← Volver al buscador
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

07 La Función Semántica | Teoría de la significación en Anselmo, Alberto Magno y Tomás de Aquin

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Nos hemos parado a pensar alguna vez cómo algo tan simple como la palabra árbol puede servir para dos cosas a la vez. Por un lado, para señalar el árbol que vemos por la ventana y por otro para hablar de la idea de árbol en general. Pues esta pregunta, que parece sencilla, fue un auténtico quebradero de cabeza para los filósofos medievales. Hoy vamos a hacer un viaje para ver cómo tres pensadores clave intentaron resolver este puzzle del lenguaje. Imaginemos la escena. Estamos en una habitación y hay una hoja sobre la mesa. Si yo digo, "Esta hoja es verde", ¿qué es lo que garantiza que esas palabras se peguen, por así decirlo, a ese objeto real? ¿Cómo evitamos que sean solo sonidos vacíos sin más? Este es el gran dilema que vamos a desentrañar. ¿Vale? Pues esta va a ser nuestra hoja de ruta. Primero vamos a plantear bien el problema de fondo. Después veremos la primera pieza del puzzle con Anselmo. Le añadiremos una capa de profundidad con Alberto Magno y al final Tomás de Aquino lo unirá todo para darnos la foto completa. Venga, pues empezamos por el principio, por el meollo de la cuestión, porque el reto no es solo ponerle nombre a las cosas, sino explicar cómo el lenguaje puede ser una herramienta fiable para decir la verdad sobre el mundo. Aquí está la pregunta del millón. ¿Cómo es posible que un mismo término como hoja funcione de dos maneras distintas? Por un lado, para señalar esa hoja concreta que tenemos delante y por otro, para referirnos al concepto general de hoja que todos tenemos en la cabeza. ¿Cómo puede hacer las dos cosas a la vez? Pues este es el desafío al que se enfrentaron nuestros tres pensadores. Y aquí entra en escena nuestro primer protagonista, Anselmo de Aosta. Su idea, ojo, va a ser el cimiento sobre el que se construye todo lo demás. La genialidad de Anselmo es darse cuenta de que la verdad no está en las palabras sueltas, día, noche. Esas palabras por sí solas no son ni verdaderas ni falsas. La clave está en la proposición, en la frase completa que afirma o niega algo sobre el mundo. Es la estructura, el enunciado, lo que puede ser verdadero o falso. Y este ejemplo es perfecto para entenderlo. La misma frase es de día, puede ser verdad ahora mismo, pero dentro de 12 horas seá completamente falsa. ¿Se ve la idea? La verdad no es algo que tengan las palabras, sino que depende de si lo que decimos encaja con la realidad en un momento concreto. Así que la gran idea de Anselmo es esta. El lenguaje tiene un poder increíble. Puede hablar de lo que es, de la realidad, pero también puede hablar de lo que no es. Y claro, esto abre la puerta a la mentira, que para él no es más que un uso, digamos, desviado de ese poder que tiene el lenguaje para significar. Aquí lo vemos clarísimo. Las dos frases son posibles, gramaticalmente están bien construidas. El lenguaje nos permite decirlas, pero solo la primera, un ser humano es un animal, se ajusta a cómo son las cosas. Es un uso recto. La segunda, diría Anselmo, es una distorsión. Es usar mal esa herramienta tan potente que tenemos. ¿Vale? Anselmo nos ha dicho que el lenguaje sirve para decir si algo existe o no, pero ahora llega Alberto Magno y sube la apuesta. Se pregunta, de acuerdo, existe, pero ¿qué es esa cosa? Con él damos el salto de la existencia a la esencia. Y para eso Alberto nos trae este concepto fundamental, la quivitas, la esencia. Lo que le interesa no es tanto si algo existe, sino qué es, qué es lo que hace que un ser humano sea un ser humano, independientemente de que hablemos de Pedro, de Juan o de María. Y aquí está la herramienta clave de Alberto. ¿Cómo atropamos esa esencia con el lenguaje? Su respuesta es directa, con la definición. Una buena definición es como la llave que nos abre la puerta a la naturaleza universal de las cosas, a su cuiditas. Entonces, la solución de Alberto es esta y es muy elegante. Primero, nuestro intelecto capta la esencia universal, la idea de humanidad en general. Y es gracias a ese concepto universal que luego podemos reconocer y entender a cada persona concreta que nos encontramos por la calle. Y ahora llega el gran sintetizador Tomás de Aquino para montar el puzle completo. Coge las ideas de Anselmo y de Alberto y las integra en un sistema añadiendo dos elementos cruciales, el juicio del intelecto y muy importante, la finalidad social del lenguaje. Thomas nos describe el proceso paso a paso. Primero, los sentidos recogen datos del mundo. Un color amarillo, un brillo metálico, cierto peso. Después el intelecto se pone a trabajar, compone o sejunta todas esas sensaciones para unirlas a un concepto y a la vez divide, las separa de otros conceptos que no son. Ese es el acto de juzgar. Para Tomás la verdad no es algo que simplemente está ahí fuera esperando a que la veamos, no. La verdad se construye. Es un acto de la inteligencia. Cuando decimos, "Esto es oro", lo que está haciendo nuestra mente es unir activamente las sensaciones de color y peso con el concepto que tenemos de oro. Y si esa unión, esa composición encaja con el objeto real, bingo, el juicio es verdadero. Y aquí está la gran aportación de Tomás, lo que realmente completa el cuadro. El lenguaje no es solo una herramienta para filósofos que buscan la verdad en sus despachos. Su fin último, su propósito real es la comunicación. ¿Por qué? Porque el ser humano, como él recupera de Aristóteles, es un ser social y político. La verdad importa porque la necesitamos para vivir juntos. Bueno, pues llegamos al momento de juntarlo todo y como vamos a ver, esto no va de que un filósofo tenga razón y los otros no. Al revés, sus teorías se van construyendo una sobre otra, como capas que nos dan una explicación cada vez más completa y profunda. Esta tabla es un resumen perfecto de todo nuestro viaje. Se ve clarísima la progresión, ¿verdad? Anselmo pone el foco en la existencia, Alberto en la esencia y Tomás lo remata con el juicio y la comunicación. Cada uno añade una pieza clave al puzzle del significado. Así que si nos tenemos que quedar con una idea es esta progresión tan lógica. Empezamos con la pregunta más básica de Anselmo. ¿Esto existe o no existe? Luego Alberto va más allá. Vale, pero ¿qué es? ¿Cuál es su esencia? Y finalmente Tomás lo envuelve todo en el acto de juzgar de nuestro intelecto, que además tiene un fin práctico, comunicarnos para vivir en sociedad. Y terminamos con una pregunta, una reflexión final. Toda esta búsqueda medieval de hace más de 700 años por encontrar un lenguaje que esté bien anclado en la realidad, en la esencia de las cosas, ¿qué nos puede enseñar hoy? En una era llena de desinformación, donde a veces parece que las palabras se han soltado de la verdad, ¿qué podemos aprender de ellos? Hay que dar la pregunta.