← Volver al buscador
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

07 La Función Semántica | Tipos de enunciado en la lógica medieval y enunciados imposibles

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Es posible construir una frase que sea, digamos, perfecta en su forma, que siga todas las reglas habidas y por haber, pero que a la vez esté describiendo algo que es rotundamente imposible. La verdad es que es una idea que de entrada choca un poco, ¿verdad? Bueno, pues para resolver este enigma, los lógicos medievales hicieron lo que mejor se les daba, ser increíblemente metódicos. En lugar de complicarse, dijeron, "Vamos a empezar por el principio de todo, por los cimientos, es decir, por esos ladrillos elementales con los que construimos la verdad. Y el punto de partida que vemos en gente como Tomás de Aquino es de una simplicidad que casi desarma. Pensemos un momento, ¿qué es una palabra?" Pues en el fondo no es más que una señal, una etiqueta que le ponemos a un pensamiento. Es sencillamente la herramienta que usamos para sacar lo que tenemos en la cabeza y ponerlo ahí fuera. Y aquí es donde la cosa se pone de verdad interesante. Fijaos en esta distinción que es, bueno, es crucial. Una palabra suelta como hombre, así sin más, es verdadera o falsa. Pues ni lo uno ni lo otro, es solo un concepto. Pero ojo, en el preciso instante en que la metemos en una frase completa, en una proposición como el hombre es un animal, zas, de repente hemos creado el campo de juego donde la verdad y la falsedad pueden existir. Es justo ahí donde nace el juicio lógico. Y esto nos lleva, como no, al mismísimo corazón del asunto, a esas frases que, por así decirlo, siguen las reglas del juego a la perfección, pero cuyo significado choca de frente con la realidad. Aquí tenemos el ejemplo estrella, el que usaban una y otra vez. El hombre es asno. Si la analizamos fríamente, la frase es gramaticalmente impecable. Tiene su sujeto, su verbo, su predicado. Vamos, que todo está en su sitio. Sin embargo, lo que afirma es como poco, obviamente falso. Entonces, ¿cómo narices desenredaron los medievales este extraño fenómeno? pues con su herramienta favorita, el análisis metódico. Lo que hicieron fue básicamente diseccionar el problema en dos niveles completamente distintos. Vamos a ver ese desglose. Primero está el nivel sintáctico, el de la forma. Y ahí la frase es de 10, perfecta, cumple todas las reglas. Pero luego pasamos al segundo nivel, el semántico, que es el del significado. Y aquí es donde todo se viene abajo. La frase es falsa. y no solo falsa, sino necesariamente falsa, lo que afirma no puede ocurrir en el mundo real. Así que tenemos una construcción lógica perfecta que describe una imposibilidad absoluta. Pasemos ahora a ver la ingeniosa solución que encontraron en la Edad Media para entender qué son en realidad estas proposiciones imposibles y qué lugar ocupan en el mapa del pensamiento. Por un lado, si la miramos como puro lenguaje, la frase es un éxito, se considera un signo correcto. ¿Y por qué es correcto? Pues porque cumple a la perfección su función principal, que es significar una idea. Da igual lo rara o imposible que sea esa idea. La función de significar algo la clava. Pero claro, ahora viene la otra cara de la moneda. Si la miramos desde la perspectiva de su relación con la realidad, el juicio que expresa es una falsedad necesaria. Su contenido, esa mezcla de hombre y asno, nunca, bajo ninguna circunstancia va a poder corresponder a algo que exista en el mundo. Y así llegamos a la conclusión. que es la verdad bastante elegante. Una proposición imposible es en esencia una construcción formalmente correcta que por la propia naturaleza de lo que dice está condenada a ser siempre falsa. Pero mucho cuidado, que nadie piense que este era un simple juego de lógica para pasar el rato. Para nada. Este análisis estaba en el centro de uno de los debates filosóficos más importantes y más feroces de toda la Edad Media. Resulta que toda la cuestión se reduce a un concepto clave, los famosos universales. Pensemos en ellos como las ideas generales, las esencias comunes que aplicamos a cosas individuales. Por ejemplo, humanidad es el universal que aplicamos a Sócrates, a Platón. El gran debate era precisamente entender cómo se conectan estas ideas universales con los individuos concretos del mundo real. Y esta tabla lo ilustra a las mil maravillas. Cuando decimos Sócrates es humano, la predicación funciona, la cosa cuadra. ¿Por qué? Porque el universal humanidad se corresponde con el individuo Sócrates. Pero si decimos un humano es una piedra, la predicación es imposible. Las naturalezas de humanidad y rocosidad son incompatibles. No pueden coexistir en un mismo ser. Se rompe la conexión con la realidad. Y esto es exactamente lo mismo que pasaba con nuestro el hombre es asno. Las formas hombre y asno se excluyen la una a la otra. Entonces, ¿con qué nos quedamos de todo este fascinante análisis medieval? Pues con tres grandes ideas. La primera, que las reglas del lenguaje no son las mismas que las de la realidad. Podemos decir cosas que no pueden ser. La segunda, que estas frases imposibles son como pruebas de estrés para nuestro pensamiento. Nos enseñan cuáles son los límites de la construcción lingüística. Y la lección final, que este análisis es una herramienta muy potente para delimitar qué combinaciones de ideas pueden reflejar el mundo y cuáles son por su propia naturaleza pura construcción mental. Y todo esto nos deja con una última pregunta para la reflexión, una de esas que dan que pensar. Si nuestro lenguaje es capaz de construir a la perfección aquello que la realidad prohíbe de forma absoluta, ¿dónde está exactamente la frontera? ¿Dónde termina la lógica? ¿Y dónde empieza la ficción?