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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
07 │ ANIMALES, MÁQUINAS Y SERES HUMANOS │ Versión simplificada
A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II
2º año UNED
Basado en el libro:
Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura
Autor: San Martín Sala, Javier
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q
Transcripción
A ver, pensemos en esto. ¿Es nuestra mente simplemente un programa, un software superclejo que corre en el hardware de nuestro cerebro? Bueno, pues hoy vamos a meternos de lleno en una de las ideas más potentes y la verdad más persistentes sobre la mente humana, la famosa metáfora del ordenador. Venga, vamos a ello. Nuestro recorrido va a tener cinco paradas. Empezaremos viendo de dónde sale esta metáfora. Luego le buscaremos las cosquillas, las grietas que tiene para acabar con una visión, creo yo, mucho más completa de lo que significa tener una mente. ¿Vale? Para entender por qué esta idea del ordenador ha calado tan hondo, primero hay que dar un pasito atrás. Y es que resulta que cada época, cada era de la historia tiene su propia gran metáfora para explicar cómo funciona el mundo, la naturaleza. Es que es así. Nuestra tecnología define cómo vemos las cosas. En la antigua Grecia todo era como una planta que crecía, ¿no? La fisis. Luego en la Edad Moderna, con la revolución científica, el universo pasó a ser un mecanismo de relojería superpreciso. Y hoy, ¿qué es lo que nos rodea? La informática. Así que no es de extrañar que tendamos a verlo todo, incluida nuestra propia mente, como si fuera un sistema que se puede programar, como un ordenador. Pero ojo, que esto de la mente como software no es solo una forma de hablar, eh, para nada. De aquí nació una teoría que lo cambió todo, una auténtica revolución en la psicología. Y como toda revolución surgió de las cenizas de lo que había antes. Durante muchísimos años la psicología dominante, el conductismo, básicamente decía que la mente era una especie de caja negra. No podemos saber qué pasa dentro, así que solo nos fijamos en la conducta, en lo que se ve desde fuera. Pero claro, llegó la revolución cognitiva y dijo, "Un momento, ¿y si intentamos abrir la caja y mirar qué hay dentro?" Y de ahí, de esa curiosidad, nace el funcionalismo. La idea es sencilla, pero potentísima. Lo que define un estado mental como un pensamiento o una creencia no es de que está hecho, o sea, no importan las neuronas, sino lo que hace, su función, su papel en el procesamiento de la información. Y claro, si solo importa la función, da igual que se ejecute en un cerebro o en una máquina. Aquí está la analogía clave, la que lo resume todo de una forma brillante. La mente es al cerebro lo que el software es al hardware. El cerebro es la máquina, los circuitos, el silicio, el cacharro. Y la mente es el programa, el código, las instrucciones que corren en esa máquina. La conclusión de todo esto es, bueno, es bastante radical. Si la vida mental no es más que procesar información y ese proceso puede correr en cualquier sistema, ¿qué nos lo impide? Pues que un ordenador podría llegar a pensar, a sentir, a ver, de verdad, tendría estados mentales auténticos. Suena muy bien, ¿verdad? Muy lógico, pero es de verdad tan simple, basta con procesar información. Pues resulta que no. Empezaron a surgir una serie de experimentos mentales, de historias que mostraron las primeras grietas en este edificio tan bien construido. Vamos con el primero. Es de un relato de un autor soviético de Netprof y se llama El juego. La idea es esta. Imaginemos a un montón de matemáticos organizados en una red gigante. Cada uno es un nodo, un simple punto de paso y tienen reglas sencillas del tipo: "Si te llega la señal X, tú le pasas la señal I al de al lado." ¿Vale? Pues ahora metemos por un extremo de la red una frase en ruso codificada en señales y sorpresa. Por el otro lado, después de pasar por toda esa red humana, sale una traducción perfecta al portugués. Aquí viene la pregunta del millón. ¿El sistema común todo ha traducido la