de Europa. Cada uno quería expandirse a costa del vecino y las grandes potencias, pues echando más leña al fuego. Era la antesala de la catástrofe que estaba por venir. Y con esto llegamos al final de nuestro análisis. Y la verdad es que la conclusión es que el legado del nacionalismo es bueno, es profundamente contradictorio. Es sin duda una de las fuerzas más potentes de la historia moderna. tanto para lo bueno como para lo malo. Por un lado, sí es la fuerza que ha construido democracias y estados del bienestar, que ha dado a millones de personas un sentido de pertenencia y un propósito común. Pero por otro lado, y esta es la cara oscura, es la misma fuerza que ha justificado la xenofobia, la limpieza étnica y las guerras más terribles que hemos conocido. Y esa es la gran paradoja, la que nos sigue persiguiendo hoy en día. El nacionalismo sigue siendo la herramienta más poderosa para unir a los que están dentro de una frontera y a la vez la excusa más terrible para atacar a los que están fuera. una moneda de dos caras con la que, fíjate, dos siglos después seguimos jugándonos nuestro futuro.