frase? Pues sí, obviamente, pero ahora pensemos. ¿Alguno de los matemáticos que forman la red entiende una palabra de portugués o siquiera sabe que está traduciendo algo? La respuesta es no. Nadie entiende nada. El sistema funciona, pero no hay comprensión en ninguna de sus partes. Vale, pues ahora vamos a darle una vuelta de tuerca más a esta idea con el famosísimo argumento de la habitación china, del filósofo John Sir. Imaginemos a una persona que no sabe ni una palabra de chino encerrada en una habitación. Le pasan por una ranura papeles con símbolos chinos. Dentro tiene un libro de reglas gigantesco en su idioma que le dice, "Si te pasan este símbolo, saca por la otra ranura este otro. Desde fuera parece que la habitación entiende Chino a la perfección porque sus respuestas son correntes, pero la persona de dentro entiende algo para nada. Solo está manipulando símbolos siguiendo reglas. Pura sintaxis, cero semántica, cero significado. Y vamos con el tercer y último experimento mental, que es quizás el más poético. Es el de la habitación de Mary de Frank Jackson. La protagonista es Mary, una neurocientífica superbrillante que ha vivido toda su vida en una habitación en blanco y negro. Desde su habitación, Mary se ha convertido en la mayor experta del mundo en la visión del color. Se sabe de memoria cada dato físico, cada proceso neurofisiológico sobre cómo el cerebro percibe el color rojo. Lo sabe todo, pero a nivel teórico. La pregunta es, ¿qué pasa cuando por fin sale de la habitación y ve por primera vez una manzana roja? ¿Aprende algo nuevo en ese momento? Porque si la respuesta es sí, significa que había un tipo de conocimiento, la experiencia subjetiva de ver el rojo que no estaba en todos sus datos físicos. Como vemos estos tres relatos, el juego, la habitación china y Mary, aunque son muy distintos, todos apuntan en la misma dirección. Señalan un hueco enorme, una laguna fundamental en el modelo de la mente como un ordenador. Y es que si la mente es solo un programa, ¿dónde metemos la consciencia? ¿Dónde queda la experiencia subjetiva? El funcionalismo, al centrarse tanto en el qué hace la mente en el procesamiento, se olvida por completo del aspecto quizá más importante. ¿Cómo es ser esa mente? ¿Cómo es vivir esa experiencia desde dentro? Las limitaciones son claras. Esta metáfora se estrella contra la experiencia subjetiva, eso que llaman los filósofos los qualia, el cómo se siente ver el color rojo. Tampoco sabe qué hacer con los hábitos, con todas esas habilidades que tenemos y que no son una lista de instrucciones. Y sobre todo pasa por alto algo fundamental. No somos programas flotando en el éter, tenemos un cuerpo, estamos anclados en el mundo real. Y todo esto nos obliga a buscar una imagen más completa, a ir más allá de esa idea tan elegante, pero tan simple, de la mente como una máquina. Es que el cuerpo humano no es un extra, no es un apéndice, es fundamental. Nosotros no tenemos que deducir la realidad a partir de datos que nos meten por un teclado. Estamos en la realidad desde el primer momento, desde que nacemos. Y hay un dato de la embriología que es simplemente alucinante y que lo explica muy bien. Resulta que el cerebro, los sentidos y la piel se desarrollan todos a partir de la misma capa de células en el embrión, el ectodermo. O sea, que en cierto modo nuestra piel es una extensión de nuestro cerebro. Pensar y sentir el mundo no son dos cosas separadas. Lo dijo muy bien el filósofo Mario Bunge. Si deseamos comprender la mente, mejor será comenzar por estudiar a los animales que a las máquinas. La mente es un fenómeno biológico, así que para entenderla tenemos que mirar a la biología, no a la ingeniería. Así que en definitiva, la metáfora del ordenador ha sido y es una herramienta increíblemente útil. Nos ha permitido avanzar muchísimo, pero no podemos olvidar lo que es una metáfora, una simulación, no es la realidad. Y esto nos deja con una pregunta abierta, una pregunta fascinante. Si la mente no es un ordenador, ¿cuál será la próxima gran metáfora? ¿Qué idea definirá nuestra forma de entendernos en el futuro?